sábado, 12 de enero de 2013

LA OTRA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO


Una mañana, hablando con un viejo solitario en el parque, al salir la conversación acerca de Dios, éste me declaró haber sido durante muchos años un creyente fiel y cumplidor, pero que ahora era un “agnóstico perdido y muerto”. Yo le quise invitar de nuevo al camino de la fe basándome en que siempre se puede volver al Padre, que nos espera con los brazos abiertos. Y le recordé la parábola del Hijo Pródigo. Él, entonces, mirándome con cierta pesadumbre, me habló diciendo: “Conozco perfectamente esa parábola del evangelio, pero yo tengo escrita otra no menos verdadera en mi corazón”. Al mostrar mi interés por conocerla, expuso:

            “Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven de ellos: Padre, dame una parte de la hacienda que me corresponde. El padre se la dio. Pocos días después, el más joven, terminados sus estudios de abogacía, reuniéndolo todo, y tras decirle al padre que le dejase marchar y que no quería saber nada de él, partió a una tierra lejana. Allí comenzó a vivir su vida de un modo completamente libre e independiente.

            Pero el padre, que le profesaba un profundo amor, siempre, desde la distancia, estuvo preocupado y pendiente de él. Cuando el hijo decidió unirse en pareja, no casarse, porque consideraba el matrimonio como algo anticuado y retrógrado, el padre movió los hilos para que conociese a una mujer excepcional. Con ella tuvo tres hijos, llenos de salud y talento. Pasado el tiempo, la dejó por otra más joven, con la que tuvo dos hijos más. Cuando un día, por culpa de no pocas orgías, bañadas de sexo, alcohol y drogas, cayó enfermo, el padre, en secreto, costeó los mejores médicos para que lo sanasen. También en una ocasión, al verse denunciado por unos desfalcos que hizo, el padre logró que retirasen las denuncias. Su vida, por lo tanto, no le iba mal. Vestía elegantemente, disfrutaba de los mejores coches, tenía casa, chalet, yate... Viajaba con mucha frecuencia. Gozaba de amistades, e incluso alcanzó grandes reconocimientos. El padre, haciendo uso de sus influencias, consiguió que el hijo llegase a ser juez supremo y recibiese honores y galardones en distintos países, y que en la ciudad donde tenía su residencia oficial, le levantasen un monumento en gratitud por su labor en defensa de las libertades y la justicia.

            En ningún momento el hijo menor tuvo un recuerdo para el padre ni para la familia. Como si no existiesen.

            Por el contrario, el hermano mayor, que se quedó junto al padre y no quiso abandonarlo, trabajó sin descanso como jornalero en una de sus muchas fincas. No se graduó en nada. Apenas si tenía para sus gastos. Su habitación era una de las más normales de la casa. Algunas veces le pedía al padre que le dejase labrar nuevas tierras más amplias, pero no le daba permiso. Otras, le rogaba le ayudase a solucionar hechos puntuales, pero el padre no tenía tiempo. Así que su vida fue tan normal como mediocre. Se casó después de varios fracasos amorosos, pero no tuvo hijos. Enviudó muy pronto. Y cuando en una ocasión fue perseguido, apaleado y denunciado injustamente por disentir con los otros obreros por ser desleales con su padre, éste no movió ni un hilo porque cada palo debe aguantar su vela. También, las veces que estuvo enfermo, apenas recibió más atención que la del médico de cabecera. El hijo mayor no llegó a tener amigos, ni ascendió en el trabajo, ni recibió aplausos, ni alcanzó honor alguno. Pero todo lo aceptaba con resignación, humildad y esperanza.  

Pasado un tiempo, el hijo menor regresó a casa del padre. Todos creían que lo hacía porque había reconocido su error. No fue así. Vino a solicitar el resto de la herencia que le correspondía. Pese a ello, el padre, nada más verlo a lo lejos, salió corriendo para arrojarse a su cuello y abrazarlo con todas sus fuerzas. Inmediatamente, mandó traerle ropa cómoda, le regaló un anillo de oro, le preparó la habitación más lujosa de la casa, mandó matar el mejor becerro e hizo sonar la música y los coros de la fiesta. El hijo mayor, entonces, le reprochó a su padre, con el debido respeto, tan extraño, por no decir injusto proceder. El padre, sin inmutarse, sólo le dijo: Yo soy quien elijo y quien decido, y nadie eres tú para reprocharme nada.

Y el hijo mayor, que estaba encontrado y vivo, acabó perdido y muerto.”

El viejo se levantó entonces, y antes de marcharse, clavando sus ojos en los míos, apostilló: “El que tengo oídos que oiga”. Y todavía, hoy, algunos meses después, le sigo dando vueltas en mi cabeza a su “Otra parábola del hijo pródigo”.

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