lunes, 14 de octubre de 2019

LOS VERSOS MÁS ALEGRES


    


     Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
                                           Pablo Neruda


Hoy yo puedo escribir los versos más alegres,
porque mi Juan David, mi pequeño más grande,
mi enano de aventuras imposibles, 
mi rebelde arquitecto de bondades,
el que nunca creció
en las claras pupilas de su madre,
el defensor de leyes,
el servicial amigo, el noble responsable…,
se encontró sin buscarlo,
a la vuelta de un sueño de alturas verticales,
a una niña mujer
con ojos del color del mar hecho diamante,
con voz de las sirenas que habitan en los bosques
y sonrisa constante, 
Inés, la mariposa de la brisa,
la estrella azul que alumbra por el aire,
la profesora honesta y entregada,
la psicopedagoga de manos maternales…

Hoy yo puedo escribir los versos más alegres,
porque mi Juan David e Inés Concepción, su ángel,
han decidido unirse en el amor,
a la luz de Dios Padre,
bendecidos por Él en boda luminosa, 
aquí, en esta Córdoba donde el embrujo es arte,
y ser los dos un solo corazón
latiendo por los siglos en sábanas de encaje:
Paraíso infinito donde poder gozar 
de una luna de miel inacabable.










viernes, 20 de septiembre de 2019

EL ÉXITO DE UNA RUINA



                                                        El mundo, desgraciadamente, es real.
                       
                                                                       Jorge Luis Borges                                                                          


Me sequé las lágrimas con los dedos de las manos, fijé la mirada en un punto lejano del jardín y dejé que la lluvia de los recuerdos cayera, monótona, sobre la tierra de mis heridas todavía sin cicatrizar.

Estaba cansada de coleccionar frustraciones y de ser víctima de mi propio proceder crápula. Ni siquiera pude nacer con normalidad. Fue por cesárea. Como queriendo desde el principio dar la lata. Y fui a mi bola llevándome por delante cuanto se opusiera a mis pareceres. Primero a mis padres, a quienes les amargué la vida. Después a mis maestros y maestras, a los que despreciaba. Y siempre negándome a ser amable, servicial y buena. Nada me gustaba. Todo me era vulgar. Sólo en hacer dibujos, y sin saber por qué, encontré consuelo.

Meses antes de cumplir los dieciocho, y ya dejados desde hacía tiempo los estudios, me marché a la conquista del mundo y del sexo libre de la mano de un hippy drogata que conocí en una discoteca una noche de porros y ginebra. Mis padres ni siquiera dieron parte. “Mejor para todos." Y se hicieron a la idea de que estaba muerta. Mi hermano, tres años mayor que yo, dejó de hablarme para siempre. Ni en la hora de la muerte.

En mi pueblo se creó una especie de consigna para no pronunciar ni mi nombre, y de hacerlo era para ponerme de fracasada y alocada pervertida. En Madrid vendí pulseras de cuero y collares de colores y trafiqué con droga. Por lo que pasé varias veces por la cárcel. En Barcelona gasté muchas horas limpiando los retretes de un hotel cercano a las Ramblas. En París viví tres años en un barrio extramuros, cerca del Sena, donde tomé parte de un grupo de prostitutas que hacían la calle en busca de extranjeros y artistas bohemios. Hasta que me quiso solo para él un poeta que admiraba a Germain Nouveau y que estaba casado con una alemana con la que tenía cuatro hijos. Aborté voluntariamente dos veces. La segunda después de que un día me dejara por una cubana que conoció en un encuentro de poetas de la experiencia. Trabajé también de camarera en un hotel israelí. Trabajo que no me daba el dinero suficiente para cubrir mis caprichosos gastos y me obligaba a hurtar a los turistas.

Me quedé de nuevo embarazada cuando aterricé en Argentina. Allí llegué de la mano de un tanguista con el que compartí, en Corea del Sur, un verano de trabajo y diversión.

Durante mi embarazo volví a reencontrarme con la pintora que llevaba escondida en mí. Hacía dibujos en un cuaderno. Me inspiraba mi estado, ser ahora consciente de que mis entrañas corría una nueva sangre. Pero algo me lo estaba diciendo. Una tarde, al regresar a casa encontré una nota de despedida y de traición. Lo suficiente como para beberme de un trago una botella de güisqui y tomarme un tubo de barbitúricos que me pusieron, de pronto, más cerca del filo del acantilado de la sombras que de la ladera de la esperanza que trae cualquier amanecer.

Al abrir los ojos vi una luz malva y una silueta verde que me daban la bienvenida al mundo de los vivos. Pero regresaba sola, una vez más este alocado destino de soledad se reía de mí desde algún punto oscuro de mi propia tragedia.

En aquel centro psiquiátrico, entre sonámbulos de escarcha, consumí seis meses de desilusión y desprecio. Me negaba a hablar con nadie, odiaba los espacios abiertos y sobre todo despreciaba al ser humano. Sólo dibujaba.

El doctor Díaz, probablemente como terapia, me habló de que debía pasar al óleo y en la tela expresar todas mis vivencias. El conocía a un amigo galerista prestigioso que no tendría inconveniente en darlos a la luz. Le debía favores. Todo era cuestión de un buen montaje. De paso podrían hacer mucho bien a otros. A mí, al principio, me interesó poco la oferta, pero al final me encontré en una sala repleta de fotógrafos, cámaras de televisión, personalidades y mucho público que miraba con cierto asombro mis primeros quince cuadros allí colgados.

Pero aquello no tenía sentido, yo era una fracasada, nada había hecho bien en mi puñetera vida. Ni siquiera tenía ciudad, ni familiares, ni amigos, ni hijos, ni futuro… Y la verdad, dicho sea de paso, tampoco mis pinturas eran gran cosa: solo brochazos llenos de grises, negros y ocres. Me faltaba técnica, saber de perspectivas, mezclar colores…

El doctor Díaz hizo algo más por mí que dar a conocer mis obras. Me convenció de que todo lo negativo de una vida puede transformarse en positivo, en grandeza, en ejemplo para toda la humanidad. Yo lo que tenía que hacer era pintar, a lo bruto, sin corsés, vomitando en el lienzo mis angustias, mis luchas, mis altibajos, mis frustraciones…, y ya se encargaría un culto “negro pintor” de perfilar ciertas cosas. Aquí lo que importa es lograr, no solo tu regeneración, sino la regeneración de otros muchos fracasados y heridos en esta guerra de apariencias y consumismo.

Y me fui convenciendo por mí misma, comprobando cómo otros hombres y mujeres de la historia cambiaron su fracaso personal porque, por esas rarezas de la vida, les llegó la fama. El triunfo es la alquimia que transforma en efectivo el sentido de la realidad.

Y lo comencé a experimentar en mí misma. Pintaba cualquier cosa y ¡oh maravilla! Por lo que a medida que el éxito me sonreía, las puertas de la consideración y el respeto se me abrían en plenitud. La prensa, la radio y la televisión hablaban de mí con sentida admiración, y en las reseñas biográficas que se daban de mí nunca se hablaba de fracaso ni de culpabilidad propia sino de víctima inocente y ejemplo a imitar. ¡Dios, qué cosas! Así, mi infancia fue dura, me maltrataron. Mis maestros no evidenciaron el talento de su mejor alumna. Mis padres no comprendieron que yo era especial. Mi hermano fue un idiota envidioso. Mi pueblo no eran más que un sitio rústico incapaz de aceptar el proceder de los pájaros libres. El sistema educativo evidenciaba su gran fracaso al no ser capaz de llevarme a la universidad. Las ciudades del mundo no supieron acoger el genio de una soñadora. Mis compañeros de amores no percibieron el olor de la fragancia de una flor exquisita... E incluso mis relaciones íntimas con mi nuevo amante, el doctor Díaz, casado con una arquitecta de Bahía Blanca y padre de dos niñas, fueron deferentes y consideradas.

De mi ciudad natal recibí numerosos telegramas oficiales de felicitación así como una carta firmada por el señor alcalde en la que se me comunicaban que la corporación en pleno, por unanimidad, me concedían la medalla de oro y el nombramiento de hija predilecta, así como ponerle mi nombre a una de las calles más importantes. Incluso me dijeron que se había formado una comisión que trabajaba colectando donativos para hacerme un monumento a tamaño natural en bronce… Mi país me proponía para los premios más distinguidos, e incluso me hacían llegar mensajes de mi posible nombramiento como miembro de la Real Academia de las Bellas Artes. Los mejores museos y las galerías más importantes se interesaban por mis obras…

Un día, antes de sonar el despertador, recibí una llamada telefónica. Mi madre, feliz, me hablaba como si no hubiera pasado nada. Mi padre, algo más escueto, se despidió en el deseo de vernos pronto. “Te queremos, hija, te echamos mucho de menos. Estamos orgullosos de ti”. Y mi hermano, emocionadísimo, hasta me pidió perdón. ¡La leche!

Miré por la ventana y hacía sol. Bajé al jardín y me senté en el banco donde solía pintar con asiduidad, bajo la sombra de un olmo centenario, siempre junto a mi inseparable Chivas Regal, 25 years. Y comencé a llorar, despacio, serenamente, casi con gozo..., el éxito de mi ruina.









miércoles, 11 de septiembre de 2019

MÁS ALLÁ DE NOSOTROS


 Lo he pensado muchas veces y muchas veces me he hecho la misma pregunta: ¿Somos los humanos el eslabón final de la cadena de los seres vivos?

Si me respondo sí, no dejo de sentir un cierto engreimiento lleno de vacío. Si me respondo no, me surge de inmediato una nueva pregunta: ¿Entonces, quiénes hay más allá de nosotros?

Y dejando aparte conceptos, enseñanzas sociales y adoctrinamientos con los que hemos crecido, me voy creando una fantástica historia diciéndome que no podemos ser los últimos, los más grandes, los seres superiores del universo; que somos demasiado pequeños, demasiado poco, algo así como unos insignificantes viajeros metidos en una mota de polvo que flota hacia nunca por el universo infinito, para creerlo. 

Tiene que haber algo –me insisto a mí mismo– por encima de nosotros que no conocemos, no entendemos, no atisbamos. Y lo mismo que por debajo hay toda una cadena de seres vivos de los que nos aprovechamos, igual hay también una cadena de seres vivos por encima que se aprovechan de nosotros.

¿Y cómo? Me pregunto. Pues lo mismo que nosotros lo hacemos con los animales y plantas. Nosotros nos alimentamos de nuestros inferiores. (Esto de inferiores, con permiso de los radicales animalistas, claro está.) Tenemos infinidad de espacios creados para sus crías. E incluso conocemos aquellos que son más aptos para la reproducción y los reservamos. También ponemos los medios suficientes y creamos recursos ambientales y tecnológicos para que se críen en mejores condiciones y así den mejor carne, y más leche, huevos, frutos…

Nuestros seres superiores hacen lo propio. Somos su granja, su colmena. Nos tienen en este corral redondo del que no podemos salir. Nos cuidan sin que nos demos cuenta. Nos dan los medios para que no cesemos de producir. Nos van dejando avanzar con su ayuda para que mejore la especie y seamos mejores “denominación de origen”. Y todo para que demos el jugo del que se alimentan.

¿Pero qué jugo es este? Más que jugo es un néctar inmaterial que se forma sobre todo a base de nuestros sufrimientos: dolor, angustia, miedo, llanto, pesar… y muerte.

La vida es, sobre todo, eso: sufrimiento. Para un momento bueno… ¿cuántos malos? Decimos. Raro es el  día que nos tenemos problemas, contratiempos, enfados, dificultades, decepciones, llantos, enfermedades… Todos los días con luchas, miedos, preocupaciones, engaños, esfuerzos, dolores… Todo está programado para que la madeja se líe creando confrontaciones mediante las políticas, las religiones, las culturas, los racimos, las sociedades, las ideas…, que alienten los sufrimientos y todos en todo formemos un panal en donde dejamos, sin percibirlo, toda una sustancia etérea, impalpable, espiritual…, invisible, riquísima, de la que se alimentan los extraños seres superiores, también invisibles a nuestros ridículos ojos mundanos.

Y nos dan algún capricho, una especie de terrón de azúcar, de vez en cuando, para que no nos desanimemos, para que la vida, pese a todo, nos parezca maravillosa, para no desfallecer. Y cuando lo creen conveniente, bien porque no damos el fruto deseado o porque lo consideran mejor, o porque lo necesitan para alimentarse más convenientemente, mueven los hilos necesarios y nos quitan de en medio, nos mueren. De este modo consiguen más comida y de paso más ambrosía en las celdillas de los seres cercanos al difunto que, inconscientemente, dejándose llevar por la pena inmensa tras la pérdida del ser querido, aumentan la cantidad y calidad del elixir espiritual que segregan.

Y cuando hay un banquete especial porque algo celebran ellos en colectividad, no tienen reparo alguno en bajar a la esférica corraliza y llevarse de golpe a unas cuantas decenas de pobres animales humanos y pegarse un festín. Algo así como cuando los pescadores terrícolas sacan del mar las redes llenas de peces, gambas y langostinos indefensos. Mientras aquí hablamos de catástrofes, cataclismos, batallas, epidemias, tragedias, accidentes múltiples…

No estamos solos en el universo. No somos los más grandes. No somos los únicos. Todo es demasiado grandioso, extraordinario, sublime… para tan solo albergar un montoncito de microscópicos seres inteligentes en un planeta pequeñísimo bajo la luz de una estrella ridícula perdida en un rincón de las afueras de una galaxia del montón… Baste solo pensar lo listos que somos siendo unos don nadies… Cuánto más no lo serán entonces los que habitan en otras dimensiones superiores y son tan grandes y tan superdotados que ni nos damos cuenta de que están ahí, aprovechándose de nosotros, al igual que los apicultores, tras construir panales geométricamente estudiados para que habiten y trabajen mejor las abejas, se aprovechan de estas sin que sean siquiera conscientes de que existe otra existencia superior que las maneja, las controla y las utiliza.  

Pobre de mí. Al final, después de tanto buscar explicaciones al eterno dilema de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, resulta que he llegado a la conclusión de que no soy más que un simple insecto en las manos manipuladoras de unos extraterrestres que se aprovechan y se ríen de mí. ¡Qué estupidez!

 Pero…, ¿y si fuera verdad?   



viernes, 30 de agosto de 2019

MALDITA LA HORA



Andrea es un mujer culta de algo más de cincuenta años, soltera, delicada, libre…

Nació en Úbeda y tras licenciarse en arquitectura y formar parte de un estudio urbanístico, marchó a Estados Unidos, donde ha realizado proyectos importantes y se ha hecho de un nombre.

Tras más de veinte años sin pisar su tierra natal, decidió este verano hacer un viaje y poder volver a pasear por aquellas calles de niña y adolescente. Pasar por el colegio de La Milagrosa y del instituto San Juan de la Cruz, donde realizó sus estudios. Cruzar por las plazas históricas. Volver a pisar el albero de la vieja plaza de toros para ver una película. Tomar un helado en “Los Valencianos” y recordar aquellos polos de hielo de chocolate que sabían a gloria… Y, cómo no, bajar a Santa María para rezarle a la Virgen, porque, aunque ahora su fe anda más cercana al agnosticismo que a otra cosa, no dejaba de ser un homenaje a su madre que tanto insistía en sus años jóvenes en que la visitara en su capilla para agradecerle los muchos bienes recibidos… También bajó a “La Cava”, donde con dieciséis años, su primer amor y ella grabaron sus iniciales sobre la piedra de un banco cercano al mirador…, y que no llegó a encontrar.

Y junto a una prima a la que visitó por sorpresa, decidió acudir también al mercadillo de los viernes. Qué ilusión le hacía. Ella, acostumbrada a grandes recintos comerciales y establecimientos de alto trato, quería experimentar las sensaciones de adentrarse entre los tenderetes improvisados en las aceras cercanas a un parque de unos comerciantes dados al regateo y a la picaresca. Y tener la ilusión de comprarse alguna baratija, o cinturón, o incluso unas medias para luego presumir de ello en su ciudad repleta de rascacielos.

Y se adentró en el espacio del surrealismo, de la mujer que todo lo ofrece barato, del hombre que da tres pagando dos… Y ella, allí, entre el bullicio, con su sombrerito blanco con adornos de encaje sobre su cabeza para evitar el sol implacable, con su mochilita a las espaldas, con su bolso dentro, conteniendo monedas y unos cuantos billetes grandes de euro que había cambiado en una entidad bancaria por dólares…

Y le gustó un fular color verde claro con dibujos de caballos blancos…

Cinco euros, le pidieron. Ella miró a la prima como diciéndole que le gustaría regatear pero que no se atrevía. La prima habló: tres euros. Ni pensarlo. Pues entonces nada. Pero qué dices. Es lo que hay. Bueno, ni para una ni para otra, cuatro. Trato hecho. 

Y ya con el pañuelo color de la esperanza en sus manos, trató de descolgar la mochila de la espalda, abrirla y sacar el bolso…, y, oh sorpresa, todo había desaparecido por arte de birlibirloque.

Por el amor de Dios, ¿cómo han podido quitarle la mochila que llevaba colgada y sujeta con sus correspondientes tirantes con todo dentro sin darse cuenta absolutamente de nada? ¿Pero esto qué es, un mercadillo de buena gente que se gana la vida o un teatro de magia miserable?

Hay quien dice que es un espacio para la “entretenta” de personas sencillas en donde se apostan aves rapaces al acecho, halcones ruines y buitres rastreros dispuestos a clavar sus garras inmisericordes en el corazón de sus presas a las que no tienen más que ver a distancia para señalarlas.

Y lo malo de todo no es el dinero. Que la vayan dando. Sino los documentos de identidad, el móvil con todas sus fotos de vida y de recuerdos, con su amplia agenda repleta de números de trabajo, familia y amistades, el pasaporte, las tarjetas de crédito,  la llave magnética de la habitación del hotel, y hasta un antiguo reloj de bolsillo que heredó de su padre y que era su talismán, su enlace sentimental con la persona a la que más quiso y respetó en su vida.  

La policía solo le dijo que si quería que pusiera una denuncia, pero que en realidad daba igual. Esto sucede todos los viernes en Úbeda. Y en todos los pueblos el día que corresponde. Hoy le ha tocado a usted y mañana les tocará a otros. Van siempre envueltos en el grupo y hay complicidad. Mientras unos distraen, otros actúan. Son profesionales. Le pueden quitar una pulsera o un reloj de la muñeca con tres cerraduras de seguridad en un segundo y sin que se entere… Lo mismo, algunas veces lo hacen, se quedan con el dinero y tiran lo demás en un contenedor, en un jardín o en un buzón de correos… Espere unos días.

Andrea esperó una semana. Al final se puso, bajo un calor asfixiante, a dar mil vueltas por mil lugares para poder llegar por fin –enferma, por cierto– a la casa donde vive en el estado de Illinois desde hace lustros.

“Maldita la hora en que volví a pisar Úbeda.”

Fue lo único que le dijo a la prima al despedirse de ella.   

jueves, 15 de agosto de 2019

LA ASFIXIA DEL PODER


El poder es ambicioso. El poder quiere más poder. Cuanto más abarque y más controle, mucho mejor. Y en democracia, cuanto más domine el poderoso y más se dependa de él, más votos a su favor.

Y hasta tanto llega esta obsesión por dominarlo todo, que cada vez deja menos espacio para la libertad individual y casi nula para la colectiva.

Por lo que eso de querer ser libre e independiente es como pretender suicidarse. No encontrarás apoyos. Aquí, o entras por el aro de los que mandan o estás perdido.

Se acabaron las personas con creatividad que ponían en marcha proyectos sociales, culturales, deportivos o de cualquier otra índole, y que la misma sociedad rechazaba o apoyaba en mayor o menor medida. Se creaban publicaciones, periódicos, revistas, clubes, grupos culturales de investigación, cine, tertulias, patrimonio, teatro, música, danza, canto, poesía, pintura, artes… Y solían ser muchos. Cada uno con su lucha por superarse, por sufragarse, por subsistir…

Ahora no. Ahora son los gobiernos y, sobre todo, las diputaciones y los ayuntamientos los que se han adueñado de todos estos espacios. Y de ellos, irremisiblemente, dependen todos aquellos que tienen algunas inquietudes.

Las diputaciones se han apoderado de infinidad de agrupaciones y personas, en diferentes y numerosos niveles, siempre afines, que envía por los pueblos subvencionándolos. Y deciden qué obras, según qué autores, han de publicarse. Y patrocinan todo aquello que consideran conveniente. Y los ayuntamientos, mediante las llamadas escuelas municipales, de música, danza, teatro, cine, literatura, deportes, pintura… y hasta de poesía, todo lo manejan. Porque además,
de ellos son también los salones, las salas de exposiciones, los espacios escénicos, los auditorios, los campos deportivos, las bibliotecas… De ellos los festivales, los certámenes, las conmemoraciones, las ferias…, y todas las fiestas, desde el Carnaval hasta la Navidad. Por lo que ellos son los que dicen quiénes han de participar, intervenir o actuar, cómo y dónde. Y si alguien se dispone a crear alguna asociación, entidad o grupo, bien sabe que está obligado a arrimarse al poder y subyugarse al poderoso si quiere subsistir. Por lo que sabrá de paso que, para llevar a cabo sus actividades, habrá de contar no con quienes él crea conveniente, sino con aquellos que son de la onda del gobernante de turno y de paso no criticar ni perjudicar en nada a quien te financia.

Y si algún quijote apareciera creando algo contra esta corriente absolutista, caballero andante por su cuenta y riesgo, sepa que los molinos que se encontrará a su paso serán tantos y tan gigantescos que por muchas embestidas que lleve a cabo, acabará a los pies del caballo con la lanza partida en mil trozos. 

Tiempos los nuestros de libertades y de progreso, dicen. Pero yo veo cada vez más cadenas y más retroceso por todas partes.    

jueves, 18 de julio de 2019

ESCUELA ADOCTRINADORA


Nos manipulan.

Este es el mundo en que vivimos. Un mundo en el que unos cuantos mueven las fichas de la convivencia y actúan para que el resto de la población siga sus instrucciones, sirviéndose, sobre todo, del amplio campo de la enseñanza.

Saben muy bien que el ser humano es manipulable, maleable, dúctil, fácil de modelar… Basta con fijar una idea, poner en práctica la ley del embudo, crear consignas, movilizar colectivos y usar la prensa, radio y, sobre todo e insistentemente, la televisión, para que tarde o temprano todos entran al redil. Y si hay algunos que se resisten, se les etiquetan, denigran, insultan y discriminan.

Y de este modo nos usan, llevándonos por el camino marcado por esos cuantos privilegiados que se sientan alrededor de la mesa de la tabla redonda y mueven los hilos para alcanzar metas políticas, sociales, militares, comerciales, culturales, económicas… Y también religiosas, aunque estas, en la actualidad, importan muy poco porque pueden entrar en colisión y contradecir las otras líneas marcadas que por el momento interesan más conseguir.

Pero para que el éxito de la siembra sea más grandioso es conveniente contar con un campo lo más adormecido e inconexo posible, donde poder plantar las simientes que luego den una gran cosecha. Y ahí está el lavado de cerebro, las drogas, el pan y circo constantes, las subvenciones, la ruptura de la familia, el aborto como gran derecho, los divorcios a la orden día, la tiranía de los hijos, el sexo sin compromiso, la tribu cooperativista, la ideología de género… y la palabra progreso… Porque todo esto hay que envolverlo en papel brillante de progresía… y lo demás es retrógrado y reaccionario.

Y no se puede parar. Como digan de lanzar una idea al ruedo de la sociedad, démosla por conseguida. Como se nos diga “no a esto o sí a aquello”, tarde o temprano el logro llega. Si se nos dice, por poner un par de ejemplos, “no a las pieles”, vayan cerrando las peleterías, como ya de hecho ha sucedido. Y si se nos dice que hay que usar el femenino para el genérico, o en todo caso emplear ambos géneros a la vez, o inventar una tercera desinencia, ya puede la Real Academia ir cambiando la gramática. Y hasta la justicia ha de entrar por el aro, juzgando en atención, no a la igualdad, sino teniendo en cuanta raza, procedencia, clase social, profesión, religión, orientación sexual… Y se proyectaran los rostros de unos hasta el cansancio, y de otros ni sombra, según beneficie o no al proyecto que se persigue… 

Y por último, la consigna de las consignas: todo aquel o aquella que no opine igual y se atreva a exponer su parecer diferente, hay que arruinarlo en todos los sentidos. Cordón sanitario. Ni agua. Para ellos no hay democracia ni liberta de expresión que valga.

Pero para los otros sí. A todos los pertenecientes al ejército de los enseñantes que sirven para la causa y se ponen, por el interés que sea también, el uniforme específico que hace sentirse moralmente superiores, hay que alabarlos, premiarlos, subvencionarlos, alimentarlos y enriquecerlos… Y pueden decir cuanto les venga en gana porque para ellos sí hay democracia y libertad de expresión. Y si son terroristas, o separatistas, o nacionalistas, o antisistema, o populistas, o roban, o andan en la corrupción, o se inventan fundaciones o plataformas para medrar, chupar y blanquear, o son unos manifiestos hipócritas e incoherentes..., da igual, ningún mínimo cordón sanitario para ellos, al fin y al cabo son los necesarios maestros que sirven debidamente al empeño.   

Y saben muy bien lo que tienen que hacer en todo momento: a todos aquellos que no acudan a sus clases adoctrinadoras, y no aprueben sus conceptos y consignas, y no rindan la pleitesía debida a sus ideas propuestas: atacarlos sin miramientos, castigarlos, acomplejarlos y llamarlos una y otra vez, hasta la muerte si es preciso: dictadores, nazis, fachas… y criaturas repugnantes.

Y, claro, así, a ver quién es el valiente que dice de dejar de ir a la escuela.

martes, 2 de julio de 2019

SABIOTE EN EL DÍA GRANDE DE LAS ESPIGAS


Sabiote es un pueblo especial. Es uno de esos rincones únicos en donde nadie se siente ajeno. Un punto de encuentro lleno de belleza, historia y lealtades.

Pero Sabiote es, sobre todo, un espacio de convivencia. Sus habitantes son trabajadores, amables, serviciales, respetuosos… Uno de esos sitios que ha sabido conservar la unidad en la lucha por no verse destruido ni perder su idiosincrasia, la ayuda mutua, la colaboración para mejorar, la sencillez para ser más grande, el sentimiento hecho coraje para volar muy alto. 

Y más. Sabiote, pese a los vientos oscuros que buscan encenagar la vida de las familias, del bombardeo constante de la televisión basura, de la lluvia permanente de la mediocridad de los pensamientos y el frío abrasador de la incultura que no trae más que abono para la falsedad, el engaño, el desamor y la infelicidad…, es cristiano.

Todavía queda en sus gentes gran parte de la inmensa luz de la alegría de la fe desbordada a borbotones por el cáliz de la esperanza y, al fondo de todo, las semillas de la palabra viva del Evangelio heredadas por generaciones, de padres a hijos, como un valioso capital de respeto y de amor.

Por ello a nadie puede extrañarle que cuando suena la trompeta desde la torre del castillo de la autoridad para crear encajes que engrandezcan el pueblo, todos se vuelquen en la tarea común de hacerlos. Y ahí tenemos grandes cuadros donde han quedado reflejados los resultados. Ahí, por poner un ejemplo reciente, las Fiestas del Medievo; o más alejado en el tiempo: la Fiesta de las Espigas de hace veinticincos años. Fiesta que alumbró de tal manera en ofrenda de paz al Amor de los Amores que todavía perdura en el corazón de cuantos anduvimos en ella por ejemplar y bellísima.

Y lo que nos queda. Ahí tenemos también el esplendor de este día 6 de julio de 2019. Ahí tenemos a Sabiote encendido como un ascua brillando sobre la loma y los balcones que miran a los paisajes milenarios del Guadalquivir y del Guadalimar. Ahí queda este retablo adornado con tanta elegancia, finura y encanto que permanecerá imborrable en las páginas de oro de la Historia. Ahí tenemos a este cenáculo viviente, con lámparas de aceite encendidas. Ahí el altar en forma de sagrario infinito con mantel de entrega sin tiempo, para que sobre él venga Cristo a posarse en redondez de trigo y ser adorado porque nada más grande que Dios hecho Pan para no solo tenerlo cerca, palparlo y sentirlo…, sino comerlo.

Qué honor para Sabiote que Jesús, el Señor, lo haya elegido para, de manera especial, bajar de un salto de las alturas, consagrarse, convertirse en luna redonda de sol, pasear por sus calles, bendecir sus campos y no marcharse ya nunca porque se queda para siempre en lo más hondo del alma de todos cuantos lo han acompañado.  

Qué honor para los sabioteños ser testigos de este gran acontecimiento, de esta Vigilia Diocesana de Espigas con motivo del Centenario de su Adoración Nocturna. Qué honor para todos los adoradores presentes. Qué honor para la vida misma que se hace más noble y más sagrada. Y qué gran honor para mí que ante tanta grandeza me brotan estos versos salidos del fondo del corazón: 

                    Ir a Sabiote es andar
                    hacia tierra de los sueños.

                    Mas en cuanto harina y uva,
                    por milagro del misterio, 
                    se hacen cuerpo del Señor
                    sobre al altar de este pueblo,
                    se alcanza la eternidad:
                    que Sabiote ya es el cielo.