lunes, 5 de octubre de 2020

EL TATO CANTA A MIGUEL HERNÁNDEZ II

Víspera de la feria de San Miguel. Llaman a mi puerta. ¿Quién puede ser? ¡Qué raro! Desde que vivimos en el reino de la pandemia pocas son las visitas que nos hacemos. No está el horno para bollos. No están las cosas para tertulias, ni para conversaciones distendidas y ni mucho menos para anunciar proyectos. Anda todo como paralizado, a cámara lenta, a ir pasando el tiempo como quien atraviesa un túnel largo, ruinoso y desesperante, y solo espera que alguien, en algún momento, como Rodrigo de Triana, grite: “Luz a la vista”. O mejor, que alguien a la manera de un protodiácono vestido de esperanza, se asome al balcón de la noche y exclame con vehemencia: “Habemus vacunam”.

Cuando abrí la puerta apareció una figura conocida y querida. La figura de un hombre al que conozco desde hace muchos años. Un ser especial a quien estando ya en la dirección del colegio Juan Pasquau, cada vez que lo necesité me respondió. Un hombre creativo. Un hombre humilde por el peso del gran corazón que lleva dentro. Un corazón que le hace sentir el arte de la existencia y le empuja a vivirla y a componerle y a cantarle.

Venía a regalarme su última creación. Un disco grabado en la sencillez de un estudio personal, lejos del que suelen emplear las grandes marcas comerciales. Tal vez sea por ello, por no contaminarse de tanta química tecnológica, por lo que suena a limpio, a cercano, a puro. Como puro es ese plato que hacían nuestras abuelas al calor de la lumbre de leña. 

“EL TATO CANTA A MIGUEL HERNÁNDEZ II.” Lleva por título. Muy cuidado, bien presentado, con fotografías de cuando sembró, en 2016, su canto primero en el patio de la casa del poeta cabrero a quien tanto admira y tanto admiro. Con el gran guitarrista, Juan Manuel Álvarez, a su derecha. ¿A su derecha? Pero si es a la izquierda del cantaor donde ha de situarse. Sí, pero cuando se está en el templo del poeta de Orihuela, la atmósfera es tan dulce que cantaor y guitarrista se hacen un todo de unidad en el espacio y un viaje sin horas en el tiempo. Izquierda y derecha, arriba y abajo, las dos o las diez, ya no existen. Da lo mismo. Ya solo existe la gloria hecha infinito eterno. El prólogo es de su hermano José Ramón “Pepo”. Quien también presentó el recital oriolano. Otro hombre de bien, de vuelo muy alto y ágil, luchador tan heroico que hasta ha sido capaz de vencer a la muerte en más de una ocasión, desarmándola de la sangrienta guadaña a golpes de amor a la vida, la libertad, la familia y los sueños.

En las tardes de la triste feria de Úbeda, 2020, me he sentado a escucharlo, una y otra vez. Y mientras lo hacía leía los versos de Tato. Y contemplaba las fotos. Y me elevaba por la escalera de los quejíos, y los ¡ay!, y los lamentos… Y me parecía ver a Miguel asomado a la baranda azul del corral del mundo con las lágrimas saltadas por los ojos que tanta pena vieron y el alma serena y agradecida porque otro poeta, otro artista, otro cantaor del sufrimiento y el amor, le cantaba más que con la garganta con el duende genial que le corre por las venas.  

Felicidades Pepo, por tus palabras habladas y escritas. Felicidades, Juanma porque, te juro, que tu toque no solo acompaña, habla también, y recita, y llueve dentro hasta empaparte de belleza y elegancia. Felicidades, Tato. Para ti este poema con mi amistad y admiración. Gracias. 

 

            A TATO

              Quien tanto me ha hecho sentir.

 

 ¿Qué voz es la que suena

que se me clava dentro del costado,

y al llegar a la sangre

hace que broten versos por mis labios?

 

¿Qué voz es la que canta

que me eleva en el vuelo de los pájaros

y me desgarra el alma,

y sabe a libertad y gozo y llanto…?

 

¿Qué voz es la que escucho que me abrasa?

 

Y me responde un eco hecho de aplausos:

 

Es la voz de un poeta,

de un cantaor flamenco enamorado

del amor, de la paz, de la belleza,

de la vida, del beso y del abrazo.

 

Es la voz de un jilguero

que hasta muere cantando,

humilde y grande,

labrador y artesano,

ubetense y artista

por los cuatro costados.

 

Es la voz magistral

de Francisco Delgado Molina:

                                                 “Tato”.

 


  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

RECONOCIMIENTOS Y HONORES

Nadie puede poner en cuestión que Úbeda es una ciudad asombrosa, una dama de sueños que enamora a propios y extraños. Como tampoco puede negarse que sus gentes son un tanto “especiales”. Hasta el punto de que pocos de los que se quedan en ella, pese al talento, son considerados, y solo unos cuantos de los muchos que triunfan fuera son reconocidos. Reflexión ésta, por cierto, tan delicada que puede provocar recelo y hasta convertirse en conflictiva.

Una prueba más, en definitiva, de la singular idiosincrasia de este pueblo que con demasiada frecuencia confunde amor a lo nuestro con realidad crítica. Y de paso, como en este tema, en un argumento de peso para que el que lo dice quede en entredicho.

No obstante, durante años, yo me he atrevido, no sin costo, a expresar algunos de estos enjuiciamientos. Como también es cierto que me ha adherido y solicitado reconocimientos oficiales para algunos personajes que en los diversos campos, tantos sociales como culturales, según mi opinión, se habían hecho acreedores en nuestra ciudad a ellos por sus muchos méritos.

Y todo ello a sabiendas de que a pesar de ser una enorme satisfacción, algo extraordinario en la vida de cualquier persona, una honra y un orgullo, viene a ser también, en cierto modo, una realidad parcial con dosis de partidismo, y hasta puede que algo poco transcendente, aparte de un regalo accesorio.

Realidad parcial debido a que siempre se acabará formando parte de un cuadro incompleto, desnivelado, porque si bien se lo merecen todos los que están, no están todos los que son. Y todos los que son constituyen un grandioso número en el tiempo, porque si algo tiene Úbeda es que, por todos los siglos, desde su especial carisma, inyecta a raudales en la sangre la magia del ingenio, la sabiduría, el arte, la creatividad y la belleza, por lo que hay infinidad de hombres y mujeres que, en mayor o menor escala, a lo largo de la historia, dando lo más sublime de ellos, la han ilustrado y engrandecido hasta el punto de ser dignos de tenerse en cuenta.

Dosis de partidismo, en cuanto estos reconocimientos son concedidos por los gobernantes, y éstos, ya se sabe, no solo se dejan llevar por la equidad sino también por la política, las presiones, los intereses y las afinidades.

Incluso algo poco transcendente si estas distinciones se quedan en meros cumplimientos, en puro trámite sin apoyo. Puede, en todo caso, que sirvan para motivar, animar, incentivar…, pero a la postre, a la larga, si no hay un compromiso explícito que evite el olvido de las obras, y su promoción y desarrollo, todo se queda en vanidad de vanidades.

Y accesorio. Porque por más altos que sean las distinciones y los títulos concedidos a nivel de Úbeda, el más importante es el que ya se tiene por nacer, por vivir, por sentirse de ella.

Que ser ubetense es el primero y más grande de los honores. 


martes, 8 de septiembre de 2020

MESSI


Leo Messi es, para muchos, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Los seguidores del Barça han gozado con su juego durante muchos años y los aficionados adversarios lo han sufrido con rabia y hasta desesperación. Toda una figura mundial que ha aglutinado a su alrededor infinidad de fans, sobre todo niños, que lo han idolatrado y han soñado día y noche con parecerse a él.

Messi era su estrella, su espejo, su dios. Y Messi respondía no solo haciendo regates increíbles y goles asombrosos, sino con un comportamiento exquisito dentro de la cancha en donde apenas protestaba y aguantaba con estoicismo las duras entradas. También fuera del campo era de conducta intachable, lejos de juergas, escándalos y vida desordenada. Demostrando así ser una persona cabal, responsable, humilde, sencilla y cercana. 

Pero de repente vienen algunos fracasos estrepitosos del equipo que hacen que quede eliminado de la Champions. Y llega, el pasado mes de agosto, como broche de hielo, un dos a ocho en Lisboa que no solo congela la sangre sino que avergüenza al más pintado.

Y Messi, capitán, en lugar de dar un golpe de coraje sobre el timón del barco que se hunde, decide, como una rata temerosa, abandonarlo porque el equipo decae. Y señala a sus compañeros haciendo creer que no llegan, que no están a la altura de ser grupo ganador, y despotrica hasta lo vomitivo sobre su presidente y junta directiva, y manda un burofax diciendo que rompe relaciones con el club y que con arreglo al contrato ya no pertenece al Barcelona C.F., por lo que piensa irse a otro equipo de los grandes gratis llevándose toda la ganancia del fichaje, declarándose además en rebeldía no haciéndose el test de la covid ni acudiendo a entrenar.

Y ante el caos reinante, la afición se divide, corren ríos de tinta, saltan comentarios en todos los medios de comunicación…, y cuando ve que no hay modo de poder marcharse por no haberlo dicho unos días antes, según marcaba lo firmado, y que ningún equipo estaba dispuesto a correr el riesgo de ficharlo y luego verse condenado a pagar la supermillonaria cláusula…, echa marcha atrás y dice en una entrevista pactada no sé qué de su amor al club y bla, bla, bla…, para intentar quedar bien.

Pero no. A Messi lo que le ha pasado es que como toda persona endiosada se ha creído por encima de todo y de todos. Y aunque él lo niegue, lo mismo que ha influenciado, directa o indirectamente, en todo lo bueno que ha sucedido en el club estos años, también en lo malo. Él ha hecho poco equipo en cuanto ha formado grupitos de amigos intocables separados del resto que no han entrenado como se debía, ha presionado a los entrenadores, ha mediado en la confección de alineaciones, ha requerido la marcha de jugadores no afines, ha terciado en la generosa renovación de sus camaradas, ha sido responsable de que pasen en fila ante su escalón los cadáveres de varios directores deportivos, no ha permitido que los directivos le critiquen lo más mínimo, le han perdonado y le han abonado aunque sea por la puerta de atrás lo mucho defraudado a Hacienda… y ha cobrado y cobra más que nadie, alrededor de diez millones de euros mensuales brutos. ¡Casi nada!

Y se queda. Dice que porque no quiere denunciar al amor de su vida. Pero en cuanto pasen unos pocos meses buscará irse al mejor postor, a no ser que el nuevo presidente se arrodille en súplica con la cartera abierta y le prometa lo indecible.

Con lo hermoso que hubiera sido que Messi aguantara un par de años más desde la prudencia, el sacrificio y la modestia luchando por quien todo se lo dio desde niño y tanto lo consideró y le pagó. Y después marchar a una división de viejas glorias para terminar de llenar las alforjas de oro. El ídolo hubiera quedado para la eternidad sobre el pedestal intachable de los dioses más admirados y queridos. Ahora el ídolo se ha roto. Lo mismo hasta lo pegan, pero pese a los muchos esfuerzos que hagan los restauradores ya no tendrá la brillantez de lo impoluto.

Las lágrimas de muchos niños –como muestra el fotomontaje aparecido en “El Confidencial”– cuando Messi anunció su marcha del Barça no solo era porque perdían a su diez con el que crecieron, sino porque cayó sobre ellos la decepción más tremenda, una decepción además tan inesperada como repentina, muy dolorosa: la decepción de ver que Messi era humano.  

jueves, 20 de agosto de 2020

HABLANDO DEL REY

Que España no es monárquica lo sabemos todos. Por eso, cuando don Juan Carlos de Borbón sucedió a Franco como heredero no tuvo más remedio que ceder el poder y crear un estado democrático en el que cupieran todos los partidos políticos. De no haberlo hecho, tarde o temprano, hubiéramos tenido gravísimos problemas y conflictos.

De este modo, y tras la Constitución del 78, el rey se queda como Jefe del Estado a perpetuidad y el pueblo elige, mediante sufragio universal, al resto de gobernantes.

El rey se convierte en figura que reina pero no gobierna. Se dedica a representar al país como supremo embajador, a recibir a los presidentes del gobierno y demás ministros, a asistir a actos relevantes, a entregar premios y honores, a exponer discursos siempre a modo de homilías sociales… y salir en televisión en Nochebuena. Bien es verdad que es también árbitro del juego político, así como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y símbolo de la unidad de España, por lo que en caso de extrema gravedad puede imponer su autoridad.

Hasta aquí no hay nada que objetar. Lo que ocurre es que el poder corrompe, y más a quienes se perpetúan en él. Y aquí viene el problema. El rey Juan Carlos I, orgulloso de su labor, siempre jaleada por cuantos le rodean y medios de comunicación, se ha ido poco a poco creyendo que se lo merecía todo. Y como buen Borbón ha ido teniendo sus devaneos de faldas, consentidos por los presidentes y miembros de los servicios secretos, que no solo lo toleraban sino que lo protegían. Se pensaba, además, que el pueblo en general, en caso de salir estas cosas a la opinión pública, no lo vería tan mal. En el fondo y pese a tanto feminismo de cartón piedra, se le aplaudiría bajo cuerda viéndolo como un machote digno de salir en “Sálvame” y competir con los innumerables vende vidas que por ahí pululan disputándose el honor de ver quién ha colocado más y mayores cornamentas en la selva de la inmundicia. Es decir, que eso de tener relaciones extramatrimoniales no solo está a la orden del día en nuestra sociedad sino que, de alguna manera, hasta se valora.

Y poco a poco también, dado sus muchas amistades con peces gordos, sobre todo con los ricos jeques de Oriente Medio, ha ido recibiendo regalos y –yo no sé, pobre de mí– si también comisiones por los negocios que lograba de manos de empresarios. Lo cierto es que a sus ilustres manos han llegado, que sepamos, obsequios, aparte de pequeñeces como jamones ibéricos, valiosos relojes, lujosas plumas, una pistola con piedras preciosas, joyas y demás bagatelas, otros como el palacio de La Mareta en Lanzarote, el yate Fortuna y varios Ferraris. Estos últimos regalos donados al Patrimonio Nacional al verse obligado a tener que pagar los correspondientes impuestos. 

Y ya está bien de pagar. Aquí, donde todo el mundo defrauda a Hacienda, ya he pagado bastante donando estos tesoros. Así que lo que me den en dinero lo guardo en bancos extranjeros. Debió pensar. Y no hago nada malo. Además, la balanza está más que equilibrada. Ya he dado y doy demasiado al Estado trayendo numerosos negocios que lo favorecen. Como aquel mandamás de una ONG de ayuda al tercer mundo que, cuando el que le sustituyó en el cargo descubrió que se había quedado con dinero de algunos donativos y limosnas, expuso sin cargo de conciencia que también cada vez que había tenido junta directiva invitaba a los miembros en el bar de la esquina pagándolo de su bolsillo. ¿O eso no cuenta? Vaya la uno por lo otro. ¿No?

Y ahora, cuando los de extrema izquierda han considerado que es un buen momento para cambiar de régimen e implantar su dictadura del proletariado, apoyándose en las investigaciones de la Fiscalía suiza respecto a más de sesenta y cinco millones de euros “regalados” por don Juan Carlos a una de las amantes de turno y tras las pérfidas declaraciones de esta, que ha engañado de manera extraordinaria al engañador, han sacado sin miramientos todo esto a relucir y han logrado, como gran paso para acabar con la Monarquía e imponer sus sueños dictatoriales, que el rey emérito se vaya del país sin saber, durante dos semanas, nadie a dónde ni, por lo pronto, hasta cuándo. Y malo. Un rey no se va así porque sí. Primero, porque se toma como huida. Segundo, porque al hacerlo da a entender que se está confesando culpable. Si uno no ha hecho nada malo, no tiene que salir de su país despechado, aunque esté todo el mundo en contra diciendo que es un sinvergüenza. Ya lo expuso Anthony de Mello en un bellísimo relato. Cuando al maestro Zen le atribuyeron, bajo toda clase de improperios, la paternidad de una criatura que había dado a luz una joven soltera y le llevaron el niño para que se hiciera cargo de él, solo dijo: “Muy bien, muy bien…”. Quedando desprestigiado y despreciado por todos. Pasado un año, la chica confesó que en verdad el maestro no era el padre sino otro chico que vivía en la casa de al lado. Entonces, fueron todos a rogarle al maestro perdón y a pedirle que el niño les fuera devuelto. El maestro solo dijo: “Muy bien, muy bien…”

Pues eso es lo que tenía que haber hecho Juan Carlos I de tener o no grandes trapos sucios. “Muy bien, muy bien…” Y dejar que la justicia obre. Es más, de no tenerlos, pedir con insistencia que obre. Y si la justicia obra y sale culpable, lo acata y sufre con hombría las consecuencias. Lo cortés no quita lo valiente, quedando de este modo también menos empañada su gran obra

Yo, como la inmensa mayoría de los españoles, no soy monárquico, pero menos soy republicano mientras no haya una verdadera democracia, basada en la cultura, el respeto la tolerancia, la honestidad y la libertad, donde no se me insulte ni discrimine por pensar distinto, y donde no se tomen los partidos políticos –insisto– como si se tratase de ser del Betis Balompié, “manque pierda”.  Prefiero a Felipe VI, hasta ahora intachable, como Jefe del Estado, que a cualquier vivales que llegue a la suma poltrona basándose en el engaño, la publicidad, el márquetin y la compra de votos. Aquel, me da confianza. Este, miedo. 

miércoles, 12 de agosto de 2020

POBRE ÚBEDA


Hace ya años que estoy en Úbeda pero no vivo en Úbeda. Quiero decir que me siento feliz en ella por ser mi dama de sueños a quien amo y porque está llena de historia, de arte y de belleza, pero muy lejos también, la verdad, de sus gentes, de sus luchas innobles, de su creatividad ralentizada, de su cultura politizada, de su religiosidad vacía, de su desviación folclórica, de sus sones de pandereta y charanga, de su barniz de cáscara y souvenirs, de terrazas sobre las aceras de la limpia añoranza y de un turismo de paso que la maquilla con selfis sin sentido…

Y de vez en cuando viajo a otros lugares donde perderme para ver si al volver alguna esquina termino encontrándome para entender la verdadera esencia de la vida. Y cada vez que regreso a esta isla, a mi isla entre cerros, me duele su fracaso. Porque es un fracaso verla a más que pasa el tiempo menos idéntica, más superficial, más en manos de quienes solo buscan beneficiarse de ella a base de tergiversarla, de dominarla a golpes de destellos partidistas y apegos al poder, sin el que son incapaces de levantar una mínima piedra desde el altruismo, o sembrar siquiera desde la independencia un noble grano de trigo.

Y me la encuentro fría como siempre, pero también cada vez más triste y abandonada. Hay por aquí una atmósfera de desolación, de desunión, de melancolía que duele. Y ella, mi Úbeda, calla, mientras la revisten de pantomimas, dejando mostrar bajo el vestido de la seda artificial y mundana, calles en mal estado, calles recién arregladas que parecen viejas y rotas, casas a medio caer, establecimientos de gran calado heridos y sangrantes, cuando no extintos, locales cerrados que gritan por sus candados oxidados, jardines melancólicos cansados de humos y silencios, plazas desoladas, palacios moribundos que crujen su desconsuelo por las maderas resecas, espacios intransitables que huelen a orines y alcoholes de garrafa, paredes acribilladas de grafitis obscenos y asquerosos, de pintarrajos roídos por los desconchones y los olvidos de años... Y suciedad, mucha suciedad que muda el aire de un lugar a otro, como recreándose en la basura por el incivismo y la falta de manos, soñando con que lleguen pronto las elecciones para que se contraten temporalmente a un buen puñado de obreros y le den un barrido que alumbre lo suficiente como para engañar una vez más al pueblo. Y letreros que más que anunciar lloran porque se cuelgan para vender y nadie quiera comprar nada.
Letreros. Muchos letreros por todas las calles y rincones de se alquila y se vende. Tantos que casi es mejor decir que es Úbeda entera la que está en venta.

Pero no haya preocupación. Los ubetenses seguiremos amasando nuestra indiferencia colectiva, alimentando nuestra tibieza sin levadura mientras cantamos las alabanzas del génesis, escondiendo de paso, con fuerza, el miedo que nos da ser libres. Y los que nos gobiernan seguirán haciéndonos creer que el emperador va vestido desde su magistral atalaya de la propaganda, alentada y glorificada por no pocos pelotas de condición humilde y afines ideológicos, y no pocos aduladores del mundo de la cultura y el arte nunca críticos y ansiosos de ayudas, distinciones y honores.

Pobre Úbeda. ¡Qué pena! Pero también qué grande, en cuanto nunca cierra las puertas a la esperanza.La Historia así nos lo enseña: lo malo de Úbeda es que en todas las épocas ha habido quienes se han querido aprovechar de ella. Lo bueno es que ella siempre ha salido gloriosa sobre sus raquíticos cadáveres.   

viernes, 31 de julio de 2020

GOBERNADOS POR PSICÓPATAS


Quien miente algunas veces es un mentiroso. Quien miente constantemente es un psicópata. Quien apoya, acepta o salva a un farsante, se hace cómplice de la falacia y es también un embustero. Y quien hace esto una y otra vez se convierte igualmente en psicópata.

Y esto es lo que tenemos en este gobierno que nos ha tocado en suertes: psicópatas. Enfermos mentales que no solo son serviles al mandamás sino que le aplauden y lo vitorean.

Mentiroso nuestro presidente desde que salió al ruedo político. Mentiras una tras otra, con toda la cara dura. Tantas mentiras que ya ni nos causan asombro, todo lo contrario, provocan risa. Los comentarios de las gentes en las redes sociales están llenos, más que de enfado y rabia, de ironía y ocurrencias divertidas.

Pero los psicópatas están tranquilos porque aunque el país entero se hunda estarán apoyados por otros trastornados del calibre de chupopteros, separatistas, etarras, comunistas y demás tropa movida por intereses personales, y todo ello adobado por medios de comunicación vendidos, periodistas comprados y afiliados borregos.

Y esto tiene difícil arreglo. Las mentiras de hoy son mayores que las de ayer pero menores que las de mañana. La penúltima, porque cuando acabe de escribir esto ya tendremos otra más gorda, ha sido, según ha confesado el mismísimo Ministerio de Sanidad al Defensor del Pueblo, la de que no teníamos “Comité de Expertos” para salir de la pandemia.

¡Dios mío! Toda una nación inmersa en la lucha contra un virus tremendamente contagioso y letal y no estábamos en manos de nadie realmente preparado, ni epidemiólogos, ni científicos, ni economistas, ni médicos, ni sociólogos, ni técnicos de ningún tipo, ni pensador alguno independiente. Nada. El jefe y cuatro de los suyos con un portavoz payaso medio ronco de tanto engañarnos y confundirnos también. Como para echarse a temblar.

Pero nada. Aquí no pasará nada. Todo seguirá igual y las mentiras campando a sus anchas que ancha es Castilla. Y eso que alguien de los suyos, que en gloria esté, cuando no mandaban, decía que España no se merece un gobierno que nos mienta.

Pero sí, puede que pase. Y es que algún personajillo del pueblo, semejante al capitán calzoncillos de Dav Pikey, salga una vez más, con el carnet en la boca, en auxilio de su jefazo con la intención de seguir ganando puntos para el ascenso en el escalafón de los carguillos y carguetes, y me razone en su perfil de batalla con el siguiente, profundo y excepcional argumento: “FACHA”.

Sin entender que incluso facha es mejor que mentiroso.



sábado, 11 de julio de 2020

NI LOS PERROS


El domingo pasado, temprano, a eso de las ocho y media de la mañana, yendo en mi coche camino de San Millán, donde suelo aparcar para perderme después, andando, por los túneles y puentes de la antigua vía del tren que nunca llegó a ser, cruzando por una de las calles cercanas a la Explanada, me sorprende la expresión a viva voz de una señora de edad: “¡Eres una guarra! ¿Por qué no te vas a hacer eso en la puerta de tu casa?”.

Detuve el coche, bajé el cristal de la ventanilla y pude observar entonces que, justo en la puerta de un bloque de pisos, una chica de alrededor de veinte años se había subido la falda, bajado las bragas y en cuclillas orinaba y defecaba tranquilamente. De nada sirvió la exhortación de la señora.

Después, sin alterarse, se incorporó, se colocó la ropa y se marchó despacio. La pobre mujer hacía cruces. Negaba insistentemente para ella con la cabeza mientras murmuraba: “Ni los perros”.

Pero lo peor es que al llegar la muchacha a la esquina la estaban esperando, seguro que para no oler el perfume de la miseria, otra chica y un chico de la misma edad. Y ahora vino la venganza.

Los tres fueron en busca de la mujer. “¿Por qué le has llamado guarra a mi amiga. La guarra serás tú, tía”. (Nada de usted, que eso ya es reaccionario y poco guay). Expuso el niñato con ademanes afeminados. La señora, realmente enojada, le respondió que esa era una calle pública, céntrica, dentro de una ciudad nombrada Patrimonio de la Humanidad, por lo que no era lugar para esa guarrería. El argumento del lumbreras fue antológico: “Pues a ver, si mi amiga ha tenido necesidad de cagar, pues caga, no va a reventar”. Las otras dos, admiradas por tan concluyente razonamiento, lo apoyaron: “Eso, eso.” Dijo una. La de marras cerro el círculo: “Es verdad, no va a reventar una porque a ti te dé la gana”.

Y ahora vino el subidón. Seguramente hartos de ver programas tan culturales y formativos como “Sálvame” de diario y de luxe. “Pues que sepas que te vamos a denunciar por insultar a mi amiga.” Amenazó el gallito mostrando un tatuaje algo así como esotérico que llevaba impreso en el dorso de la mano derecha y que intentaba dar a conocer orgulloso en sus gestos de abanico. La mujer estalló: “¡Venga y corre. Ya estáis tardando!” El niñato, no satisfecho con la respuesta, atacó con el insulto de moda: “Eres una facha”. Pero la mujer no se amilanó: “A mucha honra. Y tú un sinvergüenza maricón”. Y para qué… ¡Madre mía! La que se armó.

Ahora no fueron insultos, fue lo de siempre y a tres voces: “Fascista, que eres una fascista, vieja, fea, asquerosa, so carca…” Y lo que no podía faltar, la habían pillado: “¡HOMÓFOBA!”

El chaval se empavonó. “Eres una facha homófoba”. Yo me pregunté cómo es posible que mostrando esos tres chicos tanta incultura, desvergüenza y mala educación, supieran expresar tan exactamente el adjetivo. Nada de homófoga, ni homófona, ni hamófoba… HO-MÓ-FO-BA. Con todas las letras, claramente, bien pronunciadas. Y la clave: “Ahora sí que te voy a denunciar por llamarme maricón.”

La mujer se dio cuenta del error tan políticamente incorrecto cometido y casi se viene abajo. El trío La, Lo, La, vio sangre y fue a degüello. “Te vamos a seguir hasta tu casa para ponerte la denuncia y después vamos a escribir en la fachada con espray que eres una facha guarra homófoba.”

Yo, la verdad, mero espectador de los hechos, junto a otros dos hombres que desde la distancia contemplaban también la escena y se largaron ante la tensa situación, tome la decisión de bajarme del coche e intentar que la sangre no llegara al río… Y al hacerlo, ya bajándome, vi que a la señora tuvo un destello brillante…

“La que de verdad va a poner la denuncia, si no os vais ahora mismo de aquí, soy yo, so idiotas. He grabado con mi móvil a ésta cagando y no solo lo va a ver la policía sino que lo voy a colgar en todas las redes sociales que pille”. Dijo mientras sacaba el móvil del bolsillo del pantalón y lo mostraba.

Se hizo un silencio. Se miraron los tres. Dudaron… “¡Que te den, tía. Vete a tomar por culo!” Y se perdieron entre las calles más estrechas y cercanas.

La mujer respiró. Se pasó la mano por la frente, miró el móvil que lo tenía apagado, y susurró para ella diciendo: “Eso tenía que haber hecho, grabarlo. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?”. Y se perdió también en dirección contraria.

Yo, que me niego a tener móvil, por primera vez entendí que no solo es bueno si se usa debidamente, sino que puede ser un gran salvador en situaciones comprometidas. Fue entonces cuando me vino a la mente que alguien, nombrada por la señora Colau nada menos que Directora de Comunicación del Ayuntamiento de Barcelona, hace ya algún tiempo, hizo también en pleno centro de una concurrida avenida de Murcia algo semejante.

Subí al coche y lo puse en marcha. Pero antes de salir volví a mirar por la ventana y comprobar que el mojón de mierda seguía ahí, como un grito de analfabetismo, barbarie y retroceso, sin que nadie lo recogiera.

Eso, ni los perros.