jueves, 11 de agosto de 2016

VICENTE OYA RODRÍGUEZ, LA SABIDURÍA HECHA BONDAD

Juani me lo ha querido decir de la mejor manera para que la noticia no me causara el dolor que ella sabe me produce siempre la muerte de alguien a quien quiero y sé que me quiere.

Y me ha dolido. Pese a decírmelo con cuentagotas me ha llegado al alma el cuchillo que viene siempre a cortar de un tajo la unión de dos personas que se respetan y se quieren.

Y presa de esta herida, aun de cuerpo presente en el tanatorio San José de Jaén, escribo estas letras más que para homenajear al gran hombre, al Cronista Oficial de la Capital, para decirle que he valorado su inmensa labor periodística, de investigación, de oratoria, de darse a los demás hasta el extremo, y que he aplaudido sus muchos títulos, su nombramiento como Hijo Predilecto de Cambil, su pertenencia al Instituto de Estudios Giennenses, a la Sociedad Económica de Amigos del País, a la Santa Capilla de San Andrés, a los Amigos de San Antón, a la ejemplar Asociación Aprompsi, que presidía, dedicada a personas discapacitadas, y que también me pareció bien, aunque me hubiera gustado algo mejor para él, que le pusieran su nombre a la plaza central del Parque del Seminario… Y, sobre todo, para decirle que siento mucho que un infarto en la madrugada de hoy le haya puesto alas, como las que ha tenido siempre su pajarillo literario, Gacelo, para ya no solo volar por la hermosa inmensidad de nuestro Santo Reino, del que era también Cronista Oficial, sino por las grandes alturas de todo el ancho reino de los cielos para poder acercarse así todas los atardeceres a la orilla de ese Dios en el que creía, y a quien tanto pregonó y tanto amó.  

Adiós, querido amigo. Nunca olvidaré mis encuentros contigo, desde que yo era un chaval, aprendiz de las letras, y tú ya un gran escritor reconocido y admirado. Gracias por todo lo que has escrito sobre mí, y especialmente por venir a Úbeda a presentar, junto a Juan Carlos García-Ojeda, mi libro de poemas “Al encuentro de la felicidad”, aquella feliz tarde-noche del día 10 de junio de 2005. Gracias por tus conversaciones, tus palabras siempre aliñadas de positivismo, tu sencillez, tu humildad, tu constancia y, sobre todo, gracias por tu excepcional bondad. Nunca olvidaré, tampoco, el pasado 14 de mayo, cuando nos abrazamos al despedirnos después de comer juntos tras haber fallado, igual que hemos venido haciendo los últimos años, como miembros del jurado, el Certamen Nacional del Corpus de Villacarrillo.

–Hasta otra, Vicente, o el menos hasta el año que viene –te dije.
–Hasta otra o hasta el año que viene, Ramón, si Dios quiere –me respondiste.

Y Dios no va a querer que de nuevo el año próximo nos juntemos para fallar el certamen ni para volver a vernos aquí en la tierra. Te ha llevado antes a su gloria para que allí le hables de Jaén y del amor que le tienes, y darte, como último premio, su abrazo más hermoso, que después de todo es la más grande que te pueden dar.

Hasta volver a vernos en el más allá, amigo…, cuando Dios quiera. Un fuerte abrazo.  






martes, 9 de agosto de 2016

EL JEFE Y EL MISIONERO

Cuentan que cuando el misionero llegó a aquel poblado maya perdido entre la selva del Petén, cercano a la ciudad de Tikal, junto a la laguna Yaxha, lo trataron como a un dios venido del otro lado del gran mar. El jefe, un cacique tirano que tenía sometido al pueblo a base de impuestos y sacrificios humanos, tratando a todos sus moradores como a verdaderos esclavos, lo acogió con veneración y lo convirtió en su gran consejero, algo así como lo que hoy denominaríamos su primer ministro.

El misionero enseñó al pueblo las bondades del Dios creador, los valores de la fe y le inculcó las virtudes de la generosidad, el compromiso, la moderación, la entrega, la paz, el perdón, la honradez, la amistad, la solidaridad…, el amor, en definitiva.

El jefe, al paso de los años, comenzó a recelar del misionero al ver que la mayoría de sus súbditos andaban tras él con alegría y confianza. Pero sobre todo, comenzó a verlo como un hombre más, nada o casi nada de ser dios, con sus muchas cualidades pero también con sus defectos. Y comenzó la terea de ver el modo de quitárselo de en medio.

El misionero, cada día más, se sentía seguro en su andadura. Observaba que era respetado y muy querido. Todos acudían a él buscando consuelo, ayuda, consejo… Y nadie se marchaba con las manos vacías. Su casa era la casa de todos, abierta a la comprensión, la alegría y la convivencia.

El jefe, por contrario, se fue tornando, en su envidia, más inseguro, desconfiado, arisco e intransigente, notando que era menos respetado y, lo que es peor, poco temido.

“Esto se me está yendo de las manos.” Pensó el jefe. “Esto tiene que acabarse de una vez por todas. O el misionero o yo.” Concluyó en sus elucubraciones. Y habló claro al misionero. “Desde mañana ya no serás mi consejero y habrás de abandonar este poblado.”

Sin embargo, el misionero le respondió: “Sabes que si me marcho de aquí, el pueblo me seguirá donde quiera que vaya. Le he traído la libertad, la fe, la paz, la decencia, la fidelidad y el amor. Tú, entonces te quedarás solo.”

El jefe, aquella noche, anduvo dándole vueltas a la mente, porque sabía que era cierto cuanto le había dicho el misionero. De golpe, tuvo una idea, casi una revelación: “Haré fiestas. Daré cargos. Concederé nombramientos, medallas y privilegios. Y de vez en cuando organizaré banquetes para que todos se harten de comer, beber… y fornicar.”

Y dicho y hecho. Durante un tiempo así lo vino haciendo pese a la oposición del misionero. Hasta que llegó el gran día. “Mañana, definitivamente, saldrás de estas tierras.” Le ordenó al misionero. Pero éste volvió a recordarle que de hacerlo se vería solo. Mas esta vez el jefe, que era de pocas palabras, le respondió con cierto orgullo: “Estás equivocado, no se irán contigo, tenlo por seguro.”

Al amanecer, el jefe convocó al pueblo y desde el balcón del palacio, teniendo a su lado al misionero, se dirigió a todos los presentes para decirles tan solo: “Queridos súbditos, el misionero ha de marchar del poblado. Los que le quieran seguir podrán hacerlo sin problema alguno.” Después habló el misionero: “Hermanos, Dios está en nuestros corazones. Somos una gran familia que se ama y se ayuda. Hombres y mujeres que andamos en el camino de la fe en la esperanza de alcanzar la salvación eterna. Ya no sois esclavos, ahora sois hombres y mujeres libres, y en esa libertad seguiréis viviendo en el nuevo poblado que hemos de construir no muy lejos de la laguna, junto al río Mopán, donde viviremos felices compartiendo, desde la fraternidad y la igualdad, todos los bienes materiales y espirituales que poseemos.”  

Y el misionero salió del poblado…, y cuando llevaba apenas cien metros volvió la vista atrás y pudo ver que nadie le seguía.

La realidad es así de cruda.           




sábado, 30 de julio de 2016

AMIGOS

Felipe Redondo Delgado y Gregorio Tudela Arias vivían en la misma calle. El primero en una casa con patio y el segundo en un pequeño piso. Eran íntimos amigos. Felipe tenía una pelota de plástico, rugosa, llena de colores, y la sacaba por las tardes a la plazuela para jugar al fútbol en equipos que solían formarse después de echar pies a ver quien elige. Gregorio solía ponerse de portero y estaba enamorado de la pelota. Un día, su buen amigo Felipe, al traerle su padre de un viaje un balón de reglamento, se la regaló. Fue aquél uno de los días más felices de su vida.

Iban juntos al colegio. Ambos estudiaron también el bachillerato en el mismo instituto. Felipe no llegó a terminarlo. Su padre murió en un accidente de tráfico y su madre le buscó un taller de coches donde aprender el oficio de mecánico. Gregorio marchó a la universidad y consiguió hacerse abogado. Pero su amistad seguía siendo fuerte y sincera. Felipe se casó y tuvo tres hijos. Se fue secularizando con el tiempo. Su esposa no era dada a historias de Dios y esas cosas tan anticuadas. Tampoco le agradaba mucho esa estrecha amistad con el viejo amigo de su infancia. “¿Te has casado conmigo o con tu amigo?” Tuvieron tres hijos. Gregorio permaneció soltero. Era asiduo a la iglesia, de fe profunda, conocedor del evangelio, dado a hacer el bien. 

Felipe y sus tres hijos montaron un taller familiar. Gregorio, ni que decir tiene, le llevaba su coche cuantas veces hiciera falta. Una grave avería en el motor y en la dirección le costó una fortuna. El vehículo nada más sacarlo del taller volvió a dejar de andar. Alguien comprobó que todo había sido una falsa. Al coche apenas se le había tocado nada en el motor ni en la dirección. Pudo costarle la vida. Gregorio presentó entonces sus quejas a Felipe y este le pagó con su más profundo enfado y desprecio. ¿La excusa? Un amigo de verdad no va a otro taller. Eso es desconfianza. Tres años más tarde Felipe sufrió un ictus que lo dejó casi impedido, y sus hijos, poco responsables y dados a la nocturnidad, cerraron el negocio.

La esposa y los hijos decidieron llevar a Felipe a una residencia especial. ¿El precio? Mil setecientos euros mensuales. ¿Y eso quién lo paga? Imposible. Cada hijo tomó su rumbo de vida. Que se apañe la madre, que por algo los casó un cura, para las alegrías y para las penas, para la salud y para la enfermedad. La esposa pidió ayuda a Cáritas, que para eso sí que queremos a la Iglesia. Alguien entonces habló por teléfono con la dirección de la residencia. “Yo me hago cargo de los gastos. Cada primero de mes tendrán el ingreso en la cuenta corriente que me indiquen.” Y así por cinco años y cuatro meses. Hasta que Felipe cayó enfermo. Un cáncer de pulmón lo andaba asfixiando. Cuando se enteró su amigo Gregorio quiso visitarlo. Llevaba con él una curiosa pelota de plástico llena de colores ya descoloridos. Pero no pudo ser. “Ese que no pise aquí. Es una mala persona. Un corrupto, un ladrón, un sinvergüenza, un traidor, un egoísta… No quiero verlo ni en pintura.”

Y murió nada más llegar el otoño, cuando suelen morir las hojas secas. Gregorio no fue al entierro. ¿Para qué? Después, la esposa y los tres hijos fueron a recoger las pocas pertenencias de Felipe, muy tristes y apenados, por supuesto, como suelen estar los hipócritas cuando muere un ser cercano.

–¿Se debe algo?
–Nada. Todo lo pagaban debidamente a primeros de mes.
–¿Cáritas, verdad?
–No, un particular.
–¿Y se puede saber quién es esa alma generosa?
–Nada sabemos. Sólo el número de su cuenta y la entidad bancaria desde la que hacía el ingreso.

Y allí que fueron.

–¿Nos puede usted decir quién hacía un ingreso a la residencia cada primero mes? Su número de cuenta es….

–Sí. Ahora mismo se lo digo. El titular de esa cuenta es Gregorio Tudela Arias. 

martes, 19 de julio de 2016

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN TIENE UN PRECIO

Tengo un amigo escritor y fotógrafo que el pasado mes presentó en su pueblo una extraordinaria exposición de fotografías relacionadas con la naturaleza. Y fue tan grande su fracaso como bellísimas las fotos expuestas. ¿Y eso por qué? Pues porque su pueblo, mejor dicho las gentes de su pueblo, sus paisanos, bien que se lo pagaron. ¿El motivo? El precio de su libertad. 

 Y es que, como ya he expresado en otras ocasiones, ser libre no es fácil. Y menos ser independiente. Uno puede optar por una ideología o un bando y ser despreciado, indiferenciado y perseguido por los contrarios, pero siempre tendrás a los tuyos para la ayuda, la comprensión o, al menos, el consuelo. No optar por ningún partidismo ni bando sólo te puede conducir, por lo tanto, al aislamiento, al retiro y a la soledad. Y, sobre todo, te conducirá de una u otra forma al fracaso, porque a nadie tendrás a tu lado para ayudarte.

Y dentro de la libertad está el ejercicio del maravilloso derecho de expresión. ¡Casi nada! Aquí, por el presente, se puede exponer lo que se desee, se piense o se quiera. Siempre, claro está, que no se traspasen ciertas rayas rojas marcadas por la ley. Así pues, podemos por lo tanto expresar nuestros pensamientos, realizar nuestras críticas, comentar noticias, opinar acerca de lo que se crea conveniente, exponer ideas, ideologías, creencias… ¡Qué maravilla! Pero también ¡qué alto precio!

Sí, un alto precio. Porque todo aquel que quiera expresar o comentar algo y más si se hace desde algún medio social o de comunicación, ha de saber que no le va a salir gratis. Eso sí, los que piensen como él lo alabarán, pero los muchísimos que no piensen igual ya se encargaran de apuntarlo en su lista negra para pagárselo cuando se presente la ocasión. Si expones que tal o cual gobierno lo hace bien o mal, tendrás a miles de la oposición que no te podrán ver. Si confiesas ser de tal o cual religión has de saber que serán infinidad los que te etiqueten de retrógrado o descerebrado. Si opinas acerca de los falsos, los incoherentes, los prepotentes y los especuladores, ya tienes el puñal en el cuello. Si hablas mal de los políticos que conoces y te conocen, olvídate del mundo, no te darán, ni así pasen cien años, ni agua. Si expresas que estás a favor o en contra de esto o aquello ya tienes a los unos y a los otros poniéndote la cruz. Si criticas el lugar donde vives en algunos de sus aspectos, ya tienes el calificativo de mal ciudadano, traidor y desleal…

De ahí que haya periodistas, escritores, articulistas, editorialistas, novelistas… que toda su obra está llena de rosas y flores, de parafernalias aduladoras, de no mojarse, de todo es bello, o, en el peor de los casos, de andar siempre en la misma dirección y color… Y claro, se cuenta con ellos, se les invita aquí y allí, se les contrata, se les condecora… No tienen enemigos y, de tenerlos, cuenta en el otro peso de la balanza con no pocos amigos y seguidores.

Sin embargo, los que van con la verdad por delante, se atreven a delatar las sombras que ven alrededor, no se venden y anteponen su libertad sobre los platos de lentejas, es decir que no se casan con nadie, encuentran que tienen las alforjas cargadas de enemigos, que unidos a los envidiosos y a los mediocres que sólo buscan apagar las luces que brillan a su alrededor para que alumbre un poco su linterna sin pilas, conforman un ejército tan de peso que asfixia.

La libertad de expresión es una de las cosas más grandes y hermosas que puede tener un ser humano. No cabe duda. Pero ejercerla, y más cuando se hace de manera continuada, es todo un reto, porque habrás de cargar con las consecuencias. Y más, mucho más, infinitamente más, cuando se ejerce en los pueblos. Entonces es como para echarse a temblar, y cuanto más pequeños peor, puesto que a la postre, por una u otra razón, no quedará nadie que no se sienta aludido o herido en su sentir.

Y eso es lo que le ha pasado a mi amigo escritor y fotógrafo. Seguro que de haber sido solo fotógrafo, y mucho mejor si además fuese lisonjero, sumiso y callado, el éxito de su exposición hubiera sido impresionante. Allí habría saboreado las mieles de la gloria y se habría visto aplaudido, alabado y agasajado por toda una multitud, desde el señor alcalde, concejales y cura de la parroquia hasta el más humilde de los vecinos; pero tenía que ser escritor, y de los que no se callan y denuncian. ¡Pues toma! ¡Ahí las llevas! Bofetadas sin manos que son las que más duelen.

Y es que la libertad de expresión tiene un precio que ha de pagarse. Pero pese a todo y a tanto y tan duro, merece la pena. Te hace vivir con dignidad y morir con alas.  

Felicidades, amigo.        

sábado, 25 de junio de 2016

LA ESTACIÓN

Desde que era niño me han fascinado las estaciones de tren. No puedo evitar, cuando estoy en ellas, sentir una emoción especial. Eso de estar allí, esperando, y ver que de repente, a lo lejos, un ojo redondo de luz viene hacia ti a gran velocidad y te supera con una fuerza imponente y se detiene para dejar bajar y subir a los pasajeros, es algo que impresiona hasta tal punto que rara es la vez que no me deja los ojos bañados en lágrimas.

Las estaciones y el tren que llega y se marcha, han sido una constate en mi existencia, con tanto énfasis que me han hecho asemejarlos a la vida misma.

Un tren que viene del olvido y en el que vas, se para de golpe en la estación de este mundo y, como uno más de los pasajeros que lleva, te bajas. Y aquí te encuentras desnudo, en soledad, sorprendido, ser único e irrepetible. Y comienzas la lucha de sobrevivir. Y creces, y te esfuerzas, construyes, sufres, te alegras…, y envejeces…, sabiendo que algún día uno de ellos vendrá para llevarte. Y entre tanto, en la estación, ves una y otra vez que llegan nuevos trenes de los que se bajan otros pasajeros y a los que suben otros muchos que ya no volverás a ver… Y así hasta que uno de ellos se acerca, se detiene y desde dentro te llama para que subas… “¿Este es mi tren? ¿Este es el tren que espero sin quererlo esperar?” Y alguien te dice: “Este es”. Y te ves obligado a subir… Y aunque pretendas llevarte la maleta cargada de todo aquello que has acumulado, nada te permiten, habrás de hacerlo, como decía Machado, ligero de equipaje, desnudo. Sólo te puedes llevar tu propia conciencia, cargada de sombras o repleta de claridades… Sólo te puedas llevar tus sueños en una pequeña bolsa invisible hecha silencio…

Y ya sí, ya has vuelto al tren del olvido. Y el tren arranca y se pierde una vez más en la lejanía sin saber de fijo dónde te lleva, tal vez al infinito, a esa estación de los trenes perdidos que decía el poeta Jules Laforgue. Hay quienes creen que a un lugar donde gozar o sufrir. Otros piensan que nos bajaran en otra estación diferente, que desconocemos. Y los hay igualmente, como Nietzsche, que aseguran, porque todo lo consideran cíclico, que después de un recorrido por la vía redonda del tiempo, nos volverá a dejar en la misma estación para un nuevo volver a vivir.

Nada sabemos, en verdad, de cierto. Todo es cuestión de creencias, de deseos, de pensamientos, de pareceres, de fe… Todo es cuestión de ignorancia. Lo único verdadero es tan solo que el tren existe, que te trae, te deja y te lleva.

Lo único verdadero también es que la estación, esta estación de la vida, es un lugar asombroso que los viajeros nos encargamos, en lugar de hacerla de sol hacerla de lluvia.

viernes, 10 de junio de 2016

VOLVER A VILLANUEVA DEL ARZOBISPO

Villanueva del Arzobispo es un pueblo al que para llegar desde Úbeda tengo que pasar por Torreperogil y Villacarrillo, otras dos villas que son también partes gozosas de mi existencia.

Y muchas son las veces que he tenido que hacer este recorrido a lo largo de mi vida. La más imborrable fue cuando partía de mi “Dama de sueños” y llegaba, en septiembre del año 1971, al colegio de los jesuitas para tomar posesión de mi plaza como maestro. Nervioso, con miedo, lleno de timidez, llamaba a las puertas que se me abrieron de golpe como dos abrazos de luz en mi corazón. Jamás me he sentido tan bien recibido, tan acompañado, tan acogido. Maestros, compañeros de estudio, alumnos, padres y madres de alumnos, las otras escuelas e infinidad de hombres y mujeres me trataban con amabilidad, respeto y amistad, como uno más de los suyos. Y tanto me dieron que me vi en la necesidad de darme yo también por entero.

Y tomé parte del mundo social, cultural, poético y teatral… Y durante nueve años fui un villanovense más. Allí representé mis primeras obras teatrales, especialmente infantiles, y una, “Padres e hijos”, con motivo del Día Internacional de Niño, que tuvo tanto éxito que tuvimos que representarla por otros pueblos de la provincia.

Villanueva se hizo así, y así será para mí mientras viva, el pueblo de las cien verdades. Porque si dicen de él, graciosamente, que es el de las tres mentiras, por no ser villa, ni nueva, ni tener arzobispo, yo aseguro que es noble, y leal, y honesto, y generoso, y agradecido, y abierto, y acogedor, y considerado, y solidario, y trabajador, y sabio, y…, así hasta cien virtudes que hacen me sienta orgulloso de haber sido y seguir siendo parte de él por siempre.

Y a Villanueva regresé hace unos días, el pasado 4 de junio. Ya lo hice el año pasado con la obra “El poder de la oración”. Y lo he hecho ahora para representar “Malos tratos” en el Teatro Regio. Gran teatro, bello, amplio, dignísimo. Tuvimos éxito. El Grupo Maranatha fue recibido con calor y fue muy aplaudido. Las palabras de la Sra. Alcaldesa a modo de bienvenida fueron de agradecer. El doctor don Adolfo Salas, que hace la introducción a la obra, fue escuchado con sumo respeto y atención. Los actores pusieron el alma. Y yo, al final, viendo al público en pie, me dejé llevar por el corazón y expresé mi amor a todos los presentes y a mi Villanueva del alma que no olvido y llevo siempre en lo más hondo de mí persona.

Volver a Villanueva del Arzobispo es para mí como volver a ser joven, a verme de nuevo viviendo en ese caserón asombroso que da entrada a la SAFA, a encontrarme paseando por sus calles, sus plazas, su parque de la luna llena por el que me adentraba en las madrugadas de plenilunio en la más absoluta soledad… Volver a Villanueva del Arzobispo es encontrarme una vez más con sus gentes, con mis viejos amigos, con mis antiguos alumnos, con sus familias, con mis compañeros, con la Virgen de la Fuensanta…, y, sobre todo, conmigo mismo, con aquel chaval que todo lo miraba con los ojos limpios de creer que el mundo era un paraíso repleto de bondades. Volver a Villanueva del Arzobispo es para mí saber que tengo un rincón en el mundo donde cada vez que llego palpo la rosa de amor que allí me regalaron y llena mi alma, y que está, sin marchitarse, por encima del tiempo y la distancia. Gracias.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LOS TIEMPOS, LA MUJER Y LA FE

Nos estamos radicalizando en todo. También en la fe. Y no ya en referencia a la disputa entre creyentes y no creyentes, sino entre personas de una misma creencia que tienen distintos puntos de vista en cuestiones concretas. Y qué pena que esto ocurra, porque lo que puede ser un simple parecer, una opinión más o menos acertada que se da, puede acarrear enemistad, desprecio e incluso persecución por los mismos hermanos allegados. Y todo porque se quiere olvidar que la fe no es un mueble estático que ha de permanecer inalterable e inamovible, sino que es un don en el alma que tiene vida, y que por lo tanto se mueve y toma parte dentro de un contexto histórico determinado que presenta sus particularidades y sus características propias.  

La misma Biblia, que es la palabra de Dios, así nos lo hace ver. Todo el Antiguo Testamento es un espejo, se diga lo que se diga, donde el Dios que se nos muestra es iracundo, temido, guerrero, castigador, justiciero, despiadado…, y donde las normas que se imponen son extremadamente severas… Hubo épocas en que, por poner algún ejemplo, en el pueblo elegido se aceptaban y permitían incluso la esclavitud y la poligamia, y hasta los vientres de alquiler, como cuando Sara, que no tenía hijos, le entregó su esclava egipcia Agar a su esposo Abraham para que le engendrara un heredero, a quien llamó Ismael. El pueblo israelita, en ese tiempo, era enormemente machista, patriarcal, intolerante, implacable con el enemigo, y regido por unas leyes inflexibles, donde el ojo por ojo y diente por diente eran la norma básica. Tal vez por ello, el mismo Dios, que muestra también claros destellos de clemencia, benignidad, benevolencia, compasión, paciencia…, permitiese dejarse entender autoritario, vengativo y celoso porque esos momentos históricos, en los que se revela y hace alianza con ese pueblo suyo en lucha por subsistir, así lo requerían.

Sin embargo, llega el Dios del nuevo Testamento y todo se transforma en paz, perdón, comprensión, bondad, misericordia… en poner la otra mejilla, en no se ha hecho el hombre para la ley sino la ley para el hombre, e incluso en amar a los enemigos… Menudo cambio… Pero Jesús de Nazaret vivió también en un tiempo histórico y a él se tuvo que adaptar. Y aunque aquella sociedad seguía siendo plenamente machista, donde la mujer estaba totalmente relegada y era un ser de segunda, bastante hizo por cambiarla y dignificarla, hasta el extremo de acompañarse de mujeres, hacerlas sus seguidoras, dejarlas estar a los pies de su cruz y consentir que fueran las primeras en verlo resucitado. Menuda revolución para aquella época. Casi nada.

Viene todo esto para hacer ver que al llegar a nuestro ahora, más de dos mil años después de Cristo, en pleno siglo XXI, donde la mujer ha logrado ser reconocida en plenos derechos llegando a ocupar en la sociedad los más altos cargos en todos los sentidos, demostrando además que puede estar a la misma altura que el hombre en capacidades y responsabilidades, hemos de vivir en este presente nuestro e ir con él. También la Iglesia, que no sólo ha de andar a remolque sino que está obligada, como hizo Jesús en su tiempo, a ir siempre en vanguardia, abriendo caminos. Por lo que pienso, humildemente, que es un error que dentro de su seno se empeñen en seguir dándole a la mujer un papel de no igualdad. Y este Papa actual, Francisco, lo sabe, como sabe de la radicalización que nos mueve. Pero pese a ello, ahí lo tenemos, luchando dentro de su tiempo, anunciando hace unos días su intención de crear una comisión para que estudie la posibilidad de ordenar mujeres diáconos, a sabiendas de que no pocos estrictos de la ley se reafirmarán aún más en su consideración de que este hombre es un antipapa, un hereje, un traidor…, y que se muera. Olvidándose de que es el Espíritu Santo quien elige al sucesor de Pedro, y Éste, según ellos, nunca se equivoca. Pues entonces, por qué no piensan que lo mismo el Espíritu Santo lo eligió para ello, para que la Iglesia viva en su tiempo y con su tiempo.

No quiero decir con esto que la mujer sea mañana mismo ordenada sacerdote, obispo o cardenal. Lo que pretendo decir es que no hay que rasgarse las vestiduras porque algún día la mujer, debidamente formada y preparada, ejemplar, como se le exigiría a cualquier otro varón, pueda ser nombrada diácono y pueda ejercer mayores responsabilidades en la toma de decisiones en el seno eclesial. Después ya se verá. Lo que pretendo decir es que la fe en Dios y en Jesús no se rebajaría ni se perdería por ello, sino todo lo contrario. Y ya se ha demostrado. En mis años jóvenes no pocos se echaron las manos a la cabeza y dijeron lo que no está escrito porque la mujer comenzó a salir de penitente en las procesiones de Semana Santa vestida con la misma túnica que el hombre. “¡Marranas! Este es el fin de la Iglesia. A uno ya le van a quitar hasta la fe.” Gritaba un familiar mío. Sin embargo, hoy, pocos ven algo raro en ello, ni nada malo en que ocupen cargos directivos y sean hermanas mayores de las hermandades, ni tampoco en que se suban al altar para hacer las lecturas en la misa o den la comunión, sino todo lo contrario. Hace poco moría también en paz ese familiar mío, después de ver cómo en numerosas ocasiones, ya enfermo, era una mujer laica quien venía a su casa a darle la Eucaristía, quedándole además sumamente agradecido. Yo mismo vi con mis ojos cómo, tras recibirla, le besaba las manos, emocionado, con sumo respeto y fervor. 

La sociedad es mudable y Dios es inmutable. Pero igual este Dios nuestro, que toma parte en el tiempo histórico, cual vela de Amor, se deja cambiar el color de la cera sin que por ello la inmensa llama de su luz deje de alumbrar.