viernes, 9 de noviembre de 2018

FRANQUISMO, DEMOCRACIA Y LIBERTAD


Ahora, después de haber revivido, que no resucitado, la figura de Franco por culpa sobre todo de un gobierno aliado a socios no muy dados a la unidad de España ni a la Constitución del 78, se ha vuelto a poner a la orden del día el enfrentamiento, por el momento sólo dialéctico, de los partidarios de quien fue el general victorioso que ganando la guerra acabó con una república que parecía estar abocada a un régimen totalitario comunista, y los detractores que lo consideran tan solo un frío y calculador tirano sin cultura ni corazón.

Para los primeros, a Franco hay que agradecerle el que restituyese a la Iglesia sus bienes y templos, convertidos en la contienda en simples cuadras y cuarteles cuando no en cenizas; así como a sus legítimos dueños las casas y palacios requisados. También el bienestar social que se fue alcanzando con el tiempo, creándose centros escolares, hospitales, pantanos, industrias, vías de comunicación… y el boom turístico. De igual manera la seguridad social, viviendas de protección oficial, pagas de jubilación, de viudedad, extraordinarias… Nos salvó de la guerra mundial. Los alcaldes y concejales no cobraban. No había que hacer la declaración a Hacienda. Igualmente, hizo que muchas familias pobres, entre ellas las que lucharon a favor de la República, después de haber visto incluso ejecutados o encarcelados a sus familiares más allegados, tuvieran trabajo, pudieran prosperar y lograr que sus hijos estudiaran y obtuvieran una carrera. Y todo en un clima de convivencia reconciliadora, pacífica, fervorosa, solidaria y esperanzadora. Y en un clamor de pañuelos blancos y vítores por donde pasaba el general que no siempre era obligado ni fingido.  

Para los segundos, Franco solo fue una pesadilla que originaba un sinvivir triste, en blanco y negro, donde la población andaba ahogada por el temblor y la angustia. Una sociedad aplastada por la venganza, el militarismo, el clericalismo, manipulada, retrasada, pobre, sin democracia ni libertades ni derechos, sin participación para poder elegir a los representantes del poder. Escuelas paupérrimas. Hospitales cochambrosos. Mili forzosa. Penas de muerte. Censura. Nada de abortos, ni divorcios, ni matrimonios homosexuales. En definitiva, treinta y tanto años de horror bajo la dictadura de un monigote absolutista, beato de misa y rosario, enano y gordo déspota de voz atiplada, verdugo sin remordimientos, genocida, fascista asqueroso pretendiendo que los pobres no levantaran cabeza, sobrevivir todo lo más, y obligados a sacar a sus hijos de las escuelas a los nueve o diez años. Horrible.  

Y hay que tomar partido. Ante esta dicotomía presentada particularmente ante el hecho de querer sacar a Franco del Valle de los Caídos y de paso desprestigiar a la Corona en cuanto es fruto de una decisión del dictador y la invalidación de la Constitución debido a que también fue obra franquista, uno tiene que tomar postura. Y he aquí el problema. No se puede ser neutral. Ni ver lo bueno dentro de lo malo. No es políticamente correcto. No se permite. O se está contra Franco en todo, absolutamente en todo, o eres franquista radical, puro.

Y lo digo por experiencia. A una persona que sé que me estima, joven, al hablarle de los veinte y pocos años que yo viví en tiempos de la dictadura y ante el hecho de no revestir todo lo que experimenté de espanto y terror, acabó tildándome de “franquista”.   

Y mi pecado fue contar la verdad de lo que sucedió en mi vida durante esos años. Verán, mis abuelos y mis padres fueron de izquierdas, muy de izquierdas. Mi abuela materna era analfabeta. Mi abuelo no. Mi abuelo era creativo y le gustaba hacer murgas para el carnaval y a punto estuvo de ser fusilado, aunque finalmente lo condenaron a cadena perpetua. Sufrieron de lleno la guerra y la posguerra. Eran tremendamente pobres y supieron bien lo que es el hambre de verdad. Pero mi madre y sus hermanos pudieron estudiar aunque tuvieran que ir a Baeza andando por no tener para comprarse el billete del tranvía y tener que copiar a mano y a la luz de las velas los libros que les dejaban compañeros comprensivos más pudientes. Dos de ellas obtuvieron el título de Matrona. Otra el de Maestra Nacional. A mi tío le faltaron pocas asignaturas para ser practicante. Mi otra tía prefirió la fotografía y acompañar a su padre, inventor de carruseles, ya liberado, de feria en feria para desplazarse después a Barcelona donde ella y su marido encontraron un trabajo fijo. Mientras tanto, mis abuelos paternos con algunos de sus hijos migraron a Mallorca.

Mi madre trabajó de día y de noche trayendo niños al mundo y obtuvo fama de gran profesional. Mi padre trabajó en mil cosas. Desde amo de casa a capachero, molinero y fotógrafo, pasando por droguero y ayudante protésico. Y pudieron comprarse su casa, y su otra casa, y otra más, y un coche, y viajar, y veranear unas semanas en Lo Pagán y finalmente hacerse un módico chalé en La Yedra.

A mí me llevaron un tiempo a una escuela de portal que era un viejo pesebre. Después, estuve dos cursos el colegio público de la Trinidad. A los diez años entré en el instituto recién inaugurado San Juan de la Cruz. Y de allí a la SAFA donde hice Magisterio. Y todo gratis. Los últimos años con becas. Y a todos les estoy agradecido. También a los curas. Bien es cierto que unos maestros fueron mejores que otros, y que mientras algunos me ayudaron amablemente, otros hasta me pegaron y castigaron con dureza, pero no guardo rencor a nadie, después de todo a todos ellos les debo lo poco que soy y lo mucho que siente mi corazón. Mi hermano, que estudio en los salesianos, se hizo médico en Granada y después odontólogo en Madrid.  

Quiero decir que con Franco no todo fue negativo ni terrible. Como tampoco ahora, en democracia, no todo es idílico y perfecto. Hoy hay muchísimas personas sin trabajo, y jóvenes que no pueden estudiar, y muchos que después de numerosos estudios y varias titulaciones, están en el paro cuando no han tenido que emigrar, y familias que no pueden aspirar a comprarse siquiera un rincón donde vivir… A no pocos los dejamos morir, una y otra vez, como perros anónimos a la orilla del mar. A muchos los condenamos y hasta odiamos por ser de tal o cual partido. La violencia, el robo, la delincuencia, los malos tratos, el relativismo, el enchufismo, el chalaneo, el miedo y el terror se han convertido en costumbre. Hay dieciocho gobiernos con sus dieciocho cortes de innumerables vivales apegados. La corrupción atufa y anda por todos sitios. Abortar es un derecho. La indigencia abunda. La cultura es más chabacana que sublime. Las demagogias y los separatismos están desatados. Los impuestos son asfixiantes. El control sobre nuestras vidas es casi total. La moral, la ética y los valores, en lugar de mejorar, han ido esfumándose para dar paso a la mala educación, la grosería, la irrespetuosidad, la irresponsabilidad, la mentira, la informalidad, la falta de palabra, la incoherencia, la morosidad, la hipocresía, la falsedad, la cobardía, el egoísmo, la estafa, la prevaricación… Tampoco hay verdadera separación de poderes. La política, la justicia y las universidades están desprestigiadas. Ni siquiera uno puede tener auténtica libertad de pensamiento, creencias y expresión. Porque si bien es cierto que no te fusilan, ni te meten en la cárcel por decir lo que piensas, crees y sientes, ni te golpean, como podía suceder durante el franquismo, sí te lo pagan, lo que a veces puede ser hasta peor, con las rejas de las etiquetas, el apartheid, la indiferencia, las represalias y la persecución, cuando no con los golpes del absoluto desprecio por no estar en el mismo sendero de los que quieren que seas y expreses lo que ellos quieren que seas y expreses.

Y a los hechos me remito. Como decía anteriormente, por hacer uso de mi derecho a la libertad de expresión y decir lo mismo que ahora escribo a esa persona que sé que me estima, me catalogó, como me catalogarán unos cuantos más después de leer esto –con lo que ya sabemos que eso significa y acarrea– de “franquista”. 

Pero se equivocan. Si algo tiene valor para mí es la LIBERTAD. De ahí que no me haya vendido nunca a nadie ni me haya doblegado al poder. Y como también sé que la libertad es hija de la verdad y madre de la honradez, no puedo ni debo tergiversar ni cambiar la Historia, al menos la historia que he vivido, como ahora hacen muchos aprovechados y numerosos intelectuales y escritores partidistas con estómagos agradecidos, y sí mostrar las dos caras de la misma moneda, al tiempo que procuro expresar la realidad presente que vivimos. Y si como consecuencia de ello me llega el insulto y la discriminación de algunos, pues bienvenidos sean. ¡Qué le vamos a hacer! Ser libre nunca salió barato.


miércoles, 24 de octubre de 2018

ALFONSINA STORNI Y EL CÁNCER DE MAMA


Se cumplen ahora ochenta años de la muerte de la poeta argentina Alfonsina Storni, casi a la vez que se celebra el día mundial contra el cáncer de mama.

Alfonsina, que tenía una sensibilidad lírica a flor de piel, supo también lo que duele el golpe del tumor mordiendo el pecho. Se lo dijo el mar cuando lanzó una ola contra ella y le señaló el lugar oscuro en su redondez de luna.

Entonces la palabra cáncer era sinónimo de muerte. Y de nada sirvieron los quirófanos. La sentencia estaba dictada y solo quedaba espacio para los retiros y las soledades.

Ella, que había vivido arando surcos por los pedregales del sueño, compuso versos delicados, románticos y sensuales, pero también hondos y abstractos. Su poética, original, sensible y feminista, emociona y toca las campanillas del alma. Todo envuelto por un tapiz de melodía rítmica y clarificadora que evidenciaba sus miedos, su angustia y su dolor, y que se contrarrestan con una vida privada con no pocos secreteres cerrados con candados. Sabemos de sus mudanzas, sus amistades, sus neurosis, sus publicaciones…, de sus muchos éxitos poéticos y de sus fracasos teatrales. Sabemos de su hijo Alejandro aunque no de quien fue su padre. Sabemos de sus inestabilidades y sus momentos dulces. Y también de su muerte trágica.

Esa muerte que tuvo lugar un 25 de octubre en Mar del Plata, hacia la una de la madrugada, ahogada por el mar, después de haber escrito un par de cartas de despedida y enviado su último poema, “Voy a dormir”, al diario La Nación.   


Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas: bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…


Alfonsina, que era de espuma y sal, fue libre, y solo el mar pudo besarla hasta dejarla sin aliento. Los realistas dicen que se arrojó desde una escollera. Los románticos aseguran que se adentró a paso lento en él, serenamente, como si se tratara de una diosa que va al encuentro de una eternidad de agua.

Con anterioridad, la poeta de la sonrisa triste, ya parecía adivinar su destino en el tiempo y el espacio. Su poema “Dolor”, comenzaba y concluía así: 


Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

…..

Perder la mirada, distraídamente, 
perderla y que nunca la vuelva a encontrar: 
y, figura erguida, entre cielo y playa, 
sentirme el olvido perenne del mar.


Ochenta años se cumplen de que las garras de un cáncer de mama arrojaran a la poeta Alfonsina a la grandiosidad del océano. Ochenta años después la esperanza es más grande que la angustia y la inmensidad más llena de vida que de muerte. Mientras tanto, el rosa y el azul se han querido mezclar para hacerse un solo corazón y un solo verbo en la paleta de la poesía.     

viernes, 12 de octubre de 2018

OTOÑO EN ÚBEDA


Es terminar la feria de San Miguel y Úbeda se encierra en su frialdad de piedra. Se diría que un velo de tristeza cubre su rostro mientras deja que por sus ojos se atisbe un sonambulismo de noche oscura.

La tierra de que somos entra en la quietud del reposo, a modo de una espera que, como los olivos, busca madurar entre la lluvia y los primeros fríos, para darse después en redondeces de aceitunas cuando llegue el instante de los golpes y las sacudidas imperiosas.

Octubre y noviembre son dos grutas donde hibernan los rencores, las vanidades y los protagonismos. Y vienen bien. Los desencontrados envainan sus dagas. Los vivales aletargan sus picarescos proyectos. Los sabios y entendidos dormitan en sus sofás de piel blanca. Los de la superioridad moral dejan de alentar manifestaciones siempre a favor de los suyos y de lo suyo. Las procesiones, que tan naturales nos son, congelan en vitrinas acristaladas sus ricos patrimonios. Los recuerdos se archivan en álbumes con pastas de nostalgia. Las terrazas se recogen como mantones de manila después de la verbena… Y ni siquiera la festividad de los Santos puede poner un paréntesis para que los grises tengan algo de color. Muy al contrario, las flores se hacen sombras y hasta el camino al cementerio viste sus cipreses con lágrimas de tristeza y melancolía.

Sin embargo, la ciudad se hace más niña, más joven, más pura. Las calles mojadas son medallas que cuelgan por el cuello de una dama asomada a la luna de los poetas. Y cuando sale el sol, las torres y las cúpulas se visten con el traje del asombro y lo besan hasta morir de amor y de serena elegancia.

Son los meses de san Juan de la Cruz, herido en su convento, muriéndose por las llagas del pie y por los clavos en el alma de las incomprensiones y las envidias. Son los meses del cambio de hora, para ver si cambia de rumbo este barco cubierto de velas que lleva helado el vino en la bodega. Son lo meses del recogimiento para ver si los golpes de pecho se transforman en abrazos de comprensión y solidaridad. Son los meses de las hojas amarillas coronando las alturas, alfombrando los silencios y arropando las soledades. Son los meses donde yo mismo me vuelvo más intimista y más cerca del abismo del humo.   

Llega a Úbeda el otoño y el túnel parece oscuro y largo. Pero solo tiene la dimensión de un sueño. Porque será llegar diciembre, con el puente de la Inmaculada y la Navidad, y todo parecerá tornarse en luz de primavera. Porque a partir de entonces, volverán las claras golondrinas de san Antón, las numerosas fiestas Cofrades, el Carnaval, la Semana Santa, la Romería, las Cruces, el Corpus, el fin de Curso, el Renacimiento, el Verano, el día de la Patrona, la Feria…, girando todo en un círculo constante de festejos y diversión. 

Un “sindescanso”, diría uno de los que no se pierden una. Un “sindescanso” que descansa, menos mal, en los dos primeros meses del otoño para respirar profundamente y no morir ahogados por tanto pan y circo.

viernes, 21 de septiembre de 2018

EL FRÍO DE UNA HOJA DE ACERO


Cuando me lo dijeron, sentí, como el poeta, el frío de una hoja de acero en las entrañas.

Ya desde pequeño era diferente. Mientras los demás nos hacíamos yesca con los juegos y las batallas entre barrios, él se dedicaba a la lectura de tebeos y pequeños libros que le regalaba su abuelo. Mas no era, como pueden estar pensando, un niño pusilánime, acobardado y timorato, muy al contrario, estaba siempre presto a escuchar, a ayudar, a socorrer. Pero, la verdad, le dábamos de lado. Nos era molesta su forma de ser, tan pacífica, razonable e intelectual. 

Lo llevaba en la sangre. Había nacido para darse a los demás. En la escuela le concedieron una vez, a final de curso, un diploma por su buen comportamiento. Era trabajador, atento y servicial. Ayudaba a los compañeros y compartían con ellos el material escolar e incluso el bocadillo del recreo. Sin embargo, cuando llegaba el domingo no tenía con quien salir. Muchas fueron las veces que lo vi en el cine de matiné, solo, sentado en una butaca de principal, mientras los gamberretes nos situábamos en el gallinero para dar la lata y hacer escándalo cuando llegaban los americanos a matar a los indios.

En la adolescencia, mientras los bigardos observábamos a los chicas jugar al matarile rile rile con quién la va usted a casar, y nos dábamos gozosas y vanidosas collejas y empujones cuando decían nuestros nombres, él permanecían un poco ajeno a las fiesta en cuanto sabía que ninguna, de las muchas que había, llegaría a nombrarle.

De joven colaboró con la Cruz Roja. Una tarde hasta sentí envidia de él. Iba con su uniforme al campo de fútbol para prestar servicio. Algo a lo que yo no tenía derecho si no pagaba, por lo que, todo lo más, podía ver algunos minutos, cuando poco antes de señalar el árbitro el final del encuentro dejaban abiertas las puertas del campo. No obstante le duró poco el oficio. Hubo cambió de presidente y el grupo de poder le dio la carta “espacho” con mucha mano izquierda. 

Levantó un negocio para poder vivir. Una pequeña tienda de comestibles. Tan pequeña que apenas si podían entrar tres personas a la vez. Pero tan grande que nadie se iba de allí sin ser atendido en sus necesidades, por lo que entre lo que le robaban y lo que regalaba, y la enorme lista de deudores, de apúntamelo que luego te lo pago, más que ganancias le que tenía era pérdidas. No es de extrañar, pues, que una mañana se largara su mujer con su hija para nunca más volver.

Fue después miembro de Cáritas e intentó, para darle un mayor sentido a su vida, colaborar con la parroquia, formando y hasta tomando parte de la directiva de la cofradía de la Patrona. No quería destacarse mucho en las opiniones para no ser reprobado. Pero no tuvo más remedio que hacerlo la noche de la junta general en la que se debatía la compra de un nuevo manto para la imagen ya que a la hermandad le había tocado un buen pellizco en la lotería. Opino que, ya que la talla tiene más de media docena, lo más adecuado sería repartir el dinero entre los pobres. No volvieron a citarlo.

Tampoco el párroco lo quería muy cerca. Era inteligente y sabía mucho. Vamos que era, sin serlo, una especie de mosca cojonera. Conocía la Biblia y conocía al dedillo los evangelios. Y el sacerdote prefería rodearse mejor de los meapilas, los graciosillos y los tiralevitas. Y cuanto más ignorantes y manejables mejor. De ahí que cuando se ofreció para ser catequista de primeras comuniones o confirmaciones, le dijera que ya tenían el cuadro confeccionado.

Hizo todo el bien que pudo por su cuenta. Si veía a un necesitado por la calle, lo ayudaba. Si alguien le pedía para un bocadillo, le daba para un banquete. Una temporada hasta le dio por meter en su propia casa a migrantes que acudían a la recogida de la aceituna y dormían en las calles. Los vecinos le protestaron y tuvo tan duras amenazas que hubo que desistir. Era una vergüenza encontrarse por las escaleras gente tan displicente y peligrosa. Gente que entraba y salía como Perico por su casa del piso del tonto ese.

Se refugió en sus libros, en sus paseos, en su soledad. Está loco, comentaban las viejas en los zaguanes de las casas. No tiene un céntimo. Entre ayuda a conventos, comedores, asociaciones de enfermos y demás obras sociales se ha quedado a pan pedir.

Lo enterraron hace un par de días. Su hija y cuatro gatos asistieron a la misa corpore in sepulto en la exigua capilla del tanatorio. Nada se dijo en Twitter ni en Facebook. Una pena.

Pero lo más triste es que yo no me acuerdo de su nombre.

































miércoles, 12 de septiembre de 2018

JUSTAS POÉTICAS EN BAEZA


Las Justas Poéticas tuvieron su máximo apogeo en el Siglo de Oro.

Se trataba, al fin y al cabo, de un certamen poético, con sus bases presentadas en cartel, referido a algún tema en concreto, indicando modo de versificar, y con el fin de celebrar o conmemorar algún acontecimiento religioso o social.

Los premios eran curiosos, desde ligas de tafetán con puntillas de plata o de seda de color, a un par de lienzos de Holanda, par de guantes de Calambuco, sortija de oro, o un cuadro de un santo…

Solían celebrarse en el interior de las iglesias, en patios o plazas. Los poemas se remitían por duplicado, uno sin firmar y el otro firmado y lacrado que se guardaba sin abrir.

Solían participar muchísimos poetas. Téngase en cuenta que a todos los estudiantes de cierto nivel se les exigía el estudio y conocimiento de la métrica y dominar el lenguaje poético. Además, el ganar daba cierta fama y prestigio. Se seleccionaban los mejores y se leían públicamente. Al público, que no disponía de muchas eventos para divertirse, le encantaban estos actos. Había un jurado que, en primer lugar, hacía una amplia selección y concedía los premios, aunque, como suele suceder también ahora, no siempre era justo, dejándose llevar a veces por la influencia del personaje que presentaba su composición, y más si éste era de la nobleza, de la alta sociedad, o estaba entre los considerados de gran fama.

Grandes poetas de la época tomaron parte en las Justas Poéticas, tales como Lope de Vega, Calderón, Góngora o Cervantes… También participaban mujeres, algunas de ellas monjas. Sabemos, por ejemplo, que, según datos de doña Mª Carmen Marín Piña, en las Justas celebradas en Huesca, de los 127 que participaron, 21 eran mujeres. No obstante hay que reconocer que, por lo general, su participación era ocasional. Como también era ocasional la participación de muchos de los varones, dejando, unas y otros, composiciones pobres en calidad.

Los espacios donde tenían lugar solían adornarse lujosamente. El acto era público y asistían las autoridades religiosas y civiles. Había también un jurado cuya misión consistía, sobre todo, en dar a conocer quiénes eran los diferentes ganadores.  

Las Justas de mayor categoría contaban también con música. Se tocaba y cantaba al comienzo, entre recitación y recitación, mientras el jurado deliberaba y al final del acto.

Por último, diremos que era muy corriente que los poemas premiados, así como los que se consideraban mejores, junto a los que se leían fuera de concurso, quedasen publicados.

Hoy, aunque los certámenes literarios siguen convocándose en número considerable, las Jutas Poéticas como tales, apenas se dan. Sin embargo, con motivo de estar celebrándose el IV Centenario del Voto a la Inmaculada que la Universidad de Baeza promulgó solemnemente el 14 de enero de 1618, recogido todo por escrito por el insigne Antonio Calderón, catedrático de Artes de dicha Universidad y uno de los siete miembros del jurado, va a tener lugar, el domingo, 16 de septiembre, en el patio de la antigua Universidad, debidamente engalanado, organizado por la Cofradía de las Escuelas, un acto semejante para conmemorar también aquellas Justas relacionadas con los festejos inmaculistas que, aunque se habían convocado para la festividad de la Inmaculada de 1617, tuvieron lugar pasada la festividad de los Reyes, es decir, en enero de 1618.

Acto que, como aquel, contará con la participación de poetas, mantenedor, jurado, actuación musical y asistencia de autoridades y público en general. Todo un evento que nos trasladará al pasado para seguir haciendo fututo. Un futuro mejor, más lleno de arte, poesía, música y convivencia.   

domingo, 26 de agosto de 2018

CURAS PEDERASTAS

Los sacerdotes y obispos son hombres mortales y por consiguiente pecadores. Así, pues, un cura puede tener todas las tentaciones del mundo y caer en ellas. Es más, hay presbíteros que, por lo que sea, no pueden soportar la carga del celibato y sienten la extrema necesidad de tener relaciones sexuales. Pues nada, si no hay más remedio, ahí tienen infinidad de caminos.

Internet está lleno de citas y de pornografía. También hay burdeles y prostíbulos por todas las carreteras y pueblos. Y festivales, pub, discotecas, garitos de todo tipo…, y turismo sexual donde nadie conoce a nadie. Es más, hay algún que otro sacerdote que tiene su amiga o su amigo mayor de edad particular con derecho a roce…, aparte los que se secularizan. Pues bien, cualquier sacerdote que se dejase caer por alguna de estas pendientes, pese al escándalo que supondría para muchos el que saliese a la luz pública, tiene perdón, y si no de los hombres, sí, cuando menos, de Dios.

Los que no tienen perdón son esos miserables, indignos y asquerosos curas que, una y otra vez, se aprovechan de los niños, que abusan de ellos, que los obligan, que los violan, que les hace fotos desnudos, que los ultrajan, los chantajean, los amenazan, los marcan de por vida, los vuelven locos… Éstos son unos degenerados inmersos de lleno en las tinieblas de satanás. Y no son pocos. Ha habido muchos a lo largo de la historia y muchos, decenas de miles, los casos confirmados en los últimos tiempos. Casos, algunos más que vomitivos, como los de Australia, Alemania, Irlanda, Chile y no digamos en Estados Unidos. Y lo que es peor, siendo la mayoría de los casos no solo tolerados y encubiertos por las diferentes cúpulas eclesiásticas, sino permitidos hasta el punto de que se siguieran cometiendo.

Y esto no se debe permitir. Aquí no valen la prudencia y la caridad de las que tanto ha venido alardeando la Iglesia Católica. Aquí solo vale la denuncia y dejar que actúe la Justicia, con mayúscula, para que, eso sí, no paguen justos por pecadores. Y apartar radicalmente, sin miramientos, del orden sacerdotal a los culpables. Un señor consagrado que es capaz de poner sus manos sucias encima de un pequeñuelo o pequeñuela buscando satisfacción sexual, no puede después tomar en sus manos la Eucaristía para elevarla sobre el altar, porque ni el mismo Cristo se quedaría ahí. Dios, que es vida y pureza absolutas, no puede aparecer en las manos putrefactas de un muerto, de un cadáver, de un esqueleto espiritual.

Y perdonen mi vehemencia, pero es que cuando veo a un niño o a una niña, que podrían ser mis hijos o, ahora, mis nietos, tan inocentes, tan limpios de corazón, tan ángeles… y me viene a la mente que una persona mayor degenerada puede aprovecharse de ellos, y más si ha sido ordenado, se me revuelve el estómago y tengo que apartar de inmediato la imagen de mi mente porque hasta llego a asfixiarme por falta de aire.

Lo siento. Ya sé que muchos de los hombres consagrados a Dios son ejemplares y santos. Nada en contra de ellos, faltaría más, todo lo contrario, tienen mi respeto y consideración. Pero tenía que posicionarme ante estos hechos reprobables, ante tantas noticias al respecto, para no ser yo, ni de lejos, cómplice por omisión y silencio de sacerdotes pederastas. Y más después de haber visto al Papa expresar sentir vergüenza y tristeza ante estos casos, y tener tolerancia cero. Al tiempo que el Vaticano emitía un comunicado en el que se dice, entre otras cosas, que estos abusos son criminales, repugnantes y moralmente reprobables, requiriendo sin ambigüedades la obligación que tenemos de denunciarlos.

Desde que Jesús de Nazaret dijo que todo será perdonado menos la blasfemia contra el Espíritu Santo, infinidad de interpretaciones se han hecho acerca de cuál en verdad es este pecado imperdonable. Lo mismo es este: el de abusar sexualmente de un niño, puesto que los niños son los herederos del reino de los cielos y por lo tanto ejemplo de cómo hemos de ser los demás. Y si son los herederos del reino es porque ellos están llenos de Espíritu, son Espíritus de Dios. Y lo corrobora el evangelio de san Mateo al decir aquello de que quien escandalizare a un pequeño, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo hundieran en el mar. ¡Terrible!

Y ya saben también lo que nos dijo el Maestro, “Si tu ojo te hace pecar, o tu mano, o tu…, pues, eso, que se la corten antes.







jueves, 16 de agosto de 2018

EL CAMINO DE LA VÍA


                       


                                  Camino de la vía voy buscando silencios.
                                  Cercanas me saludan las montañas
                                  con su perfil de abiertas llagas,
                                  con su mar de pañuelos,
                                  sus esperanzas
                                  y sueños. 

                                  Los túneles son sombras que siempre dejan luz.
                                  Los cerros son altares para el rezo.
                                  El sendero es destino eterno.
                                  Mi soledad es cruz,
                                  inmensa, ingrávida
                                  y azul.

                                  Los olivos son olas que envuelven mi andadura.
                                  Los almendros e higueras marcan tiempos.
                                  Los pájaros muestran espejos.
                                  Y con sol o con lluvia
                                  todo es misterio
                                  que alumbra. 

                                  Y al fondo, lejos, cerca, Úbeda, de puntillas.
                                  Mostrando su grandeza El Salvador.
                                  El Alcázar, su corazón.
                                  Y el templo sanjuanista
                                  su clara voz
                                  tan mística. 

                                  Ahí, constantemente, mi Dama hecha universo.
                                  La que aunque no me ofrezca de su fuente
                                  el agua que se escapa, indemne,
                                  yo le ofrezco mis versos.
                                  Y sin quererme,
                                  la quiero.

                                  Lo digo.
                                  Y al final, siempre,
                                  después de recorrerme
                                  su universo, asombroso y vivo,
                                  el camino hace dentro, que me encuentre,
                                  a pesar del cansancio, feliz, conmigo mismo.