jueves, 14 de junio de 2018

UNA NACIÓN DE PRIMERA

Solo hace falta estar unos días fuera de España para comprender lo grande que es.

Desde la distancia, con la perspectiva que ofrece la lejanía, uno se da cuenta de que tenemos un territorio mágico y valiosísimo. Y es que somos ricos en monumentos, paisajes, playas, montañas, ríos… Excepcionales en medicina e inventiva… Potentes en gastronomía y productos alimentarios. Geniales en arte, pintura, literatura, poesía, arquitectura, escultura, moda… Maravillosas nuestras fiestas, ferias, semanas santas, carnavales, romerías… Únicos en alegría, color, cante, baile, folclore… Originales en formas de expresarnos, de sentir, de gozar, de vestir, de saber vivir la vida… Competitivos en toda clase de deportes… Y herederos de una Historia gloriosa y sorprendente que nos hizo incluso ser la nación más poderosa de la tierra.

No tenemos, pues, pese a errores y desaciertos cometidos, como todos los países, de qué avergonzarnos. Ser español debería ser un orgullo, un gran orgullo. Muchos extranjeros nos miran con cierta envidia. Nada más saber que venimos de la piel de toro, suspiran y nos hacen saber que darían cualquier cosa por visitar este territorio único y asombroso, y si ya lo han hecho, confiesan que sueñan una y otra vez con volver a visitarlo.

Sin embargo, nosotros, movidos por extraños complejos, nos avergonzamos de nuestra bandera, pitamos nuestro himno, despreciamos nuestro escudo, desdeñamos nuestros emblemas, subestimamos nuestros logros e idiosincrasia, despotricamos de nuestro pasado, pretendemos destruir nuestros valores, buscamos dividirnos, separarnos, resquebrajarnos…

Y todo porque lanzaron sobre nuestro proceder, desde lugares lejanos, leyendas negras, tan ficticias como injustas, que fuimos los primeros en creer. Porque hemos tenido mala suerte con nuestros gobernantes y dirigentes. Muchos de ellos buscavidas, aprovechados, asquerosos corruptos, demagogos, populistas, penosos políticos sin clase ni formación ni ideales de altura. Falsos como una moneda de barro. Y porque nos mueve un ridículo coraje de querer ser importantes sin excesiva dificultad.

Y una última, la peor de todas, la de ser cainitas. Nos gusta levantar para destruir. Nos congratula regodearnos en la porquería. Nos va la picaresca, la pelea, el revanchismo, el odio… Nos cansamos de nosotros mismos. Nos encanta poner etiquetas, ridiculizar al otro, regalar insultos y despreciar a quien no piensan como yo pienso. Creemos que progresar es acabar con lo que hay, sea lo que sea, valga lo que valga. Nos recreamos más en lo malo que en lo bueno. Nos mueve el resentimiento. Nos cuesta perdonar. Nos contenta autodestruirnos. Nos complace remover las heridas. De ahí que, pese a una transición ejemplar y modélica, y llevar ya cuarenta años de democracia, no salgamos de la guerra civil y del franquismo, alimentados desde numerosas plataformas, en especial el cine y la literatura donde siempre los de un bando son los buenos. De ahí también que busquemos cambiar el pasado y nos pongamos las gafas monoculares con las que ver solo el color que interesa. De ahí esa horrible cizaña levantada en muchos corazones y tan difícil ya de cercenar.

Somos una nación de primera con muchos habitantes de segunda y dirigentes de tercera. Por eso hemos olvidado que la unión hace la fuerza, por eso nos hemos resquebrajado en débiles parcelas territoriales y por eso el virus del aldeanismo separatista no ha invadido. Estamos, pues, al borde de arder de fiebre y entrar en coma. ¡Lástima!    

domingo, 27 de mayo de 2018

TÚ NUNCA ESTÁS, SEÑOR


En el Pregón del Corpus Christi de Villacarrillo, celebrado el pasado 26 de mayo, en el Teatro Coliseo, en homenaje a los Cincuenta Pregoneros que lo han pronunciado a lo largo de su historia, y en el que intervenimos tres de los que ya habíamos tenido el alto honor de serlo, en el espacio de tiempo que me correspondió, recité cuatro poemas escritos ex profeso para el acto. Uno de ellos, “TÚ NUNCA ESTAR, SEÑOR”, al tener una honda repercusión y serme muy solicitado, tengo a bien publicarlo en mi blog para dar cumplimiento a quienes se interesaron por él, y al mismo tiempo para conocimiento de los amigos que aquí me leéis.   




Tú nunca estás, Señor, tú nunca estás.

Nací en la pobreza de una casa
y tú nunca llegaste para darme
un palacio de mármoles y plata.
Tampoco cuando el frío, por el pecho,
mordiéndome la voz, me congelaba.

Tú nunca estás, Señor, tú nunca estás.

Todo lo más, Señor, esa mañana
que me llevaron niño a comulgar
vestido de blancura y de ignorancias.
Algo grande sentí que me cruzó
llenándome de gozo las entrañas
para por siempre verme abandonado.
Pues siempre anduve solo en la jornada.
Pues siempre me hallé solo contra el mundo.
Pues siempre estuve solo en las batallas.
Yo buscaba entender, y no entendía.
Yo buscaba estudiar, y no aprobaba.
Yo ansiaba vencer, y no vencía. 
Yo quería triunfar, y no triunfaba.

Tú nunca estás, Señor, tú nunca estás.

Tal vez, Señor, lo juro, yo pensaba
que al volver a doblar alguna esquina
te podría encontrar y me abrazabas
y me dabas la gloria de aquí mismo,
esa gloria de sueños que soñaba.
Y no se me cerraran ya más puertas.
Y no me eliminaran de más páginas.
Y no me abandonaran más personas.
Y no me destrozaran más mi barca.
Y no me traicionaran más amigos.
Y no me recortaran más mis alas.
Y no me regalaran más desprecios.
Y no me consumieran ya más lágrimas…

Tú nunca estás, Señor, tú nunca estás.

Tú nunca respondiste a mi llamada. 
Pues nunca me encontré con esa esquina
en la que tú ocultaras tu mirada,
en la que tú estuvieras esperando.
Y así pasó mi tiempo. Y si enfermaba,
eran doctores sabios y la ciencia
quienes siempre, entregados, me curaban.       
Y si lograba algún momento bueno,
era sólo por buenas circunstancias,
trabajo y lucha, siembra y recogida.
Y si mi corazón no se paraba
y gozaba de sol y primaveras
y besaba al amor y fruto daba…,
eran tan solo cosas de la vida,
coincidencias, destellos de las causas.
Y así un día y otro, hasta el presente,
hasta esta justa hora que me marca
en que ando ya cargado de hojas secas
y el invierno me llega con su escarcha
para helarme hasta el fondo de los huesos.
Hora nona la mía que me aplasta
con la fuerza de años y me entierra
en soledad de olvidos por ser nada. 

Tú nunca estás, Señor, tú nunca estás.
Tú nunca está, Señor, tú nunca estabas.

Y así, hasta hace un rato, en que, cansado,
curtidas de dolerme tantas llagas,
incomprendido y triste, solitario,
en ruinas ya por dentro mi atalaya,
desnudo de ambición y vanidades,
sabiendo que el reloj se me adelanta,
he vuelto para ver si puedo hallarte
en un esfuerzo último, con ansias, 
antes de que la muerte me apuñale
y me envuelva en su sucia telaraña
y me convierta en polvo y en ceniza. 
Por eso te he buscado en la esperanza
de encontrarte en la hondura de las rosas,
en el profundo mar de tu palabra,
lejos de lienzos, símbolos e imágenes,
para hablarte, y decirte, cara a cara,
que nunca estás, Señor, que nunca estás…
Que tú nunca has estado, que no estabas.
Que todo tú es dejarme y no elegirme,
rechazarme y me hunda entre las charcas.

Pero de golpe veo que te elevas,
y asciendes, y te meces, y te alzas,
y cruzas por las calles, Corpus Christi,
en una redondez de harina blanca.
La misma que de niño recibí,
esa de luna y cielo y de manzana
que se parte y reparte y que se deja
comer hasta abrasarme con sus brasas.
Y ya, dentro de mí, ser de mi ser,
campo inmenso de espigas y de pámpanas,
me explicas que aquel niño de pobreza
después de recibirte por el alma
dejo de ser mendigo y pordiosero,
para ser heredero de tu estancia
y ganar el palacio de tu reino.
Y me dices también, con voz pausada,
que cuando el frío andaba por mi pecho
eras tú con tu sol quien me abrigaba.
Y cuando suspendía, el gran maestro
que dándome su amor me levantaba.
Y cuando anduve enfermo, hundido y roto,
era tu mano azul quien me curaba.
Y cuando sonreía entre los gozos
era tu partitura que sonaba. 
Y cuando la maleza me vencía
eras tú quien cortaba la cizaña. 

Y nada de ser nada, de enterrarme
en soledad de olvidos por ser nada.
Porque no es cierto, no, porque soy alguien,
que si bien no ha triunfado en esta escala
de oscuros intereses y no ha sido
en este mundo envuelto en su maraña
de recelos, siquiera un mal profeta,
sí ha alcanzado el honor y la gran fama
de ser tu hijo pródigo que un día
decidió regresar desde la cuadra
al abrazo del Padre, del buen Padre
que al fondo del camino lo esperaba.
Para ser recibido y hacer fiesta.
Fiesta entrañable, eterna, ilimitada…

Y ya puedo morir, Señor, sabiendo
que tú, en cada esquina, te encontrabas.
Es solo que, al hacerte tan pequeño,
tan diminuto y mínimo, tan nada,
pedacito de trigo y sorbo de uva,
yo, ciego de miserias, no te hallaba.
Pero esa oscuridad se ha disipado
y te comulgo, Dios, cada mañana.
Y te adoro en tu templo y tu sagrario.
Y te abrazo lo mismo que me abrazas.
Y si bien no me das, Señor, la gloria
de aquí mismo, tan pobre y tan mundana,
seguro me darás, así lo espero, 
esa gloria infinita que no acaba.

Tú nunca estás… Perdón. Me equivoqué.
Tu siempre estás, Señor. Tú siempre estabas. 
Es sólo que no vemos tu grandeza
de tanto como alumbra tu luz santa.
  






viernes, 11 de mayo de 2018

ACABAR CON EL ROMANTICISMO

Voy con mi nieta de dos años a un parque de Bruselas. Llevamos pan para echarle a las palomas, que se acercan, siempre asustadizas, a picotear a toda prisa las migajas que ella les arroja desde su silleta.

Antes, yo había dado un repaso a la prensa española en internet. Rápida, a la ligera, cansado y harto de políticas, de articulistas subvencionados, de sucesos morbosos, de horrores y desastres…, de señoritas y señoritos de corazón vacío de los que tenemos que saber qué comen, qué visten…, y con cuántos se acuestan, como si se tratara de una competición atlética… Mira, yo, con veinte años, ya cuento en mi haber con quince; pues yo cuento con cincuenta, teniendo treinta…

Y eso sí. Eso se valora. Vende. Triunfa. Cuántas más relaciones e infidelidades, más famoso eres y más alto llegas en el podio de la miseria revestido de monedas. Y es que el sexo para ellos es algo muy simple: “Aquí te pillo aquí…”  Perdón por poner puntos suspensivos, pero es que hay palabras que, aunque sean simplemente en el contexto de un dicho popular, están vetadas, y las damas y caballeros políticos y parciales disfrazados de falsos feministas lo pueden aprovechar para crucificarme en menos que canta un gallo, y eso que yo llevo ya cientos de crucifixiones en mi vida. Mejor: “Aquí te pillo, aquí lo hago”. ¿Hago? ¿Qué hago? ¿El amor?...

Sí, el amor, te responden los protestones que todo lo protestan menos lo suyo. Porque el amor es así, algo que llega y pasa…, y punto.  Algo que solo precisa un sí. Porque no es no. Bien que lo sabemos. Y prohibido queda todo lo demás. Prohibido el halago, la seducción, la galantería, la cortesía, la gentileza, las palabras bonitas, las flores, la educación, la ternura, el afecto…, en una palabra: el romanticismo. Porque el romanticismo, en opinión que leí esta mañana de la exministra de Cultura y ahora secretaria de Igualdad y número cuatro del pesoe, Carmen Calvo, no es más que machismo encubierto con lo que hay que acabar cuanto antes, como también hay que acabar -añade-  con eso del amor para siempre, tan carca, tan de fachas, tan anticuado.

¿Cómo actuar entonces cuando dos personas se encuentran? Nada de miradas insinuantes, porque eso es agresividad. Nada de cortesías, porque eso es signo de superioridad cuando no de abuso. Nada de galanterías ni lisonjas, porque eso es acoso. Con lo fácil que es la cosa. Te acercas y preguntas: ¿quieres copular conmigo? Si dice no, media vuelta y a tu casa. Si dice sí, te evitas el tremendo trabajo de la conquista y hasta la posible cárcel. Y después cada mochuelo a su olivo, no sea que nos comprometamos y dejemos de ser progres. Y todo esto lo digo sin expresar género, no sea que me la líen.

Y adiós de paso a los poetas. Adiós a los románticos Allan Poe, Whitman, Goethe, Hoffmann, Víctor Hugo, Lord Byron, Leopardi, Amado Nervo, Rafael Pombo, Bécquer, Espronceda, Ramón de Campoamor, Rosalía de Castro, Carolina Coronado… Adiós a todos estos y todas estas, tan machistas.

Y mientras me sonrío pensando todo esto, miro a mi nieta y me da miedo su futuro. Y ya no sé si llevar un vestido de flores, tener el cabello largo, recogido con un lazo de color, y mostrar una pulserita en su brazo es que la estamos discriminando. Que lo mismo es mejor ponerle un mono vaquero y raparla al cero para que nadie sepa si es niña o niño, y que nadie se lo diga tampoco, que eso lo tiene que decidir ella cuando crezca.

Después, cuando ya ha arrojado todo el pan a las palomas, le digo de irnos. De inmediato, todas salen volando para esconderse en los árboles. Menos dos. Una de ellas -lo juro- empieza entonces a inflarse como una pelota girando a modo de una danza alrededor de la otra, que se aleja dando saltitos para regresar arrogante… Aquella arrulla y da un ligerísimo picotazo a la otra, que vuelve a alejarse unos pasos para volver… Aquella insiste y se pone flamenca…, la otra, presumida, le sigue el juego. Y cuando aquella da un salto para montarse, la otra levanta el vuelo y la deja con dos palmos de pico. Y le está bien empleado, porque alguien ha debido explicarle a ese ser indigno y machista que eso no se hace, que eso es acoso, y abuso, y hasta agresión. Con lo fácil que hubiera sido preguntárselo. Y es que estos prehistóricos incultos no aprenden ni progresan.

Adiós palomas, dice mi nieta. Y yo la miro confuso y triste porque creo que estamos confundiendo la gimnasia con la magnesia, al tiempo que deseo para ella todos los derechos y todas las igualdades del mundo, faltaría más… Pero, por favor, que nadie le robe el limpio y poético romanticismo.


lunes, 23 de abril de 2018

EL INSOPORTABLE PROCEDER DE LA BANCA


Los bancos se han vuelto insoportables. Las oficinas cuentan con un personal mínimo y la atención al cliente es pésima. Colas de horas en cualquier sucursal para realizar una mínima gestión, como si las personas no tuvieran otra cosa que hacer. Y, claro, eso lleva a cansancio, enfados, malas formas, cabreos… Y robarte a manos llenas: retraso en los pagos, cobros abusivos de comisiones, descuentos injustificados, consignaciones erróneas…

Y deseos de cambiar a otra entidad que ofrezca mejores condiciones, para terminar siendo igual o peor.

¿Solución que te dan? Que seas tú el empleado sin remunerar del banco. Que saques el dinero por el cajero, que pongas la cartilla al día, que realices las transferencias por tu mano, que pagues los recibos introduciendo claves…, claves que, en cuanto te descuidas, te son denegadas por tu propia seguridad, según te indica la máquina impasible y sin corazón… Y pedir otras nuevas, para que de nuevo te sean denegadas… Y hacer cursillos o masters de informática y contabilidad si quieres sobrevivir. Y hastío, frustración, impotencia…  Y dolor de alma.

Mientras tanto, las ganancias bancarias son escandalosas, 11.783 millones de euros de beneficios solo en los nueve primeros meses del pasado año 2017, un 16,1% más con respecto al mismo periodo del año anterior. Beneficios que han de superarse constantemente porque así está considerado y sea un éxito más de los dirigentes y accionistas… Cueste lo que cueste: opresión, recisiones, despidos, amenazas, jubilaciones, abusos, esclavitud… El capitalismo en sumo grado.

Y ahí ando yo, haciendo estudios de banquero. Intentando formarme en claves, firmas electrónicas, referencias, NIF, NIE, códigos, políticas de Cookies… Y ni por esas. No hay manera. Por lo que entrar en la cuenta y realizar alguna operación, aparte del terror que me hace sentir, me supone hacer un ejercicio de paciencia y autocontrol estoico. La mayor de las penitencias.

Y tampoco vale quejarse. A estos monstruos tan poderosos como prepotentes, eso les afecta poco. Las hojas de reclamaciones son para ellos como pobres gotas de lluvia en plena tarde de verano. No hay más que pedir una de ellas y comprobar con que prontitud te la facilitan. Ellos saben que no pasa nada, que no hay quienes les tosan, que tienen en verdad la llave de todo, tanto de la economía como del poder. De ahí que pese a que en el año pasado se realizaran, oficialmente, nada menos que cerca de un millón de quejas, nada se ha mejorado. Todo lo contrario, vamos a peor.

Y a peor seguiremos yendo. La maquinaria engendrada alrededor del dinero para ganar dinero no dará tregua. La banca todo lo tiene dominado. De ahí que cada vez más te obliguen con mayor fuerza a estar dentro de este engranaje interesado, en donde mejor vigilarte y donde mejor controlarte Hacienda, es decir, la banca también.

Y a tanto se llegará que pronto dejará de emitir monedas y billetes para que solo se use la tarjeta que te designan, y fuera de ella nada puedas comprar ni vender, y de todo quede constancia, y de todo se enteren, y de todo te sangren los de arriba. No esos necios engreídos que aparecen en las noticias pertenecientes a partidos políticos como si fueran y mandaran algo…, sino los otros, los que andan ocultos en grandes bunker lujosos y paradisiacos, y manejan los hilos de todos nosotros, los muñecos de los escalones base de la pirámide, las pobres marionetas del teatrillo de la vida.


viernes, 6 de abril de 2018

HECHOS REALES EN UN MUNDO A LA DERIVA


Cuando llegan a ocupar los cargos personas de gran altura, éstos lo primero que hacen es rodearse de hombres y mujeres de gran valía, porque saben que la empresa que tienen en sus manos irá a más y brillará con más luz. Cuando son los mediocres los dirigentes de algo, se rodean de chusma, por aquello de que nadie les haga sombra. Y cuando es chusma los que alcanzan el vértice de la pirámide de alguna cosa, se rodean de menos que chusma, es decir, de indignos, rastreros y maleducados.

Y eso está ocurriendo en nuestros días. Sobre todo en el mundo político, social, cultural y religioso. Menos en el de la economía, por aquello de que con el pan de comer no se juega. Y así nos va. Gentucilla dándoselas de nada, ocupando sillones que les quedan más que grandes.

Y pongo tres ejemplos recientes de aquí mismo. En el social: Una cooperativa oleícola marcha de maravilla con un presidente competente. Se crea un grupo morralla de oposición que hace saber que si sigue él la entidad irá a pique y además es hora de acabar con el enchufismo de colocar en ella a los familiares de los dirigentes. Ganan las elecciones. Años después, la sociedad está llena de empleados relacionados con los nuevos mandamases envueltos en una tela de araña de corrupción. Yo me como las uvas de cinco en cinco, tú de tres en tres y él de dos en dos… El dinero de los socios no aparece. Los listos de siempre ya han sacado el suyo. Faltan cerca de cincuenta millones de euros. Concurso de acreedores. Asambleas, trampas, papeleo, abogados, notarios… Casi todo está perdido. Familias enteras en la ruina. Todos se lavan las manos. “Cosas que pasan, nadie es culpable”, dice uno de los jefecillos. Y otro, amigo íntimo desde niños, le responde: “Todos los directivos, si bien no sois culpables, sí sois, al menos, responsables”. Desde entonces no le habla. Pobre venganza de pobres personas.

En el cultural: Un arrogante que se las da de periodista sin serlo, es nombrado jefe de protocolo de una asociación que dirige otro inculto. Había un concierto conmemorativo cuya entrada era gratis, por invitación. El cielo amenazaba lluvia. La esposa del director se persona pocos minutos antes de comenzar el acto con sus dos hijos, un varón de unos seis años y una niña de cuatro. “Si no tenéis invitación no se puede pasar”, le indica con prepotencia el pseudoperiodista. “Mire usted, señor, soy la esposa del director de la orquesta y estos son nuestros hijos”, aclara con suma educación la buena señora. “He dicho que si no tenéis invitación no pasáis”. “Bueno, haga usted el favor de llamar a mi marido o deje, al menos, pasar al niño, su padre tiene mucho interés en que escuche el concierto.” “He dicho que sin invitación no se pasa”, sentenció el engreído portero. La dama y los pequeños se dieron media vuelta. Ya había empezado a llover y permanecieron un rato a la puerta del recinto. Después, viendo que no escampaba, salieron a todo correr en busca de una cafetería donde refugiarse. Mientras tanto, el concierto había comenzado y más de la mitad del aforo estaba vacío. Al fondo, el ridículo guardián que se cree alguien por aparecer de vez en cuando en un medio de comunicación de poca audiencia engolando la voz, seguía permaneciendo de pie vigilando la entrada. Allí, por sus narices, no pasaba nadie que no tuviera el papelito firmado por su vulgar superior. Tal para cual. Chusma manda a chusma. Y chusma, perro fiel, cumple la orden a rajatabla. Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo.

En el religioso: Tras el acto final penitencial a puerta cerrada en el templo, el hermano mayor de la cofradía hace saber a cofrades y fieles allí presentes, que en la casa de la hermandad se dará una bolsa con pastas a cada uno de ellos… Añadiendo: “Espero que haya para todos”. Ya en la casa, uno de los cofrades de toda la vida, anciano, que había estado en el templo y que no puede procesionar ya por las calles por sus dolencias, tras esperar a que los penitentes y costaleros se llevasen a pares y a triples las bolsas, y viendo que en la caja quedaban algunas, se acercó a la pareja encargada de la distribución y, con máxima humildad, prudencia y educación, les dijo: “Me pueden dar, por favor, una bolsa…, si es que sobra”. Se miraron los dos repartidores, vestidos aún con las túnicas penitenciales, y la mujer le respondió secamente: “No sobra”. El pobre hombre, sorprendido, triste y humillado, agachó la cabeza y se apartó lentamente. Pero se giró de golpe al escuchar a uno de los costaleros decir con la boca llena: “Nena, me voy, dame un par de bolsas más que estas pastas están riquísimas”. Y vio, sorprendido, casi a punto de llorar, como le ponía en sus manos dos bolsas sin rechistar. Cofrades impresentables vacíos de alma.

¡Ah!, ¿que no he puesto ningún ejemplo del mundo político? Ni falta que hace. Todos conocemos de sobra cientos de casos sangrantes acerca de esta fauna peligrosa. 

Y si esto es a escala pequeña, imagínense a escala mayor. ¿Se puede vivir, amigos, en un mundo así, a la deriva? A mí, que he sido testigo e incluso parte de los hechos que acabo de relatar, me cuesta cada vez más, por lo que busco apartarme siempre que puedo camino de la soledad. Ya lo dijo hace siglos también Juan de la Cruz: “Entre las piedras me encuentro mejor que entre los hombres”. 

domingo, 25 de marzo de 2018

EL PAPA FRANCISCO Y LA IGLESIA


Se han cumplido cinco años de la llegada de Francisco al papado y son muchos los que  alaban su labor, como son muchos también los que la critican.

No hay más que leer los portales de religión en internet para darse cuenta de que no son pocos los que andan en oposición a quien a día de hoy ocupa la silla de Pedro. Como no son pocos los centenares de blogs católicos en los que se le censura, se le tacha de demagogo y populista, de izquierdoso, de ir contra la tradición de la Iglesia, de charlatán, de impresentable… e incluso hasta se llegan a pedir en ellos oraciones para que muera pronto.

Y para colmo de males y demás descalabros, la cosa no se queda en estos extrarradios, sino en círculos más próximos, generando una guerra entre también no pocos cardenales, obispos y sacerdotes contra el papa Francisco, empeñados en mantener la más estricta ortodoxia, la tilde de la ley, la tradición, el inmovilismo, el boato, los privilegios y el poder. Tachándolo, privada y públicamente, de lo que no está escrito, poniendo en contradictoria evidencia al Espíritu Santo, tan despierto e intervencionista para ellos cuando el Papa es de su onda, pero tan dormido, según parece ser, en el último cónclave. 

Una pena que hace que no pocas personas, medianamente inteligentes y honestas, libres, amantes de la verdad, ante tanta incoherencia, se retiren a sus monasterios íntimos haciendo que los templos aparezcan aún más vacíos.

La Iglesia no tiene que cambiar. La Iglesia lo que tiene que hacer es mostrar el evangelio, la palabra de Cristo, con claridad, sin tergiversaciones al mundo. La Iglesia no tiene que cambiar porque solo tiene que ser fiel al mensaje de quien es el camino, la verdad y la vida. Los que tienen que cambiar son los que componen la jerarquía. Los que tienen que cambiar son los Papas, yendo con su tiempo, que no significa ir contra Jesús de Nazaret, sino todo lo contrario, acercarse a Él con valentía y de su mano dar lecciones de amor, misericordia, perdón, acogida, unidad, paz, sacrificio, coherencia…, poniéndose de parte de los débiles, los pobres, los enfermos, los sencillos, los mansos, los que lloran, los que sufren… Los que tienen que cambiar son esos cardenales que viven en las alturas cual príncipes de poder. Los que tienen que cambiar son esos obispos que desde sus palacios dirigen cual políticos y gobernantes. Los que tienen que cambiar son esos clérigos que rodean a los obispos buscando cargos y honores, politicastros que se alían con los poderosos y pudientes, de los que reciben ayudas y servicios a cambio de sus influencias para obtener concesiones eclesiásticas, haciéndose los despistados ante los pecados públicos que éstos cometen…, mientras ponen trabas, apartan y hasta desprecian a los limpios de corazón, a los humildes, a los pobres, a los que dan luz… Los que tienen que cambiar son esos sacerdotes que toman sus parroquias como una oficina a la que van a trabajar según horario, rodeándose de personajes que los adulan a cambio de que les dejen carguillos y les permitan ciertas colaboraciones, sin mirar siquiera el daño que algunos hacen al salir del templo. Los que tienen que cambiar son esos monjes y monjas que viven más mirando al mundo que mirando al cielo, en luchas y ansias de protagonismo, individualistas, apegados a su parcela terrenal, contrarios a una unidad en los carismas, así se esté derrumbando el convento o queden dos. Los que tienen que cambiar son esos seglares que se dicen creyentes de palabra, de una vela a Dios y otra al demonio, presos del simple cumplimiento, del externo viva la Virgen y el Patrón del pueblo, del putisantismo.

Que ha habido y hay, por otro lado, papas, cardenales, obispos, clérigos y sacerdotes ejemplares y santos, desde luego que sí, faltaría más. Que hay misioneros que son viva imagen de Cristo, por supuesto. Que hay religiosos y religiosas modélicos, implicados plenamente en la luminosidad propia de su orden, pero sabiendo siempre que el brillo mayor es el Señor, claro que sí. Como hay seglares coherentes, comprometidos, fieles, entregados y serviciales. Pero es que de no ser así, la Iglesia se hubiera acabado ya hace mucho tiempo.

Se han cumplido cinco años de la elección de Francisco como sumo pontífice y hay que ver cuántos elogios a su labor desarrollada, pero también cuántas reprobaciones. Y es que los que cuelan mosquitos y se tragan camellos, los martillos de herejes, los sabios y entendidos, los escribas y fariseos, los miembros del sanedrín…, nunca desaparecen, siempre están ahí, al acecho, porque la ley es la ley, como si el sábado no se hubiera hecho para el hombre.

Confiemos en el Espíritu Santo y dejemos que la Historia juzgue. Una historia, la de la Iglesia, llena de grandes luces pero también de enormes sombras, no pocas, tan negras que hasta avergüenzan. Sombras que, algunas, siguen ahí, cegando, frenando, haciendo que se vaya a remolque, construyendo fallas, sembrando anacronismos…., sin dejar pasar la claridad que aliente vanguardias, abra caminos, vaya por delante…, e impregne todo de un resplandor deslumbrante capaz de cambiar la sociedad por completo, tal y como sucedió en el mundo con la aparición del cristianismo hace ya dos mil años.



  

sábado, 10 de marzo de 2018

CARTA A JOSÉ MANUEL TRAS SU TEMPRANO FALLECIMIENTO ASÍ ESTÁ MEJOR, ¿VERDAD?


Querido José Manuel:

Por más que sé que la muerte es esa sombra que está ahí, a tu lado, rondándote todos los minutos para, en el momento que menos te lo esperas, clavarte su cuchillo de niebla fría; por más que sé que a todos nos tiene apuntados en su cuaderno de tiempo en el que a cada uno nos pone un reloj de arena en el que marca la hora a su capricho; por más que sé que morir es tan real y necesario como nacer, no puedo menos que rebelarme por tan innoble injusticia y expresar mi más hondo desconcierto ante el dolor que me invade cada vez que alguien cercano se me va. Como ahora, como hoy, contigo, que, lleno de vida, de ilusiones, de creatividad, de obras de arte en tu mente y amor que dar en tu corazón, la sombría y esquelética forma sin fondo te ha señalado con su dedo largo y negro dibujándote un cáncer agresivo y rápido en medio del pecho y con tan solo veintidós años te ha llevado para hacerte de ceniza y olvido eterno.

Ahora, amigo, ahora que tan de moda está la denuncia por acoso, yo propongo denunciar en todos los juzgados del mundo a la muerte por acosadora, porque no deja ni un solo instante de perseguirnos, porque vayamos donde vayamos, estemos donde estemos, ahí que anda, mirándonos, acorralándonos, siguiéndonos…; y porque en contra de nuestra propia voluntad se acerca, una y otra vez, sigilosa, y se pone a jugar a los dados con cada uno de nosotros, y por más que le decimos que no, que se vaya, que la odiamos, que la rechazamos, más se ríe, porque bien sabe que claudicaremos y acabaremos acostumbrándonos a su presencia, tanto que hasta terminaremos aceptándola e incluso queriéndola, pues por algo hemos de pasar con ella el resto de nuestra eternidad.

Adiós, José Manuel. Gracias por venir en Jaén a buscarme siendo un adolescente para formar parte del Grupo de Teatro Maranatha. Gracias por tantas representaciones haciendo de hijo en la obra “Malos tratos”, a beneficio siempre de los necesitados. Gracias por hacerte mayor a nuestro lado. Gracias por tu sencillez, tus sueños de artista, tu magia… Gracias por vivir en ese mundo tan singular que te construiste, siendo tú especial, único, distinto, diferente. 

Bien sabes que tu madre, tu novia y tu padre Javi no te olvidarán nunca. Tampoco tus amigos de reparto: José Luis, María de los Ángeles, Juani, César, Sonia, Fernando, Lucía y Adolfo… Ni yo.

Y te confieso también que, pese al dolor que siento, algo dentro, tras tu partida, me invita a la sonrisa. Porque desde la fe y la esperanza te veo gozoso en las alturas. Un chico como tú, que tanto ha hecho por los demás en tan poco tiempo, no puede quedarse en la “nada” de la que hablabas en la obra, pero sí dentro de la última frase que pronunciabas en ella dirigiéndote al público: Así está mejor, ¿verdad?, le decías…, cuando el matrimonio se abrazaba sin el menor rastro de malos tratos en medio de ellos…

Pues, “así está mejor, ¿verdad?”, te digo yo ahora desde aquí, sabiendo que Dios te abraza para siempre.

Que seas feliz.