Ayer tarde fui a visitar a un viejo amigo enfermo. Lo hallé
demacrado y sin fuerzas. Desde finales de año, por culpa de una extraña
infección, no levanta cabeza. Ha perdido el apetito y se pasa el día sentado en
el sofá. Se emocionó al verme. Las lágrimas caían de sus ojos, lentas y
serenas, como llenas de añoranza.

“En
cuanto vengan los días buenos, saldré yo también a dar un paseo.” Me dijo. “Nada más salga el sol, voy a intentar que
salga también mi sol de dentro, ése que he tenido oculto porque las nubes de
las ambiciones y los egoísmos, de la lucha diaria, me lo han tapado impidiéndome darme
cuenta de que estaba vivo. Espero que no sea demasiado tarde y me recupere. Si
Dios me da una nueva oportunidad no pienso desaprovecharla”. Concluyó.
No sé. No
sé si se obrará el milagro. Ojalá. Por lo visto las cosas andan complicándose. Lo
único verdadero es que siempre nos damos cuenta de lo hermoso de la vida cuando
estamos a punto de perderla. Nos creemos eternos, pensamos que la muerte sólo
se da en los demás. Y no somos capaces de despojarnos del disfraz con el que
nos vestimos cada día y, en la desnudez de lo que de verdad somos, gozar todo
lo más posible de las estrellas y de la lluvia, de un sorbo de vino, de una
sonrisa que se ofrece, de la lectura de un libro que busca hacerse amigo de
verdad..., de un paseo contemplando las montañas y escuchando el canto de los
pájaros, de un beso de buenas noches...
¡Qué pena
que para muchos vivir sea un sinvivir! ¡Qué pena! No obstante, hay quienes, los
menos, saben que la existencia es un regalo que sólo tiene sentido desde la paz
interior y la huida de cuanto representa la maldad. Otros, la mayoría, por el
contrario, pasan la vida sin saber siquiera que han vivido. Conozco incluso a
un señor que cerca ya de los ochenta, en lugar de dedicarse a vivir en paz y
disfrutar de la hermosura de las rosas y las espigas, anda coleccionando -y así
desde que nació-, disputas ambiciosas sin escatimar la siembra de todo tipo de cizañas
para conseguir sus objetivos, porque, según dice, no piensa morirse nunca.
No me extraña. Siempre el mal,
como el peor de los cuervos, acaba enloqueciendo y sacándole los ojos al que lo
crea y lo cría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario