La vida es un campo de batalla.
La extensión del tiempo es una zona entre dos trincheras desiguales. Nada más
nacer llegas desarmado a la que te corresponde y estás obligado a avanzar. En
frente te asignan a un francotirador que, apostado en su parapeto, buscará por
todos los medios acabar contigo, de manera persistente, sin parar hasta
lograrlo. Cuanto más lejos estás y más medios pones por delante, menos
posibilidades hay de que lo consiga. De vez en cuando dispara, pero hay muchas
probabilidades de que la bala no llegue, o pase de largo, o solamente te hiera.
A medida que avanzas, el peligro es mayor. Y cuando estás muy cerca de su línea,
entonces es ya muy fácil apuntarte al corazón y no fallar.
Los francotiradores, espectros
casi inmortales, programados, viven de matar. Son seres oscuros, invisibles, sin
conciencia, inmisericordes, persistentes, obstinados.

Los de esta parte vamos bordeando
parajes, escondiéndonos entre rocas, arrastrándonos por el suelo, nadando por
ríos, resguardándonos entre árboles… Hasta que la bala nos alcanza. Entonces,
el final puede ser inminente o, de ser heridos, entrar en un periodo de
convalecencia de la que se puede o no salir. Y de salir, seremos irremediablemente
dianas de nuevos disparados. Y así hasta que llegue el impacto certero y
definitivo que te convierta en polvo. No hay escapatoria.
Durante el recorrido de avance,
intentamos no pensar en la amenaza, trabajar para poder subsistir, distraernos,
divertirnos, entretenernos, relacionarnos y mal relacionarnos, ir tirando… Y
aunque sabemos que allí enfrente tenemos a nuestro impasible e incansable francotirador
con el rifle cargado, buscamos olvidarlo, pensando en el fondo que fallará, o
andará dormido por largo rato, o que soy tan listo que puedo driblando con
agilidad haciendo difícil que me abata… Hay quienes incluso creen que tras caer
contra el suelo atravesado por el proyectil, si tu avance ha sido honesto, dado
al amor y la ayuda, y con fe en un Dios, podrás atravesar la ciudad de la
oscuridad de los tenebrosos francotiradores y llegar a un reino de la luz
infinita y eterna.
¡Quién sabe! Lo único cierto es
que morimos mientras avanzamos. Que vemos con absoluta claridad que quienes
iban por delante, o a nuestro lado, e incluso por detrás, van cayendo, desapareciendo,
deshaciéndose, dejándonos… Y que nada podemos hacer por evitar que nuestro
asesino, tarde o temprano, se salga con la suya. No hay manera. Él es tan
imperturbable, duro y frío que no se deja sobornar, ni engañar, ni doblegar. Ni
siquiera conoce el olvido. Te la tiene sentenciada desde el mismo momento de ser
y no parará hasta salirse con la suya.
Yo conozco al mío. A medida que
me voy acercando a él, sin verlo, veo que anda dejando escapar una mueca de
jactancia por ese extraño rostro suyo medio tapado por el fusil que fijamente
me apunta con el dedo puesto en el gatillo.
Y desde aquí, antes de caer,
quiero que sepa que lo perdono dentro de la pena que me da. Al fin y el cabo, además
de tener un aspecto horroroso, no es un ser libre, por lo que bastante
desgracia tiene ya. ¡Bah!
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