Leo Messi es, para muchos, el
mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Los seguidores del Barça han
gozado con su juego durante muchos años y los aficionados adversarios lo han
sufrido con rabia y hasta desesperación. Toda una figura mundial que ha
aglutinado a su alrededor infinidad de fans, sobre todo niños, que lo han
idolatrado y han soñado día y noche con parecerse a él.
Messi era su estrella, su espejo,
su dios. Y Messi respondía no solo haciendo regates increíbles y goles
asombrosos, sino con un comportamiento exquisito dentro de la cancha en donde
apenas protestaba y aguantaba con estoicismo las duras entradas. También fuera
del campo era de conducta intachable, lejos de juergas, escándalos y vida desordenada.
Demostrando así ser una persona cabal, responsable, humilde, sencilla y
cercana.

Y Messi, capitán, en lugar de dar
un golpe de coraje sobre el timón del barco que se hunde, decide, como una rata
temerosa, abandonarlo porque el equipo decae. Y señala a sus compañeros
haciendo creer que no llegan, que no están a la altura de ser grupo ganador, y
despotrica hasta lo vomitivo sobre su presidente y junta directiva, y manda un
burofax diciendo que rompe relaciones con el club y que con arreglo al contrato
ya no pertenece al Barcelona C.F., por lo que piensa irse a otro equipo de los grandes
gratis llevándose toda la ganancia del fichaje, declarándose además en rebeldía
no haciéndose el test de la covid ni acudiendo a entrenar.
Y ante el caos reinante, la
afición se divide, corren ríos de tinta, saltan comentarios en todos los medios
de comunicación…, y cuando ve que no hay modo de poder marcharse por no haberlo
dicho unos días antes, según marcaba lo firmado, y que ningún equipo estaba
dispuesto a correr el riesgo de ficharlo y luego verse condenado a pagar la supermillonaria
cláusula…, echa marcha atrás y dice en una entrevista pactada no sé qué de su
amor al club y bla, bla, bla…, para intentar quedar bien.
Pero no. A Messi lo que le ha
pasado es que como toda persona endiosada se ha creído por encima de todo y de
todos. Y aunque él lo niegue, lo mismo que ha influenciado, directa o
indirectamente, en todo lo bueno que ha sucedido en el club estos años, también
en lo malo. Él ha hecho poco equipo en cuanto ha formado grupitos de amigos intocables
separados del resto que no han entrenado como se debía, ha presionado a los
entrenadores, ha mediado en la confección de alineaciones, ha requerido la
marcha de jugadores no afines, ha terciado en la generosa renovación de sus camaradas,
ha sido responsable de que pasen en fila ante su escalón los cadáveres de
varios directores deportivos, no ha permitido que los directivos le critiquen
lo más mínimo, le han perdonado y le han abonado aunque sea por la puerta de
atrás lo mucho defraudado a Hacienda… y ha cobrado y cobra más que nadie,
alrededor de diez millones de euros mensuales brutos. ¡Casi nada!
Y se queda. Dice que porque no
quiere denunciar al amor de su vida. Pero en cuanto pasen unos pocos meses
buscará irse al mejor postor, a no ser que el nuevo presidente se arrodille en
súplica con la cartera abierta y le prometa lo indecible.
Con lo hermoso que hubiera sido
que Messi aguantara un par de años más desde la prudencia, el sacrificio y la modestia
luchando por quien todo se lo dio desde niño y tanto lo consideró y le pagó. Y
después marchar a una división de viejas glorias para terminar de llenar las
alforjas de oro. El ídolo hubiera quedado para la eternidad sobre el pedestal
intachable de los dioses más admirados y queridos. Ahora el ídolo se ha roto.
Lo mismo hasta lo pegan, pero pese a los muchos esfuerzos que hagan los restauradores
ya no tendrá la brillantez de lo impoluto.
Las lágrimas de muchos niños –como
muestra el fotomontaje aparecido en “El Confidencial”– cuando Messi anunció su
marcha del Barça no solo era porque perdían a su diez con el que crecieron,
sino porque cayó sobre ellos la decepción más tremenda, una decepción además
tan inesperada como repentina, muy dolorosa: la decepción de ver que Messi era
humano.
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