La impresentable Rosa Regás, para defender lo indefendible:
el asesinato de niños en el seno de la madre, llama, en un siniestro artículo
publicado en el mundo.es, “monstruos” a todas aquellas criaturas que por ley se
les permita nacer cuando la madre, por motivos de minusvalías o malformación, quiera
abortar.
El aborto,
se ponga como se ponga la señora escritora, y por más que pretenda revestirlo
de progresismo, es una indignidad y una atrocidad, y será en la Historia la vergüenza de
nuestro tiempo presente, a no ser que todos los hombres y mujeres se vuelvan
monstruos de verdad (como ya los hay) y camine hacia el reino de la no
conciencia y la ceguera absoluta.
Mis
alumnos, en los años de la recién estrenada democracia, se llevaban las manos a
la cabeza cuando leían que los espartanos arrojaban por el monte Taigeto a los
niños que nacían con alguna anomalía o malformación. “¡Qué salvajes!” Era el más
delicado de los adjetivos que empleaban. “¿Qué hubiera sido entonces de Alberto?”
Alberto era
un niño de la clase con alto grado de deficiencia. No sobresalía en las notas
por materias, pero era sobresaliente y matrícula de honor en bondad, sencillez
y cariño. Todos le queríamos. Ere verme subir por los escalones de la entrada
del colegio y ya iba corriendo a abrazarme. Sus compañeros hubieran dado la
vida por él. Cuando nació, su madre estuvo llorando varios meses. Hoy, ya
viuda, Alberto es su consuelo, su amor y su vida. Y no deja de dar a todas
horas por ello gracias a Dios.
Y un error
es retroceder a Esparta e impedir que una niña como Julia, una hermosa niña con
síndrome de Down, a la que he conocido en mi último curso como docente participando
como actriz en el taller de teatro que yo dirigía, naciera.
Julia no
sabe pronunciar bien. Se le olvida no pocas veces el papel. Entra en escena
cuando se le ocurre y sale de ella cuando lo considera. Pero Julia, cuando salía
al escenario y el salón estaba completamente abarrotado de padres y alumnos, recibía
el mayor de los aplausos... Y al terminar la representación, cuando todos los
demás niños salían corriendo para jugar y divertirse, ella se acercaba a mí y
me decía: “Profe, gracias”. Y me pedía que me agachara para darme un beso.
Ni a
Alberto ni a Julia, ni a otros muchos semejantes que se han cruzado en mi
camino de la enseñanza y de la vida, según su atroz teoría de la muerte, señora Regás,
los hubiera conocido y querido. Y sus padres hubieran dejado de tener la
fortuna mayor de las existentes: la del amor, la del amor limpio, puro,
maravilloso que sólo saben tener y dar estos niños benditos.
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