El dios ser humano acaba de
descubrir una vez más –y ya van ¿cuántas?– los pies de arcilla que lo
configuran. El señor de la tierra, el dominador de la naturaleza, el rey de
todas las especies, el creador de la digitalización, el dueño de las fuerzas
nucleares capaz de aniquilar por completo el planeta…, resulta que, en el fondo,
no es más que una pobre criatura acobardada, débil y temerosa.
Qué desilusión verlo asustarse
ante la amenaza, tiritar ante el peligro. Qué decepción observar el terror que
lo minimiza por completo.
Y ahí tienen los supermercados
vacíos, hasta sin papel higiénico. ¿Será por la cagalera? Ahí también agotados los
antivirales, las mascarillas, el paracetamol y los geles antisépticos…. ¡Tierra
trágame!
En otras épocas, se diría que el
Dios divino anda enfadado por tanto desvarío global, tanta inmoralidad, tanta
incoherencia, tanto orgullo estúpido y tanto burla hacia él. Y harto ya,
cansado de aguantar tanta impertinencia de mosquitos, ha decidido darnos un
sustillo para que no olvidemos lo que somos: simples figurillas de barro sin
cocer.
Ahora no. En nuestro tiempo bien
sabemos que Dios no existe. Y si existe es infinitamente bueno y
misericordioso, tanto que es incapaz de hacernos el más mínimo daño. Ninguno, de
ninguna de las maneras, por muy malos y perversos que seamos.
Por lo tanto, el virus que ahora
anda por aquí jugando al pillar no es más que en engendro surgido y escapado de
la manipulación genética realizada en algún laboratorio de la guerra
bacteriológica, o por simple casualidad, o tal vez mutado por la misma
naturaleza harta ya de tanto sentirse dañada por nuestro mal uso de ella, y con
el que intenta defenderse, al igual que nuestro propio organismo lo hace con
nuestras defensas enfrentándose a estos diminutos intrusos que buscan sobrevivir a costa de
nuestras humildes células.
¡Quién sabe nada! Lo único que
sabemos es que cuando las cosas no andan bien no acaban bien y que vivimos de
cierto en un mundo de mentira gobernado por mentirosos. Tan mentirosos que nos
hemos acostumbrado a la falacia como el pez se acostumbra al agua. Y eso es
bueno porque vivir en la mentira nos exime de responsabilidades. Lo malo es que
cuando llega la hora de la verdad o momentos de epidemias o pandemias como esta
del coronavirus, lo que nos dicen nuestros políticos y dirigentes no nos lo
creemos. ¿Quién va a creerlos, cuando todos sabemos que mienten más que ven, que
viven en la mentira, que son mentirosos compulsivos?
De ahí que, antes los hechos de
la pandemia, cada uno haga de su capa un sayo y se configure su propia
historia. En este caso una historia de la que solo poseemos la evidencia de que
es muy contagiosa, pero de la que no tenemos conocimiento ni de cómo ha
surgido, ni cuál es el nudo, ni cómo el desenlace, ni cuándo el final…
Pues ya ven. Menudos dioses
estamos hechos. Como para temblar.
Estoy convencido que las personas somos “ratas” de laboratorio en manos de los grandes poderes económicos que manejan el mundo. Creo que el fin último que persiguen, es acumular ganancias manteniendo a toda costa el statu quo que les interesa, a base de experimentar con la sociedad en su conjunto.
ResponderEliminarDe cualquier manera aunque nos creamos fuertes e importantes, solo somos apariencia y nuestra fragilidad está a merced de la naturaleza que, en cualquiera de sus formas, puede acabar con nuestro orgullo y con nosotros mismos de un plumazo.
¡Que verdad ! ¡somos nada! y nos creemos dioses, sí, dioses, pero de barro o papel y como dices, un insignificante virus está matando, en principio al más débil, pero a quien él quiere..., un abrazo amigo Ramón y cuídate.
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