La vida tiene estas cosas, uno se encuentra bien mientras va caminando por la senda clara y por una prueba cualquiera te detectan algo extraño y entonces el camino se torna nublado y frío.
Y hemos de estar preparados. Ya nos lo dice el evangelio. Velad porque no sabéis el día ni la hora…, permaneced con los candiles encendidos para que cuando venga el Esposo os encuentre vigilantes.
También estamos todos dentro del Huerto de Getsemaní en plena noche. En cualquier momento nos atrapan las sobras y cae sobre nosotros el cáliz que ha de beberse. Entonces aparecen la angustia, el miedo, la pesadumbre, los sudores de sangre…, y si el cáliz no se retira de los labios no queda más que mirar a Dios y decirle que se haga su voluntad.
Y entonces Dios envía el ángel de la templanza que te conforta y te consuela, y todo se ve de otra dimensión, con otro fondo, desde otra perspectiva, y comprendes que hemos nacido para esto, para la mortalidad, pare dejar de ser, para desaparecer.
Y aquí se halla uno ante sí mismo. No hay nadie más. No hay más palabras que las que te dice tu propio espejo: No hay nada, todo es nada, nada es todo. O todo es todo. Y palpas que hay una mano tendida de alguien superior que te dice: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Y ahora sientes una paz esperanzada. Todo queda en manos de ese Padre Creador que nos dio la existencia. Y comienza el tiempo de la lucha para superar la prueba. Y la prueba puede ser vencida y volver a la senda clara, al gozo de vivir en libertad, a la alegría de ver que te han regalado unas cuantas hojas más del calendario que te dejaron dentro del corazón al nacer.
Pero el camino, por más que se prolongue ante nuestros pies, se ve que concluye al final de la recta, tras cruzar una última curva con socavones, por lo que una vez más hemos de estar preparados, porque tras ella, tras cruzarla, y ver la meta hecha precipicio, ya no hay vuelta atrás.
Es decir, que la vida y la muerte son las dos caras de una misma moneda que de vez en cuando es lanzada al aire a ver qué cae. Y lo mismo a quien ahora le sale cruz, mañana le sale cara. Pero la verdad es que, si te fijas, la que marca cruz es mucho más grande, poderosa y dominante. Por lo que llega un momento en que se va extendiendo hasta acabar con la que muestra un rostro en el anverso, el tuyo, que acaba desapareciendo, diluyéndose, y entonces, al ser lanzada, solo caerá por el envés. Y fin.
Pero seamos felices. Mientras estemos aquí hay infinidad de motivos para la dicha, hay maravillas a nuestro alrededor, hay colores y sabores y amores que merecen la pena disfrutarlos y hay sueños por cumplir. Mientras estamos aquí y en este momento es señal de que existimos y sentimos, estamos realmente viviendo, porque en el pasado vivido dejamos de estar y en el futuro aún no estamos porque no existe.
Un año nuevo nos llega. Doce apasionantes meses por delante. Que seáis todos muy felices.
Yo, desde mi Getsemaní particular, pido por todos vosotros y por mí, mientras le digo a Dios que se haga su voluntad y no la mía.

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