Para lo que hay que ver es mejor morirse, me decía mi madre no pocas veces, y eso que entonces los avances tecnológicos apenas estaban desarrollados. Hoy, que todo está embarrado por la mediocridad y nos valemos de cualquier cosa creyéndonos valiosos, más que morirse lo que uno tiene que hacer es reírse de todos y de todo.
Hemos perdido de paso el miedo al ridículo. Con esto de las redes sociales nos hemos creado un personaje ficticio que nos alimenta el ego y nos hace creernos importantes porque en ellas presentamos las fotos de nuestras presencias mundanas. Y nos las damos de grandes cuando somos muy pequeños.
Hace algunos años, escritores de talento me dejaban algún trabajo para leerlo que me parecía valioso, pero no se atrevían a publicarlo por miedo al sonrojo y a la desconsideración, y por más que los animabas, nada conseguías. En nuestros días eso no ocurre, con esto de que yo escribo con el corazón, o yo escribo desde mi forma de entender la vida, o yo escribo lo que considero conveniente, nos hemos ido acercando a la mediocridad más absoluta y hasta llegan a darnos premios y reconocimientos que son un desprestigio tanto para quienes los conceden como para la ciudad que representan.
Y así en todas las artes. De ahí esas imágenes horrorosas que vemos en las iglesias, y esas películas sin pies ni cabeza que nos presentan, y esas composiciones musicales que aburren, cansan o dejan indiferentes, y esas creaciones arquitectónicas que son cajas herméticas, y esas pinturas enigmáticas llenas de manchas que parecen creadas por niños de infantil, y esos poemas insustanciales, sin alma, sin vida que nada dicen ni nada evocan ni nada emocionan.
Y para colmo, cuando los creadores, que en nuestros días no son pocos, no saben o no pueden ir más allá, recurren a la Inteligencia Artificial, y en segundos les proporciona una marcha, una casa, una pintura, una película, un discurso, un pregón, un libro o una colección de poemas que maravillan, aunque, para ser sinceros, se nota que hay un algo extraño en las imágenes, en la voz, en los escritos…, un algo evidente que se ve realizado por una máquina sin sentimientos. Un algo, por cierto, que se superará hasta lograr la perfección, por lo que no habrá mejores escritores, ni poetas, ni músicos, ni directores de cine, ni arquitectos, ni escultores… que la misma Inteligencia Artificial.
Y de nada nos valdrá decir que lo que yo hago es artesanal, manual, que la IA no puede superar lo que el alma dicta, pero será mentira, las personas se inclinarán por lo perfecto, por la altura de la composición, por la maestría del relato… y se verá la artesanía de la obra y la palabra como algo anticuado e imperfecto.
No obstante, siempre hay que dejar una rendija a la esperanza, y creer que las personas del futuro pueden que no se dejen arrastrar por tanta mediocridad y sean capaces de valorar más la capacidad humana que el simple mecanismo de un robot que será todo lo perfecto que se quiera, pero que nunca podrá sustituir al verdadero artista.
