Ganó el fútbol, ha declarado de manera escueta Toni Kross. Ganó la magia de equipo que se ha sabido entregar sin límites ante un campeonato mundial donde los partidos han sido a cara de perro. Se empató de primeras contra Cabo Verde, pero a partir de ahí no se ha perdido ni un solo encuentro. España supo levantarse y se coronó con la gloria.
Argentina no ha sido un verdadero rival. No ha sabido jugar con la categoría que un país como el suyo se merece. Desde el primer momento Scaloni optó por un equipo a la defensiva, tal vez buscando que pasara el tiempo sin goles o en todo caso aprovechando alguna contra de Messi que supusiera un gol y después mantenerse en el cerrojo. Fuera como fuera, aquí quien tan solo jugó para ganar fue la selección española.
La imagen que la selección argentina ha dado al mundo no ha podido ser más esperpéntica. Después de las muchas ayudas arbitrales, después de anularnos un gol por una supuesta falta de Merino sobre Otamendi, después de ser expulsado por una entrada brutal sobre Cubarsí, en el minuto 82, Enzo Fernández, y después de realizar a lo largo de los 120 minutos de tiempo reglamentario un juego brusco y violento…, el colmo de la desvergüenza llegó al final, una vez concluido el encuentro, cuando varios jugadores argentinos empujaron y golpearon a jugadores españoles ante la impasibilidad de los árbitros, terminando con dar la espalda todo ellos al mismo tiempo mientras los españoles recibían las medallas y alzaban a los cielos el trofeo acreditativo de campeones del mundo.
No me han caído mal los argentinos. Siempre los he visto como entregados y capaces de dar lo máximo en los terrenos de juego. Pero siento tener que decir que desde hoy los considero más bien, sino como criminales, que es como los titula la prensa inglesa, sí como marrulleros y poco elegantes en la derrota. El amor por su país y el deseo de dar una gran alegría a sus paisanos no puede acabar con la desvergüenza de unos maleducados y niños pijos que no son capaces de sobreponerse a la adversidad.
Messi me pareció uno de los pocos que sí estuvieron a la altura de las circunstancias. Lloró como un niño, pero no entró, que yo sepa, al menos, en ninguna tangana, ni hizo faltas antirreglamentarias a nadie. Se limitó a quedarse fijo en el pensamiento y ver lo que podía haber logrado de alzarse con el triunfo y lo que en realidad logró.
A todo esto, el equipo español recibió los tres máximos trofeos del campeonato: mejor jugador joven, mejor jugador y mejor portero. Y recibió, sobre todo, la copa de oro, con sus correspondientes réplicas y el anillo que los condecora en las alturas según la costumbre estadounidense.
Nadie en el mundo puede poner en duda, ni lo ha puesto, que España no fuera superior a Argentina. Hasta la misma prensa albiceleste reconoce la superioridad del equipo español. No hay por lo tanto motivo para tanto mal perder. De haber salido campeona la nación americana del sur hubiera sido una de las mayores injusticias del mundo. Ya sé que el fútbol es así de cruel, pero esto no podía suceder en la final de un mundial donde están puestas todas las miradas del planeta. El portero español no recibió ni un tiro a puerta, y eso es lo más llamativo y concluyente de todo.
Finalmente, al no valer el gol de Nico, ya relatado, tuvo que ser, en el minuto 106, Ferran Torres quien, tras un centro de Pedro Porro, y cabeceado por el menor de los Williams hacia atrás, viniendo de frente, golpeara la pelota arriba y entrara en la red como un obús. ¡Gooooooool! Gritó España entera al mismo tiempo. Nos abrazamos y lo celebramos, sabiendo que el tiempo se acababa y ya no sería posible la remontada, tan dada a favor de los argentinos en la costumbre de partidos anteriores.
Y cuando el árbitro hizo sonar el silbato después de haber añadido cinco minutos al segundo tiempo de la prórroga, vino el éxtasis. Todos saltamos de gozo y nos felicitamos por el éxito. Sonaron trompetas y flamearon banderas rojas y gualdas. Hubo cánticos y vítores… Y Hubo, sobre todo, fiesta. Una fiesta grandiosa que una vez más ha unido a un país que parecía abocado a la desesperanza.
Y es que somos eso: CAMPEONES DEL MUNDO.


