En la cumbre de la colina
se alzaba ingrávida una aldea
revestida de siglos.
En ella, el vuelo de los pájaros,
la luz dorada de los días, el brillo
amargo de una fe que unía a su gente
en un mismo destino.
Todos creyentes, dioses de varios dioses
que les daban cobijo.
Todos menos uno, un pobre desgraciado
solitario y perdido.
Una tarde de sombras de noviembre
y destellos amarillos,
apareció un joven misionero
cargado de ilusiones y de libros,
el corazón repleto de esperanzas
y los bolsillos vacíos.
Quería reafirmarlos en la esencia
de hacerlos sol de trigo,
espigas en el campo de cizañas,
pájaros libres sobre el viento de siglos.
Quería que aquella tierra
alumbrara aún más en la lumbre de sus hijos
y en las páginas de oro de su historia.
Quería liberarlos de oscuros ocultismos,
de fanatismos, de supersticiones, de miedos…
Pero por más que hizo,
por más que se dio y se esforzó,
que se dejó el alma en sacrificios,
jamás logró ser apreciado,
ni considerado, ni querido.
Un día, ya cansado, triste,
roto, decepcionado, hundido…,
se sentó el infausto joven
a la sombra de un olivo
centenario. Pasó entonces el ateo.
Venía de poner silencios al olvido.
Y al verlo así, le preguntó el porqué
de estar tan abatido.
El misionero, secándose las lágrimas,
le expuso, con brevedad, el motivo:
"Esta aldea no me quiere. Por más
que siembro en ella, menos fruto consigo.
Por más que intento llenar el cántaro
más se queda vacío.
Por más cariño que le doy
más bofetadas recibo".
El ateo, mirándolo con respeto,
amablemente, le dijo:
"Se equivoca. La aldea le ama.
Quienes no le quieren, amigo,
son los aldeanos…
Que no es lo mismo".

