En la misma plaza de Andalucía, bajo la sombra de la torre del reloj, en el espacio que deja libre el hueco de la muralla, se han levantado dos grandes obras que representan dos de las figuras del cuerpo superior de la fachada de lo que es el Ayuntamiento de Úbeda. Es decir, aparecen un atlante y una cariátide que quedan mirándose con la delicadeza de dos seres misteriosos, como si acabaran de bajarse del alero de la fachada para caminar acompañándonos por las calles de nuestra ciudad.
Lo cierto es que ambas esculturas imponen. Ella es una dama bellísima, serena, ataviada con un elegante vestido, mientras sostiene con sus manos un escudo situado en su parte derecha al tiempo que mira al lado contrario. Él es una figura elegante, con semblante algo más triste, como resignado por la infinitud de tiempo al que está sometido, que sostiene el escudo en su parte izquierda mientras mira a su derecha. Ella con el cabello suelto. Él con un casco sobre la cabeza que lo hace más poderoso.
Son figuras condenadas a estar dividiendo en la realidad los siete espacios ocupados por ventanas de ojos de buey. Al parecer son figuras a tamaño natural, mucho más grandes de lo que luego aparecen en la misma fachada, más pequeñas a primera vista.
Y están ahí como reclamo. Separadas de su verdadero enclave, buscando llamar la atención del forastero para que a sus pies se hagan unas fotografías para luego mostrarlas a sus amigos y conocidos con entusiasmo. Yo estuve en Úbeda. Es una ciudad mágica, señorial, monumental, digna…, y cuantos calificativos sean necesarios añadir para mejor honrarla.
Pero era necesario algo más. Nuestra ciudad es conocida en el mundo por el dicho de perderse por sus cerros. Y eso era algo que no teníamos a nivel físico. Sí tenemos la casa donde nació Joaquín Sabina, bajo cuya fachada se han realizado miles de fotografías. También en la taberna bautizada con el nombre de “Calle Melancolía”, donde casi todos los turistas buscan detenerse. Algo que también sucede con la casa donde vivió Antonio Muñoz Molina, el escritor premio Principe de Asturias, aunque en menor medida. En los jóvenes y no tan jóvenes el embrujo de Sabina es mucho mayor, y atrae mucho más.
Un monumento en la plaza 1º de Mayo, con la figura del cantautor, con su bombín en la mano, a modo de saludo, y a tamaño natural, sería el no va más. Todo el mundo se haría una foto junto a él, como se la hacen en Baeza con don Antonio Machado, que anda sentado en un banco leyendo un libro, junto a su sombrero y bastón.
Espero que no sea demasiado tarde cuando digan de hacerle ese monumento a Sabina. Por lo pronto, lo que sí se ha hecho ha sido un monumento al dicho de perderse por los cerros de Úbeda. Y ha sido de la mano de “Interiorismo Trinidad”, que ha elaborado un arco para situarlo en la zona de los bares de la Redonda de Miradores, desde donde, a través de él, se pueden ver los cerros y el túnel al fondo bajo el que llevo pasando, casi todos los días, quince años.
Me ha gustado la idea. Me ha gustado el diseño y me ha gustado el resultado. Y lo que más me ha gustado es saber que bajo su forma se harán miles de fotografías también.
Sirva este ejemplo: en pleno mes de agosto, a eso de cerca de las dos de la tarde de un domingo solitario, en un día que abrasaba de calor, me dirigí al lugar para hacerle unas fotografías y publicarlas en este blog. No había absolutamente nadie. De pronto, cuando me dispuse a hacer la primera foto, aparcó un coche al lado y se bajaron tres personas. Me tuve que apartar porque iban directos al arco para fotografiarse. Allí estuvieron un buen rato, hasta que decidieron volver al vehículo y marcharse. Entonces pude continuar con mi sesión fotográfica pensando en cuánto duraría esta obra con tanto desalmado y tanto estúpido grafitero ensucia paredes que tenemos por estos cerros.
“Me perdí por los cerros de Úbeda”, dice el texto elaborado en cerámica sobre hierro. Al lado un par de bancos para sentarse. Al fondo la explicación de la leyenda, con imágenes de época. Y algo más allá, hacia la infinitud, el inmenso mar de olivos, con su color verde, inmenso y sobrecogedor.
Es probable que salgan voces criticando estas aportaciones que engrandecen la ciudad, que digan que más limpieza y cuidado y comercio…, que más pan y menos circo…, es probable incluso que las voces sean hasta dolorosas… Y hasta puede que lleven razón, pero una cosa no quita otra, levantar dos bellas imágenes y colocarlas en la plaza y presentar un arco que habla de perderse por los cerros no valen demasiado, son ideas geniales que cuestan poco y dan mucho.


