Pues bien, en Úbeda tenemos también nuestro propio Stonehenge. Se trata de un largo túnel que ha de atravesarse cuando caminamos por el viejo camino de la antigua vía. Un túnel que, al ocultarse el sol por el horizonte, justo donde se halla la iglesia de El Salvador, en el solsticio de verano, por unos minutos tan solo, los rayos se adentran en su espacio oculto iluminando su oscuridad por varias decenas de metros. Un espectáculo apasionante que no todos han sabido apreciar.
Hace apenas un par de meses, un agricultor detuvo en el interior del túnel su tractor porque había encontrado un polluelo cobijado entre las piedras y no sabía qué hacer. Pasé yo en esos instantes y conversamos. En la parte superior del túnel hay unos agujeros en los que pueden anidar aves sin ser excesivamente vistas. En uno de ellos aparecía una piedra a modo de señal. Mira, ese agujero alguien lo ha señalado por algún motivo, seguramente porque buscaba marcar un nido de pájaros. No. Le respondí. Esa piedra la puse yo hace ya muchos años, por una razón muy sencilla, porque ese agujero indica hasta donde penetran los rayos de sol en el solsticio de verano.
No podía creerlo. Estábamos a varios metros de la entrada y yo le decía que los días de alrededor del 24 de junio se producía un efecto que daba lugar a alumbrar el interior del túnel como si estuviéramos en el exterior. No estaba él muy convencido, pero fue respetuoso y poniendo su tractor en marcha se alejó de allí en busca de unos sueños más livianos.
Ahora ha llegado el 24 de junio. Y he estado atento. Así que con mi cámara al hombro me puse en camino para llegar al lugar alrededor de las nueve de la noche. Y comenzó el espectáculo. El sol, a medida que descendía por el horizonte, dejaba caer sus rayos hacia el interior del túnel como buscando penetrar, cuanto más mejor, hasta arañar el corazón de un espacio que a lo largo del resto del año aparece frío, e iluminarlo así con su calidez de tiempo.
Y aprovechando los pocos minutos que dura el efecto, fotografié el túnel de dentro afuera y de fuera adentro, dejando constancia del instante en que el sol se halla en el momento justo de esconderse por el horizonte. Segundos después, una vez que se oculta, el efecto queda desvanecido.
Y así lo veo yo. Y hasta puede que todo sea fruto de una imaginación hipersensible, donde a la caída de la tarde de los días del pleno solsticio de verano, creo ver cómo el sol, al perderse por el horizonte del cerro del Salvador, se aferra a un túnel frío y tenebroso hasta convertirlo en camino de luz y belleza.
Es decir, algo así como si en Úbeda tuviéramos nuestro propio Stonehenge.



