Volver a la vida es siempre algo que debemos agradecer a Dios.
Y yo he vuelto a vivir y a escribir después de un paréntesis de dos meses justos. He abierto los ojos y he mirado el mundo que me rodea y lo veo todo igual y diferente. Igual en tanto nada ha cambiado y diferente en cuanto todo tiene otro color, otra forma de ver las cosas, otra manera de sentir y afrontar los problemas.
Nada ha cambiado porque veo a mi alrededor las mismas actitudes y formas de ser. No hay manera de cambiar ni de rectificar. Todo es como un teatro donde cada cual cumple un papel, donde todos son de una forma de ser que no cambia, que es intrínseca a su personalidad, que no varía por más que se quiera. Un teatro que busca dramatizar la escena con la discusión y las ganas de complicarnos la vida.
Pero también todo es diferente en lo personal. Uno llega a la conclusión de lo efímera que es la vida, el poco tiempo que nos regalan y lo mal que lo aprovechamos. Y siente en lo profundo la necesidad de ser mejor. Es algo así como si se les abrieran los ojos y viera, como mirando por las gafas de visión nocturna, lo que antes no veía y busca estar ajeno a cuanto pueda herirle.
Son sensaciones de llegada, como si uno viniera de un país lejano y desembarcara en un puerto donde acaba de nacer la primavera. Y es hora del reposo, del descanso, de la relajación. Es hora de la contemplación, de mirar dentro del ser y dejar de discutir por trivialidades. Es el momento de ascender en libertad a las alturas de la soledad y no querer saber de ataduras envueltas en críticas mundanas. Es el instante de que nada te preocupa porque nada es lo suficientemente relevante como para amargarte el sendero que lleva a la esperanza.
Una esperanza agradecida por tanto que sé habéis pedido por mí. Han sido oraciones sinceras que no han caído en saco roto, que han sido escuchadas por el Altísimo y han dado fruto. Nunca tendré, por mucho que viva, palabras suficientes para agradecer tanta generosidad y grandeza de corazón.
Me alegra saber que sigo vivo. Que abrí los ojos después de atravesar el túnel del silencio, como tantas veces los he cruzado en el camino entre olivares que he venido haciendo a lo largo de los años, mientras me decía a mí mismo que igual que los cruzaba en esos momentos, algún día los cruzaría en el vuelo al infinito.
Me alegra volver a mi blog. A este blog en el que escribo para mí sin que me importe demasiado el número de lectores. Por supuesto que me encantaría que fueran millones, pero ante tal imposibilidad me doy por satisfecho en cuanto sé, y ahora más, que lo importante no es triunfar en este mundo, sino adquirir un talento que te permita multiplicarlo haciendo el bien sin herir a nadie.
Me alegra seguir sembrando azucenas en las que olvidarme cuando todo cese y mi rostro se deje reclinar sobre el Amado.
Me alegra vivir.
Bienvenidos de nuevo a mi blog. Gracias.

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