Goya pintó el levantamiento de los españoles, el dos y tres de mayo de 1808, contra el ejército francés, de un modo extraordinario. La carga de los mamelucos, tropas mercenarias egipcias al servicio de Napoleón, supuso el coraje del pueblo español levantado, usando armas básicas como cuchillos y otros objetos punzantes, pretendiendo derribar de los caballos a quienes estaban osando a apoderarse de España por la traición. Fue una situación límite, violenta y desordenada, que acabó con las ilusiones de unos patriotas enamorados de lo suyo.
Los fusilamientos en Príncipe Pío, la actual Plaza de España, sirvió de inspiración para el cuadro pintado por Goya. En él podemos apreciar en primer plano a una de las víctimas, con camisa blanca, levantando los brazos y mostrando en sus manos los estigmas de la heroicidad, mientras los soldados extranjeros, como fantasmas crueles, disparan a quemarropa.
Fue un levantamiento popular, sin preparación, instantánea, empujada por el amor a España. Los capitanes Daoiz y Velarde se unieron de modo particular a la causa, repartieron armas y lucharon hasta dar la vida. Todo un ejemplo de valentía, coraje y deseos de ser libres.
Los españoles lucharon para defender a su rey, aparte de la patria. No conocían los modales egoístas de Carlos IV ni de su hijo Fernando VII, que heredó el poder tras abdicar su padre a causa del Motín de Aranjuez, apenas dos meses antes de la invasión francesa.
Con el levantamiento del dos de mayo, se dio comienzo a la guerra de la Independencia. Desde ese instante, se levantaron en la península infinidad de municipios apoyando la causa. Una guerra esta que dudaría casi seis años, cuando, por fin, el rey Fernando VII, el que después sería un rey decepcionante por felón, cruzó los Pirineos. El mismo Napoleón firmó la paz.
El emperador francés fue derrotado definitivamente el 18 de junio de 1915, en Waterloo.
Y ahora que estamos conmemorado esta efeméride tan importante, es bueno recordar estos sucesos históricos, que contó con gran cantidad de héroes y heroínas. Todos unos locos enamorados de unos ideales firmes y a quienes no les importó dar la vida por ello.
No fueron pocos los que vieron también con buenos ojos el gobierno de los franceses a las órdenes del rey José Bonaparte, hermano de Napoleón. Eran los llamados “afrancesados”, por ver en ellos todo un modelo de progreso y cultura refinada.
Hoy, estos progresistas bien pudieran ser los mismos que los de aquella época, algo así como los que odian a España y se dejan llevar por los fanatismos de la independencia, creyendo, además, que todo lo de fuera es mejor que lo de dentro.