Insisto. Lo mejor de triunfar es que te da patenten de corso
para actuar en la vida. De cualquier situación saldrás airoso y exultante. Y toda
tu biografía estará llena de infinitas luces y de mínimas sombras.
Si tus padres sufrieron por los tremendos disgustos que les
dabas, es que ellos nunca te entendieron. Si te fue mal en la escuela porque
eras un golfo y un vago, la culpa es de los maestros que no supieron pulir la
joya que tenían en sus manos. Si dices sinrazones, idioteces y groserías, te
reirán la gracia y te echarán incienso porque solo tu presencia ya es digna de
alabanza. Si tomas, fumas, bebes, conduces…, se te perdonará todo, cosas de tu
ingenio. Si vives en la incoherencia, porque dices una cosa y haces otra, los
hipócritas son los demás. Si pagas con desprecios y maldades a alguien, es que algo
grave te habrá hecho. Si obras con insolencia, es que los otros no son dignos
de mejor trato. Si te has casado y divorciado unas cuantas veces y has tenido
variadas relaciones, es que ninguna pareja supo estar a la altura de tu amor. Si
alguien dijera lo más mínimo en tu contra, quedará estigmatizado hasta los
huesos. Si defraudas, engañas, buscas atajos, te aprovechas…, mil aplausos
porque es grandioso ser tan listo. Si haces lo que te sale…, bien hecho está. Todo
permitido. Si triunfas, todo permitido. Y en tu pueblo y otros pueblos te
concederán títulos, honores, nombramientos y reconocimientos a mansalva… Y todo,
sencillamente, porque los genios son geniales.
Si no triunfas, te quedas en un vulgar ciudadano, servicial,
currante y honrado…, lo que quieras, pero, al fin y al cabo, en muy poquita
cosa.
Y luego dicen algunos moralistas que para qué esas ansias de
casi todos por llegar, por ascender, por triunfar… Pues por eso, porque si te conviertes
en la masa de lo ordinario y la mediocridad diaria no se te abrirán las puertas
de ningún sitio, ni te invitarán a banquetes, ni te sentarás en los primeros
bancos, ni obtendrás ayudas, ni te saludarán los pudientes, ni te recibirán las
autoridades… Y si cometes cualquier mínimo error caerá sobre ti todo el peso
del castigo. Serás nada de nada. Te indiferenciarán hasta las hormigas de tu
casa… Y te morirás en un rincón, entre silencios y olvidos.
Hay que triunfar. Sin más remedio. Hay que triunfar… Pero
triunfar no es fácil. Aparte de valer hay que estar tocado, hay que tener
estrella, es decir, un halo especial y mágico que haga que cualquier cerilla
que enciendas parezca una hoguera inmensa, y cualquier ruido que realices
aparente ser una sinfonía del mejor de los conciertos. Y aquí radica la cuestión.
Las estrellas las reparten los dioses sin que sepamos muy bien el modo del
sorteo, solo eso, que a unos pocos les toca mientras los demás se tocan las
narices.
Hay que triunfar. Cueste lo que cueste. Insistentemente. A
Dios rogando y con el mazo dando. Dicen. Sólo que algunos, la inmensa mayoría,
no tienen mazo y Dios no saben dónde está.
Hay que triunfar. Yo ya lo estoy consiguiendo. Mi nombre ha
salido en los créditos del final de la película que le han dedicado a los
genios de Úbeda.
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