Se estaba viendo venir. Antes del 30 y 31 de julio del presente año a mí ya me llamaba la atención ver cómo llegaban a nado numerosos marroquíes cruzando de Marruecos a Ceuta. No se le quiso dar importancia. Como tampoco se le quiere dar a las numerosas pateras reguladas por las mafias que llegan casi todos los días a las costas de Murcia, Canarias o Balares.
Cientos de inmigrantes llegan en barcas hasta las mismas playas donde andan bañándose las familias. Subyuga verlos llegar, tirarse al mar y alcanzar la costa con la impunidad de los dioses antiguos. Se les ve dichosos de lograr el objetivo, se saben en su casa, ya nadie se puede meter con ellos.
Y desde ese instante en que se sienten poderosos se les va el miedo. Las leyes los ampara. Esas leyes que nos hemos impuesto nosotros mismo, los demócratas de Europa. La última de esas leyes tan graciosa es la que dice que si se llega a un país sin cruzar frontera física alguna ya no se le puede expulsar, es de los nuestros. Y así, para solucionar el problema, en dos días se le pone al mar una larga tira de plástico hinchable. Genialidades de este gobierno nuestro con sus miles de asesores.
Y es que con lo que no contaba nadie es con lo sucedido en Ceuta. De golpe una invasión de más de 80.000 musulmanes entre subsaharianos y marroquíes. Tanta cantidad de inmigrantes como habitantes tiene la ciudad. Y claro, eso es algo insostenible.
Les diré una cosa. Estos inmigrantes, muchos de ellos, son unos descarados. Hace unos días, finales de agosto, noche muy calurosa, hacia las doce de la noche, teniendo la ventana del salón abierta, pasó un grupo de jóvenes inmigrantes. Entonces unos cuantos se asomaron con desfachatez pidiendo que les abriera la puerta. Finalmente, solo quedó uno, que se apostó a los barrotes y se me quedó mirando fijamente como retándome. ¡Qué pasa!, le dije. Y sin responderme siguió con la mirada fija en mí, como si su estado de superioridad fuera infinito. Finalmente opté por ignorarlo y volví a posar los ojos en el televisor. Poco después, se dio media vuelta y se marchó con los demás. Quedé preocupado. Es de esos momentos en que a uno le da un cierto resquemor solo con pensarlo. Así que me hago a la idea de lo que debe ser para los ceutíes tener, no ya unos cuantos inmigrantes merodeando por sus calles, sino varios miles invadiendo su territorio.
¿Y ahora qué? Ahora estamos en una encrucijada de difícil solución. Si se les expulsa, habiendo entre ellos varios miles de menores, estaremos incumpliendo las leyes. Si se les deja será difícil traerlos a la península por motivos de cantidad. Y lo mismo con el resto. Los que vienen en pateras a nuestras costas se les recibe con amabilidad por medio las ONGs, se les presta abogados de oficio y se les da una serie de consignas para que se sepan proteger hasta que el Gobierno les dé los papeles de permiso definitivo. Los invasores de Ceuta son tantos que nos han superado los controles. No se puede hacer más rápido.
Hay quien opina que se podría aplicar el estado de excepción, así tal vez se podría devolver a los invasores de un modo rápido. No lo sé. Lo único que sé es que Ceuta está en peligro de extinción y los ceutíes, los autodenominados “caballas”, hasta más allá de la coronilla por la invasión y sentirse abandonados a su suerte.
Mientras tanto, es preocupante el silencio del gran rey de Marruecos, Mójamela sexto, que nada dice. Un superhombre ante quien todos han de rendirse, hasta el señor Infantino, presidente de la FIFA, que no pudo hacerle más reverencias el día de la fiesta del trono. También estuvieron en la fiesta algunos ministros de nuestro gran gobierno.
Un gobierno, por cierto, agarrado por el sultán, el comendador de los creyentes, sin que sepamos por qué, ni para qué, solo que desde que le entregamos el Sahara no hay quien le tosa, y eso que la izquierda andaba protegiendo este territorio en espera de un referéndum que nunca ha llegado. Pero, claro, la izquierda traga con todo lo que le imponga la otra izquierda, que siempre será mejor que la derecha extrema y la extrema derecha.
En resumen, que los miles de inmigrantes que nos han llegado no son tales, esos son solo los que llegan en pateras a otras muchas ciudades de la costa. Estos de Ceuta son invasores y como tales había que haberlos devuelto en su día por donde entraron. Ahora ya es demasiado tarde. Los marroquíes se han envalentonado y ya piden a las claras la posesión de Ceuta y Melilla. La encrucijada nos ha asfixiado.
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