miércoles, 1 de mayo de 2013

EL REGALO DE LA EXISTENCIA


Ayer tarde fui a visitar a un viejo amigo enfermo. Lo hallé demacrado y sin fuerzas. Desde finales de año, por culpa de una extraña infección, no levanta cabeza. Ha perdido el apetito y se pasa el día sentado en el sofá. Se emocionó al verme. Las lágrimas caían de sus ojos, lentas y serenas, como llenas de añoranza.

            Intenté animarlo. Le hablé de que todos, sin remedio, pasamos por días malos. De que lo esencial ahora era luchar para sobreponerse a las adversidades. De la necesidad de revestirse de coraje para salir de las noches oscuras que nos llegan de repente y cuando menos lo esperamos. De que lo importante es aprender de los infortunios que nos invaden para mejorar, para cambiar el rumbo de la nave en la que íbamos por mares equivocados, lanzando lastres y sanguijuelas al agua, porque no sirven para otra cosa que para obnubilarnos la conciencia y sorbernos la sangre. De lo hermoso que es reencontrarse, tras el túnel, con uno mismo y perderse, gozoso, en un caminar solitario disfrutando de paisajes y músicas irrepetibles...

             “En cuanto vengan los días buenos, saldré yo también a dar un paseo.” Me dijo. “Nada más salga el sol, voy a intentar que salga también mi sol de dentro, ése que he tenido oculto porque las nubes de las ambiciones y los egoísmos, de la lucha diaria, me lo han tapado impidiéndome darme cuenta de que estaba vivo. Espero que no sea demasiado tarde y me recupere. Si Dios me da una nueva oportunidad no pienso desaprovecharla”. Concluyó.

            No sé. No sé si se obrará el milagro. Ojalá. Por lo visto las cosas andan complicándose. Lo único verdadero es que siempre nos damos cuenta de lo hermoso de la vida cuando estamos a punto de perderla. Nos creemos eternos, pensamos que la muerte sólo se da en los demás. Y no somos capaces de despojarnos del disfraz con el que nos vestimos cada día y, en la desnudez de lo que de verdad somos, gozar todo lo más posible de las estrellas y de la lluvia, de un sorbo de vino, de una sonrisa que se ofrece, de la lectura de un libro que busca hacerse amigo de verdad..., de un paseo contemplando las montañas y escuchando el canto de los pájaros, de un beso de buenas noches...

            ¡Qué pena que para muchos vivir sea un sinvivir! ¡Qué pena! No obstante, hay quienes, los menos, saben que la existencia es un regalo que sólo tiene sentido desde la paz interior y la huida de cuanto representa la maldad. Otros, la mayoría, por el contrario, pasan la vida sin saber siquiera que han vivido. Conozco incluso a un señor que cerca ya de los ochenta, en lugar de dedicarse a vivir en paz y disfrutar de la hermosura de las rosas y las espigas, anda coleccionando -y así desde que nació-, disputas ambiciosas sin escatimar la siembra de todo tipo de cizañas para conseguir sus objetivos, porque, según dice, no piensa morirse nunca.

No me extraña. Siempre el mal, como el peor de los cuervos, acaba enloqueciendo y sacándole los ojos al que lo crea y lo cría. 

viernes, 12 de abril de 2013

POBRE ESPAÑA


La extrema izquierda verdadera, no esa listilla y pícara que vive entre el caviar y el mercedes, el cuento y el amiguismo, sino la del martillo y la hoz, la del rojo puro, la marxista, estalinista y leninista, la castrista, la comunista, la chavista, la norcoreana, la china..., puede tener muchos defectos, pero es coherente. Va a las claras, aunque a veces, cuando andan en territorio por conquistar, tenga que usar estrategias disfrazadoras. No creen en la democracia. Creen en la dictadura de la ideología única. La del poder que va en una misma dirección marcada. Y no se esconden. Su obligación es romper.  De ahí que se declaren laicistas, perseguidores de la religión católica, partidarios del aborto, del sexo libre y cuanto antes, del desenfreno moral..., destructores de todo lo que sea educación, tradición, familia, valores, liberalidad, capital... Y hasta que no alcanzan el poder son rebeldes, agitadores, acosadores, manifestantes panfletarios, contrarios al orden establecido... Y en aras a alcanzar un poco más la meta, callan cuanta corrupción surge en los más próximos a su pensamiento. Por eso apenas protestan ante las injusticias cuando mandan los más allegados a su círculo de pensamiento, como los socialistas, incluso cuando ven que éstos toman decisiones que erosionan derechos, aumentan el paro y empobrecen a la población, o cuando saben que se inyectan miles de millones a los bancos, o se producen desahucios a pobres personas, pero las montan sin miramientos cuando es la derecha la que hace algo semejante. Aparte, llevados por sus ideales corporativistas, mientras caminan hacia el objetivo, se ayudan los unos a los otros con cargos, honores, publicaciones y, sobre todo, con subvenciones impresionantes... Con la añadidura de que todo aquél que no se incorpore a la ideología no será bien visto, se le apartará y se le indiferenciará, tenga el talento que tenga. Todo lo que sale de ellos está bien, es razonable, positivo. Todo lo suyo es cultura, arte, progreso, modernidad, altas miras, libertad..., lo demás es anticuado, carca, retrógrado, facha, fascista... Y así, a base de decirlo una y otra vez, a golpe de gota de agua sobre la roca, lo consiguen, minan a la gente. No tienen prisa. Su único fin es llegar a la dictadura del líder –del proletariado dicen ellos–, cueste lo que cueste. De ahí también que se alíen con quien haga falta, con terroristas, separatistas, anarquistas, nacionalistas...

            Y muchos inocentes, lejos de ideologías políticas, como ocurre en Andalucía, van y se rasgan las vestiduras cuando esta extrema suprime líneas en la enseñanza religiosa concertada, o cuando no dan ni un euro y atacan a cualquier actividad que huela a lo que no es de ellos, o cuando salen a la palestra y dicen que matar a un niño en el vientre de su madre es un derecho básico..., que los que defienden la vida no son otra cosa que una secta minoritaria recalcitrante y rancia que está en contra de la mujer, la libertad y el progreso. Pero, ¿por qué extrañarse? La extrema izquierda tiene las ideas claras. Repito, es coherente.

Los que no tienen ideas ni son coherentes son los de derechas. Los de ni agua ni pescado. Los que quieren el poder por tenerlo, por el disfrute de mandar. De ahí que sean acomplejados, pusilánimes y torpes. De ahí los bandazos que dan. Por eso cuando manda la derecha no se mueve nada de importancia. No se atreven. No quieren problemas. Saben que la extrema izquierda, aunque sea sin motivos, no los van a dejar en paz, pero mucho menos si encima se alejan de la línea marcada, porque de ese modo les darán razones más que suficientes para pegarle fuego a la Cibeles. Los de derechas, además de no tener ideología, todo lo más preocupación por lo económico, tampoco tienen coraje. Por eso hacen lo contrario de lo que prometen, se esconden, no salen a la calle, hablan con suma prudencia, no realizan cambios, juegan al juego de la avestruz... Y, pensando que pueden sentirse más tranquilos, siguen dando a los mismos las mismas leyes y las mismas ayudas y las mismas glorias. A sabiendas, incluso, de que los Brutos, así les des lo que les des, andan siempre con el pañal bajo la toga. Y es que la derecha, aparte de boba e incoherente, es también masoquista.

Pobre país el nuestro. Con izquierdas coherentes, pero dictatoriales, y con derechas no sólo incoherentes sino acobardadas. Pobre España. ¿Cual de las dos, como a Machado, me helará antes el corazón?

viernes, 22 de marzo de 2013

ETIQUETAS


En España hay un grave problema que se viene generando desde hace mucho tiempo y se va agravando con el paso de los años: el de las etiquetas.

            A toda persona, privada o pública, en cuanto gesticula, habla o expresa sus sentimientos, se le clava en su perfil una etiqueta que le marca de por vida y le limita ante los demás ya para siempre.

            Todo lo etiquetamos. Aquí se es de derechas o de izquierdas. No hay término medio. Hay blancos y negros absolutos, ningún gris. Y ya puedes hacer o decir cuanto quieras que de nada te vale. Si te han etiquetado de derechista, ya hables a favor de los pobres, de la indignidad de los poderosos, del ladroneo de señoritos, banqueros y empresarios, de la paz, la igualdad, la libertad y la fraternidad y en contra del capitalismo..., no eres más que un fascista, un carca, un reaccionario y un retrógrado disfrazado, por más, además, que vistas con telas haraposas, te dejes la barba, lleves el pelo sin peinar, parezcas sucio y te pongas al cuello el pañuelo palestino. Y si te han etiquetado de izquierdoso, por más que hables de tradiciones, de valores, de creencias en Dios, de estar en contra de la empresa pública, del aborto y de la cultura y el arte subvencionados..., por más que te vistas con traje y corbata de Armani, lleves un mercedes, pares y comas en hoteles y restaurantes de lujo, y tengas propiedades, millones en paraísos fiscales y bajo la cama, te seguirán llamando camarada rojo.

            Aquí no vale lo que tú pienses y digas que eres, sino lo que los demás piensan y dicen que eres. Y es un grave error que, de no variarse, no llevará a nada bueno, porque mata las conciencias, ciega las miradas y genera violencia. Cada vez nos empeñamos más en poner etiquetas y, mirándolas, salir en defensa a ultranza, o airadamente en contra del sinvergüenza y embustero de turno según sea de los míos o no.

            Todo esto, al fin, triste, muy triste, y que se solucionaría, sencillamente, con dejar de poner etiquetas en la espalda de la gente. Por sus obras los conoceréis. Y porque además cada uno puede decir libremente que es de derechas o de izquierdas, y merecer tanto unos como otros el mismo respeto... Como también es digno del máximo respeto el que exprese nos ser ni de uno ni de otro bando. Los que no son dignos de respeto son los corruptos y mentirosos, porque esos no tienen color, ni bando, ni ideología, son solamente ladrones y falsos. Y con éstos, consideración y tolerancia cero. Absolutamente. Todos en contra de ellos a muerte: y a devolver el dinero y a la cárcel.

viernes, 1 de marzo de 2013

LA LECCIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI


El día 28 de febrero de 2013, a las ocho en punto de la tarde, la guardia suiza pontificia dejó la vigilancia y las puertas del palacio papal de Castel Gandolfo se cerraron. En esos instantes, el Papa Benedicto XVI dejaba vacante la silla de Pedro.

            El Papa, mejor dicho, Joseph Ratzinger, volvía a la soledad, a encontrarse consigo mismo, con su yo de entonces, de cuando decidió seguir en los primeros años de su vida a Cristo desde la entereza de su corazón para darse a los demás desde sus talentos y, sobre todo, poder alcanzar la salvación eterna.

            No nos engañemos, todo cristiano, todo católico convencido de verdad, en el fondo, sobre todas las cosas, espera, confía en que cuando llegue la hora de su muerte, cierta e inevitable, de la que no se puede escapar, Dios lo abrace y lo recompense resucitándolo para que goce de su banquete eterno.  

            De ahí que todo cristiano, católico de verdad, intente alejarse del pecado, estar en paz con su conciencia. Nada le agradan las luchas ni nada material le mueve. Todo lo contrario, sabe que muchos de los que lo rodean no hacen más que medrar a costa suya, ansían poderes y privilegios, andan envueltos en la hipocresía más denigrante, son sucios, falsos, traidores, hasta satanases disfrazados de luz... Y un Papa tiene que luchar contra ellos, y encima de manera prudente, pacífica, nada escandalosa... Y así un día y otro. Agobiante. Cada mañana sobre la mesa de su despacho cientos de documentos indignos, amenazantes, divisorios, desconcertantes... a los que dar respuesta y solución. Cada tarde, presiones, solicitudes, críticas, denuncias, intolerancias, relajaciones... Y claro, llega el momento en que un Papa, pasados ya los ochenta, cansado, delicado de salud, por muy Papa que sea, se mira a sí mismo y se da cuenta de que no puede más, y lo que es peor, se irrita, se desconcierta, sufre, no comprende, se harta..., y, claro, él mismo se ve perdiéndose en medio de la jungla de las oscuridades. De ahí que, lógicamente, haya decidido retirarse a la soledad más absoluta para encontrar esa paz del peregrino que anda ya su última etapa, y unirse así, sin sombras, en alma y cuerpo, con el único que tiene en verdad que hacerlo, olvidándose de todo y de todos, con su Señor Salvador.

            Y eso ha hecho Benedicto. Y ha sido valiente hasta el extremo, y más después de la lección de su antecesor Juan Pablo II, que murió abrazo a la cruz del dolor, cayéndose de anciano y enfermo, siendo fervientemente alabado por todos y puesto como ejemplo a seguir por la misma Iglesia. Benedicto ha sido valiente y no ha seguido esos mismos pasos. Su paz y su salvación ante todo. ¿Para qué quiere uno el mundo si pierde su alma? Benedicto así, ha dado, al mismo tiempo, toda una lección a tanto mequetrefe mundial agarrado al cargo como una ventosa. Pero Benedicto he hecho más, nos ha mostrado un sendero, nos ha abierto una puerta al futuro, tanto a próximos papas como a todos los seguidores de Cristo. Yo mismo, en cuanto pueda, en cuanto vea que mis fuerzas no responden al vigor que necesito, seguiré su ejemplo, y me retiraré a mi convento particular de clausura, lejos de todo y de todos, para sólo orar, meditar y estar con quien ha de ser mi juez, mi luz, mi descanso y mi eternidad. La selva en la que habitamos está cada vez más llena de hienas, buitres y serpientes, algunas tan venenosas que, si te descuidas, cualquier picadura te puede llegar a cegar y costarte la muerte para siempre. Demasiado peligroso y demasiado en juego como para andar a cierta edad metido en la vorágine. 

jueves, 21 de febrero de 2013

FEBRERO LOCO


Qué hermoso es este mes de febrero con sus almendros en flor. Mes al que llaman, desde muy antiguo, loco. Y cuando lo llaman loco será por algo. Y no creo yo que sea sólo por la variabilidad del tiempo... No, no. No es sólo por eso. Qué va. Febrero es loco porque algo pasa en este mes que nos descentra. En febrero: el Carnaval, que ya hay que estar majaretas para disfrazarse más de lo que nos disfrazamos diariamente.

            En febrero el Miércoles de Ceniza, y las iglesias, que aparecen casi vacías los domingos y fiestas de guardar, se llenan porque hay que recibir la ceniza para que no olvidemos lo que olvidamos nada más salir a la calle camino del bar: que polvo somos y en polvo nos hemos de convertir. Religión la nuestra más cerca de la superstición, los ritos y los folclores que del verdadero compromiso de creer de corazón y darse a los demás. En febrero también la locura de los corruptos, que pierden la cabeza hasta el punto de echarse basura unos a otros, volviendo de paso más locos a los jueces que ya se caen al suelo de mareados. Locos como Bárcenas, con decenas de millones de euros en el banco y esquiando en Canadá, y para más recochineo el otro día nos hace la peineta a su llegada a Barajas. En febrero también más de Urdangarín y, lo que faltaba, más de la Infanta, del Rey y de Corina. ¡Dios bendito! Y en febrero, los premios Goya, enjambre de locos, porque locos hay que estar para que unos señores y señoras, lujosamente vestidos por marcas carísimas, que viven como marqueses, pernoctan en hoteles de cinco estrellas, comen en restaurantes de siete tenedores..., a costa de subvenciones estatales, salgan a darnos lecciones demagógicas de izquierdismo. Y en febrero, por si faltaba algo, la celebración del Día de los Enamorados, que hay que estar, además de un poco tontos, idos del todo para caer en la trampa que han inventado los grandes almacenes.

            Muchas cosas pasan en el loco febrero, ya ven. De ahí que no sea extraño que hasta el Papa Benedicto XVI, loco también, dicho sea con el mayor respeto y consideración, presentara, casi por primera vez en la Historia de la Iglesia, la renuncia al cargo. Y locos los católicos, porque no cesan de alabar esta decisión. Una decisión valiente, ejemplar, extraordinaria..., dicen. ¿Pero no quedamos hace pocos años, cuando el bendito de Juan Pablo II no podía más y lo veíamos lleno de achaques, cayéndose de anciano, con parkinson, que ése era el camino, que había que aguantar clavado a la cruz del dolor y la imposibilidad sin bajarse, hasta la muerte; que ése era el testimonio ejemplar de un verdadero seguidor de Cristo? Ya vemos como febrero, en su locura, es amplio en su gama de colores y en sus contrastes, y es que todo, una vez más se demuestra, depende del color del cristal con que se mira. 
 
            Y en Úbeda también la locura de febrerillo actuando. Y locos han de estar unos padres para agujerear a los hijos con cigarrillos. Y locos los que roban galgos y nos roban hasta el alma. Y locos los que cobran por entrar en Santa María, nuestro mayor templo, después de haber sido restaurado totalmente con dinero público, y locos-pillos los que se aprovechan de ello para el negocio turístico, y locos los que dicen de no cobrar ni un céntimo, porque los idealistas, los soñadores, los cristianos de catacumba y los ateos no están bien de la cabeza... Y locos los de Izquierda Unida por creer que encerrándose va a dimitir el alcalde, cuando aquí no dimite ningún político así lo pillen con los sobres en la mano. Locos todos. Y yo el primero, que iba a escribir de lo hermosas que están las flores de almendro en este mes, y he acabado resbalando en el cieno. ¡Qué locura! Lo siento.     






sábado, 9 de febrero de 2013

¿MALA O BUENA SUERTE?


De vez en cuando me viene a la mente “La otra parábola del hijo pródigo” que me relató el viejo que conocí en el parque y dejé impresa en este mismo blog. Tenía que tener algún tipo de respuesta. Y miren por donde, creo que me la dio el viernes pasado una buena mujer que conocí en la clínica donde vengo recibiendo rehabilitación por culpa de un accidente.

            Hablando del hecho, la señora me hizo saber que todo lo que nos suceda hemos de aceptarlo desde lo positivo y la buena disposición. Y me contó su experiencia:

Hay personas, como yo, que creen que les ha sucedido un mal y lo que resulta es que han recibido un gran bien sin saberlo. Entonces se rebelan, se enfurecen, protestan, renuncian incluso de su fe... Y no saben que han recibido un regalo del cielo. Desde que me sucedió a mí lo que voy a relatarte, mi vida cambió. Ahora mismo ando mal de las cervicales por culpa de una caída, y estoy haciendo rehabilitación... De lo que me alegro de todo corazón. Por algo será.

            Verás. Hace ya tiempo, subí, curva peligrosa tras curva peligrosa, en un viejo coche que tenía, a la cima de una reconocida montaña, muy visitada en invierno por los esquiadores, y no muy lejana del pueblo donde nací. Desde niña me seducía la idea. Después del atrevimiento, y tras contemplar el bellísimo paisaje que desde ese lugar se divisa, decidí echar combustible en la única gasolinera que allí había. Le pedí al empleado me sirviera 40 euros de gasolina 95. Me indicó que debía pagar en la oficina. Y hacia allí me dirigí. Regresé al coche y observé que al sacar el empleado la manguera del surtidor se derramó una poca en el suelo. Me pidió disculpas. Le dije que no tenía importancia. Me despedí dándole las gracias y me alejé a toda prisa. Poco después de salir de la gasolinera, el coche comenzó a dar fuertes tirones al tiempo que lanzaba un chorro enorme de humo por el tubo de escape. Y así anduve alrededor de dos kilómetros, hasta que se detuvo. Enseguida, comprendí que en la gasolinera se habían tenido que equivocar de combustible. Andando regresé hasta ella y lo comprobé. Y, efectivamente, estaba en lo cierto. Entonces, llamé al empleado y le hice saber de su error. “¿Error? ¿Qué error? Le he puesto gasolina 95, señora”. Me dijo. “Pues eso mismo, que usted no me ha servido ese tipo de combustible, sino gasoil. Sencillamente, se ha equivocado de manguera. Todavía en el suelo está la mancha. Examínela”. Se fue hacia ella, la rozó con el dedo, olió y comprobó que, efectivamente, yo llevaba razón. “Lo siento. No sé cómo ha podido suceder. No lo entiendo.”

            Todo el trayecto que hice andando, ida y vuelta, del coche a la gasolinera, fui quejándome de mi mala suerte, de por qué todo tenía que salirme mal, de que estas cosas sólo me pasaban a mí... Y, mirando el cielo, tan cercano en esa altura, me quejé a Dios agresivamente de lo mal que lo hacía conmigo, de los disgustos que me daba, de lo injusto que era, de cuánto estaría disfrutando de mi infortunio... De que hasta aquí había llegado mi relación con él. Que punto final a mis creencias.   

            Llamé a asistencia en carretera. Y, horas después, vinieron a por el vehículo. Era ya bien entrada la noche. Pasé frío hasta casi congelarme, incluso miedo; más que miedo, terror. ¡Qué cruel era la vida conmigo! ¡Qué mal me pagaba! ¡Qué injusticia!

            A los dos días, fui el taller a ver si ya habían limpiado el depósito del vehículo y estaba en condiciones. Y, ¡oh sorpresa!, mi coche –me dijeron-, cuando llamé a la grúa, iba ya sin líquido de frenos, se había derramado por completo, y lo peor, la dirección estaba muy dañada, a punto de romperse. Una curva más y no hubiera podido controlarlo. Salirme de ella, o de la siguiente, hubiera sido inevitable. Y con ello la muerte. Seguro.

            Me quedé de piedra. Por poco me da algo. Reflexioné avergonzada: ¿Equivocándose el empleado de la gasolinera, tuve entonces, mala o buena suerte? Desde ese día no me quejo ya por nada. Al contrario, todo lo doy por bueno.

            Me volví a quedar desconcertado. Luego, reaccioné. Y, sin saber por qué, entendí que también el encuentro con esta señora había sido por algo. Lo mismo para que le haga saber su experiencia vivida, tal y como ella me lo ha contado, al viejo del parque. A lo mejor, le ayudo. Y eso hago.

domingo, 27 de enero de 2013

EL MAESTRO


El maestro se fue haciendo de fama a lo largo de muchos años.

El maestro era un hombre servicial y generoso que daba clases después de la jornada laboral a quienes quisieran visitarlo. Y no eran pocos los que acudían a su casa. Allí, el maestro abría su libro con parsimonia y serenidad, y comenzaba a explicar lecciones magistrales que dejaba fascinados a cuantos asistían. Luego, comenzaban las opiniones, los comentarios, los debates..., y el maestro dejaba hablar y dejaba discutir; finalmente, exponía sus pensamientos, sus pareceres, sus reflexiones... Y, terminada la clase, todos marchaban contentos y satisfechos de lo mucho que sus corazones recibían.

Jamás quiso el maestro cobrar. Todo lo daba gratis. Y era feliz. Tenía, la verdad, trabajo, no era fácil la tarea de enseñar a quien no sabe, pero como veía que sus alumnos eran receptivos y tenían fe en las lecciones, el maestro no desfallecía y pese a su avanzada edad, aún seguía ahí, subido al estrado, frente a su libro, repartiendo su conocimiento a los hombres y mujeres de bien...

Bueno, de bien, lo que se dice de bien, no eran todos. Al final de su vida, se topó con un grupo de discípulos que buscaron sibilinamente amargarle la existencia, por lo que debajo de palabras amables e incluso laudatorias, sembraban maledicencias y lo miraban con recelo, odio y envidia. Cada vez que veían al maestro abrir su libro de la sabiduría y exponer un tema que sorprendía y sobrecogía, cuando no asombraba, se les ponían los ojos rojos de codicia... Tener ellos ese libro era algo por lo que estarían dispuestos a vender incluso el alma al diablo... Por lo que tenían que hacerse de él, fuese como fuese, costara lo que costara...

Y se pusieron de acuerdo. Primero, logrando que a las clases no asistiera nadie que fuese verdadero seguidor del maestro, sólo aquéllos que, haciendo como que lo admiraban, pretendieran aniquilarlo. Todo con tal de apoderarse de ese excepcional libro que daba el poder, la sapiencia y la grandeza.

Hasta que llegó el día señalado. Primero, lo calumniaron ante el pueblo, que comenzó a dudar de su bondad, generosidad y sabiduría. Luego, dieron un pasó más y lo llevaron ante la justicia, inculpándolo de más de medio centenar de delitos..., pero como el juez no vio indicio alguno, porque nada malo había hecho a nadie, conspiraron para lo peor: asesinarlo. De ese modo el libro, por fin, sería de ellos, y podrían entonces montar una escuela donde asistieran cientos de alumnos y se les cobrara para, de este modo, hacerse ricos, ser famosos y lucirse concediendo entrevistas en importantes medios de comunicación.

Así que una noche de lluvia, entraron sigilosos en casa del maestro y, mientras dormía, lo agujerearon a navajazos. El maestro quedó ahí, muerto, con los ojos cerrados pero en paz. Él siempre habló de la esperanza y en esos momentos un velo de color cielo parecía revestirle el rostro. Bajaron deprisa hasta el espacio de la clase donde, sobre el atril, se hallaba el espléndido libro que el maestro siempre abría para dar cada día su lección maravillosa. Y sí, efectivamente, allí estaba, impresionante, elegantemente encuadernado, mágico, grandioso... Uno de ellos, el más falso, porque siempre andaba bebiendo agua bendita, lo tomó en sus manos e hizo que los demás se sentaran en los bancos, quería dar una primera lección para ser el primero en saborear el licor de la alabanza y sentir el gozo de verse aplaudido por sus compinches...

Sólo, sólo que al abrir el libro encontró más de mil páginas numeradas, más de mil, pero todas, absolutamente todas... en blanco.

sábado, 12 de enero de 2013

LA OTRA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO


Una mañana, hablando con un viejo solitario en el parque, al salir la conversación acerca de Dios, éste me declaró haber sido durante muchos años un creyente fiel y cumplidor, pero que ahora era un “agnóstico perdido y muerto”. Yo le quise invitar de nuevo al camino de la fe basándome en que siempre se puede volver al Padre, que nos espera con los brazos abiertos. Y le recordé la parábola del Hijo Pródigo. Él, entonces, mirándome con cierta pesadumbre, me habló diciendo: “Conozco perfectamente esa parábola del evangelio, pero yo tengo escrita otra no menos verdadera en mi corazón”. Al mostrar mi interés por conocerla, expuso:

            “Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven de ellos: Padre, dame una parte de la hacienda que me corresponde. El padre se la dio. Pocos días después, el más joven, terminados sus estudios de abogacía, reuniéndolo todo, y tras decirle al padre que le dejase marchar y que no quería saber nada de él, partió a una tierra lejana. Allí comenzó a vivir su vida de un modo completamente libre e independiente.

            Pero el padre, que le profesaba un profundo amor, siempre, desde la distancia, estuvo preocupado y pendiente de él. Cuando el hijo decidió unirse en pareja, no casarse, porque consideraba el matrimonio como algo anticuado y retrógrado, el padre movió los hilos para que conociese a una mujer excepcional. Con ella tuvo tres hijos, llenos de salud y talento. Pasado el tiempo, la dejó por otra más joven, con la que tuvo dos hijos más. Cuando un día, por culpa de no pocas orgías, bañadas de sexo, alcohol y drogas, cayó enfermo, el padre, en secreto, costeó los mejores médicos para que lo sanasen. También en una ocasión, al verse denunciado por unos desfalcos que hizo, el padre logró que retirasen las denuncias. Su vida, por lo tanto, no le iba mal. Vestía elegantemente, disfrutaba de los mejores coches, tenía casa, chalet, yate... Viajaba con mucha frecuencia. Gozaba de amistades, e incluso alcanzó grandes reconocimientos. El padre, haciendo uso de sus influencias, consiguió que el hijo llegase a ser juez supremo y recibiese honores y galardones en distintos países, y que en la ciudad donde tenía su residencia oficial, le levantasen un monumento en gratitud por su labor en defensa de las libertades y la justicia.

            En ningún momento el hijo menor tuvo un recuerdo para el padre ni para la familia. Como si no existiesen.

            Por el contrario, el hermano mayor, que se quedó junto al padre y no quiso abandonarlo, trabajó sin descanso como jornalero en una de sus muchas fincas. No se graduó en nada. Apenas si tenía para sus gastos. Su habitación era una de las más normales de la casa. Algunas veces le pedía al padre que le dejase labrar nuevas tierras más amplias, pero no le daba permiso. Otras, le rogaba le ayudase a solucionar hechos puntuales, pero el padre no tenía tiempo. Así que su vida fue tan normal como mediocre. Se casó después de varios fracasos amorosos, pero no tuvo hijos. Enviudó muy pronto. Y cuando en una ocasión fue perseguido, apaleado y denunciado injustamente por disentir con los otros obreros por ser desleales con su padre, éste no movió ni un hilo porque cada palo debe aguantar su vela. También, las veces que estuvo enfermo, apenas recibió más atención que la del médico de cabecera. El hijo mayor no llegó a tener amigos, ni ascendió en el trabajo, ni recibió aplausos, ni alcanzó honor alguno. Pero todo lo aceptaba con resignación, humildad y esperanza.  

Pasado un tiempo, el hijo menor regresó a casa del padre. Todos creían que lo hacía porque había reconocido su error. No fue así. Vino a solicitar el resto de la herencia que le correspondía. Pese a ello, el padre, nada más verlo a lo lejos, salió corriendo para arrojarse a su cuello y abrazarlo con todas sus fuerzas. Inmediatamente, mandó traerle ropa cómoda, le regaló un anillo de oro, le preparó la habitación más lujosa de la casa, mandó matar el mejor becerro e hizo sonar la música y los coros de la fiesta. El hijo mayor, entonces, le reprochó a su padre, con el debido respeto, tan extraño, por no decir injusto proceder. El padre, sin inmutarse, sólo le dijo: Yo soy quien elijo y quien decido, y nadie eres tú para reprocharme nada.

Y el hijo mayor, que estaba encontrado y vivo, acabó perdido y muerto.”

El viejo se levantó entonces, y antes de marcharse, clavando sus ojos en los míos, apostilló: “El que tengo oídos que oiga”. Y todavía, hoy, algunos meses después, le sigo dando vueltas en mi cabeza a su “Otra parábola del hijo pródigo”.