De
izquierdas eran los de antes, los hombres envejecidos a los cuarenta y las
mujeres viejas a los treinta, los obreros explotados de las fábricas, los
jornaleros de sol a sol cuando eran llamados a la faena, las sirvientas que
servían a los señoritos hasta quedar con las manos hinchadas, las rodillas
descarnadas y el pecho seco que ni leche daba para amamantar a sus hijos, los
que caían muertos de repente en plena siega y trilla, no por golpes de calor,
sino por debilidad suprema, por agotamiento, por hambre física. De izquierdas
eran los de antes, los que soñaban con quitarse de encima el yugo de los reyezuelos
opulentos, bobos y promiscuos, de dictadorzuelos vivales y aprovechados, de
caciques sin alma, de capitalistas codiciosos e insensibles, de mala gente…, para
encontrarse con un amanecer de justicia, de igualdad, de fraternidad…, y de
libertad.

Y lucharon
por ello. Y entre los luchadores más utópicos estaban los anarquistas, los
poetas sobre la superficie de la conciencia, los jilgueros del campo sin
alambradas, las luciérnagas de las noches oscuras, los amantes de la gran
libertad… No querían ni estado, ni partidos políticos, ni poder, porque todo
ello suponía opresión, sumisión, rejas, candados en la persona. El hombre es
bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe, decía Rousseau, a quien
siguieron otros ideólogos anarquistas, como Stirner, Tolstoi o Bakunin. Por
ello, para no corromperse, es fundamental una educción exquisita que impida que
nadie se malee, y así poder configurar un mundo en el que vivir en paz, en
armonía, en justicia, en igualad, en connivencia con la naturaleza, en
responsabilidad…, sin perder, por ello, la propia individualidad, lo que lo
diferenciaba del marxismo, comunismo o socialismo que aboga por un poder sobre
todo poder denominado “dictadura del proletariado”, donde la masa colectiva
anula completamente al individuo. Por lo tanto, el sueño anarquista era
alcanzar un mundo ideal donde prevaleciera al bien común sin perder por ello la
individualidad, de modo que si todos nos comprometían sin falsedad a vivir por
el bien de todos, sabiendo que la vida no es más que una parada compartida en
el tiempo, no había entonces necesidad de policías, ni de jefes de gobierno, ni
ministros, ni alcaldes, ni de nadie que dirija la vida de nadie, ni perturbe ni
maneje la libertad personal.
Luego, el
anarquismo se fue fragmentando en variadas tendencias, especialmente en
anarquismo individualista y anarquismo colectivista, éste más próximo al
comunismo. Pero ambos, en teoría y según sus partidarios, no supone desorden,
sino todo lo contrario, consideran que al surgir de la base y no ser dirigidos,
la organización será de plena armonía, de primer orden, tal como marcaba el
ideólogo Henri Lefebvre.
Pero el
anarquismo, tan idealista, tuvo que ser perseguido por peligroso e
irrealizable. Y lo mejor para ello fue etiquetarlo de violento y subversivo, aprovechando
que algunos impacientes por imponer el régimen usaron la fuerza tanto en sus
reivindicaciones como en su equivocada y sangrienta estrategia de derrocar al
poder.
Y a mí me
hablaron, dentro de lo poco que nuestros padres quisieron hablar de estas cosas
con sus hijos, de un hombre de la familia, de ideas próximas al anarquismo y partidario
del movimiento obrero a través del sindicalismo de la CNT, de los de izquierdas de verdad, partidario en
su día de la república, no por traer ella en teoría el ideal anarquista de
igualdad, fraternidad y libertad, sino en cuanto quería ver con su llegada un
paso para salir del estancamiento social, cultural y económico que asfixiaba a
la mayoría de la población de entonces, creyendo que traería trabajo para
todos, formación, enseñanza de calidad, igualdad hombre y mujer, libertad de
pensamiento y de expresión, virtud cívica y honesta… Llegando incluso en plena
guerra civil a crear una colectividad de trabajadores del mismo oficio en el
que daban todo y se repartían las raquíticas ganancias en equidad.
Este
familiar, recién acabada la guerra, fue denunciado, para ganar méritos ante los
cabecillas franquistas de la dictadura, por una trabajadora que no quiso
pertenecer al colectivo, siendo detenido por sus ideas y juzgado sin garantías,
hasta el punto de que, al no tener delito de sangre, fue condenado a cadena
perpetua, noticia que recibieron su esposa, hijas e hijo con dolor y lágrimas.
Pero era tan poco el valor que tenía una persona de izquierdas en estos juicios
sumarísimos, que en la relación hecha pública su nombre apareció
equivocadamente en la lista de los condenados a muerte. Enterada la familia
tuvo que luchar con todas las fuerzas del mundo contra aquellos gerifaltes que poco
interés tenían en subsanar el error, hasta que encontraron a uno que se apiadó
de los llantos y las súplicas de rodillas, y haciendo un esfuerzo, tras
comprobar las sentencias, corrigió el fatídico error que lo libraría de ser
fusilado. Y cumplió su condena en cárceles miserables, no hasta la muerte, pero
sí hasta quedar roto, hundido, enfermo y ciego. Y ya en la calle, seguir
luchando en su creatividad por construir anhelos que hicieran sacar a flote a
sus cinco hijos, de los cuales, cuatro –yendo, para asombro de muchos, en un
principio a Baeza a estudiar, andando, y copiando a mano los libros que les
prestaban los más pudientes, y presentándose luego a exámenes de estudios
superiores por libre–, obtuvieron al final las carreras que el régimen permitía
a las mujeres: una maestra y dos comadronas, y un practicante (le faltó unas
asignaturas para recibir el título).
Lo nunca
visto. Pero este salir adelante de aquellos hijos tenía sus raíces en el campo del
pensamiento del padre soñador que encontró un gran apoyo en el sacrifico
silencioso de su esposa que, pese a no saber leer ni escribir, se hizo unidad con
él para ambos salir de las penurias, y hacer que sus hijos no las sufrieran de
igual modo, soñando con la formación de calidad, el bien común, la igualdad, la
fraternidad, el amor, …, y la libertad. Y no cesó hasta su muerte de inventar,
de construir carruseles en los que los niños dieran vueltas para que no dejaran
de encontrarse con ellos mismos, haciendo además fotos, retratando, con ayuda,
de feria en feria, con su cámara minutera, a personas que quedaban así inmortalizadas
en instantáneas de quietud, caminando también, en sus horas perdidas, con
tristeza, de un sitio a otro, buscando una isla perdida entre la decepción y la
esperanza…, llevado de la mano de este lazarillo, su nieto, que hasta el
presente ha guardado todas estas cosas en su corazón, y que en este día de
mentiras y falacias políticas, vísperas de elecciones embarradas por tantos egoísmos
hipócritas, le quiere dedicar este trabajo en este humilde blog, para que sea
como un postrero homenaje de cariño y recuerdo a su persona, y sepan, de paso,
los sucedáneos oportunistas de izquierdas de ahora lo que es ser de izquierdas,
de izquierdas de verdad.