domingo, 28 de julio de 2013

HOMBRES DEL CAMPO


            Caminos de mi Úbeda asombrosa,
            estelas en el mar de los olivos
            mirando a las montañas misteriosas,
            llevando a las alturas de uno mismo.
           
            Caminos hacia siempre, hacia la aurora,
            hacia el sueño y la vida, hacia los siglos,
            hacia el libre misterio de las horas...
Caminos de mi Úbeda, caminos.


Y por los caminos... la magistral lección de los hombres de bien.

Cuando en las ciudades la hoguera de la soberbia, la falsedad, el desamor, la insolidaridad y la mala educación anda incinerando el corazón de aquéllos que las habitan; cuando el humo ya ciega las miradas y corre abrasando el alma y la conciencia de todos nosotros; cuando todo es ya una selva rodeada de fuego buscando empujar al abismo la convivencia y la tolerancia; cuando ya nadie sabe a qué viene tanta pesadumbre, odio y desconsideración, tanto desconcierto... Uno se va y se pierde por los caminos del silencio hecho sinfonía y encuentra otro mundo de hombres grandes y sencillos.

Son los agricultores, los hombres del campo, personas capaces de pararse si te ven para ofrecerte su coche, su tractor o su remolque, su agua y su pan, su ayuda... y siempre, siempre, sin excepción, te regalan su saludo, y no pocas veces sus palabras de ánimo, de comprensión y de amistad...

Llevo algunos años andando por esos caminos de mi Úbeda. Y jamás me he sentido desamparado. Cuando a lo lejos escucho la labranza de un hombre del campo, sé que cerca tengo una mano extendida que me prestaría toda la ayuda del mundo si la necesitase, un amigo que sin conocerme de nada no dudaría en socorrerme, un compañero del alma, compañero –otro Ramón Sijé– con el que hablar de la vida y de la muerte junto a las aladas almas de las rosas del almendro de nata.

Y es que el campo nos hace ser más nobles. En el campo todo es más humano y más hermoso. Todo es tan misterioso y tan grande que nos vuelve más pequeños y menos orgullosos, más sabios, mejores.

En el campo se lucha con la tierra sabiendo que somos tierra, parte de su forma, hijos de su entraña. Tal vez por eso, el labrador, el campesino que la trabaja y derrama en ella el sudor de su frente y de su corazón, se crea tan poca cosa y se sepa, al mismo tiempo, tan distinto, tan especial, tan único... Son, en el fondo, los seres más cercanos a Dios. Ese Dios que nos hizo del barro para que nunca nos creyéramos luz de estrellas.

En el campo, el mundo sigue siendo mejor. Mucho mejor. Es mejor pese a que algún perro sin alma pueda también ladrarte y hasta intentar morderte. Me convencí del todo cuando no hace mucho una destartalada furgoneta de pobres inmigrantes se paró para preguntarme si me llevaban a algún sitio, y, sobre todo, cuando un amigo de la infancia, que hasta ayer evitaba saludarme al cruzarnos por la calle, el otro día paró su coche para ofrecerme su ayuda pensando que algo me había sucedido, al verme andando, por ahí, perdido, en plena mañana, bajo el implacable sol del verano.

-Gracia. Sólo voy dando un paseo.
-De nada. Ahí, en ese cerro, tengo un olivar. Si alguna vez necesitas algo y estoy por aquí, ya sabes donde me tienes, sin ningún problema.

Desde ese momento y hasta llegar a la casa, mis ojos no veían con claridad porque una niebla de emoción me empañaba las pupilas.

Mi gratitud para todos vosotros, hombres del campo.  


viernes, 12 de julio de 2013

EL BAILE DE LA SERPIENTE CANALLA

“La venganza es sólo un placer de pequeñas almas”, decía el poeta latino Juvenal. Y venganza es lo que movió al pequeño hombrecillo, José Bretón, a asesinar a sus dos hijos.

            Lo tenía todo perfectamente planeado desde hacía tiempo. Su mujer se separó de él y para una persona arrogante y engreída eso es demasiada ofensa. Te vas a enterar. Si no te tengo yo a ti, tú no vas a tener a los niños. Y la venganza, que es una máquina motosierra movida siempre por el motor del odio, se puso en marcha y arrasó con todo el bosque de la clara inocencia.

            Se hizo de medicamentos fuertemente sedantes. Compró gasoil a cántaros. Se buscó coartadas. Se cuidó de tener el móvil apagado. Preparó el lugar del crimen. Encendió el fuego y arrojó en él los cuerpecillos de una niña de seis años y un pequeño de dos. Y cuando la lumbre lo redujo todo a cenizas salió rumbo al viaje de nunca regresar. Al parque Cruz Conde de Córdoba, donde apenas nada más llegar se le perdieron los dos pequeños. Alguien se los habría llevado. Una llamada al 112 y todo concluido. La venganza servida en plato frío. Incluso hasta tuvo tiempo, ya descargado del peso de querida ex-esposa ya no tenemos nada que nos una, ni que me una a tu despreciable familia, de coquetear con una antigua novia para reclamarle el beso que una tarde de muchos años atrás, por culpa de un flemón, le dejó a deber. Perfecto.

Pero a los débiles siempre se les coge porque, en el fondo, no suelen ser muy inteligentes. Y cuando todo estaba muy a su favor, sobre todo porque los cuerpos de los pequeños no aparecían, y los restos encontrados en la hoguera de su cortijillo eran, según la experta forense policial, nada menos que con treinta y tres años de servicio, venida de Madrid, de animalillos, aparece, diez meses después, el ángel de la justicia implacable con nombre y apellido (el doctor Francisco Etxeberría) para exponer, sin ningún género de duda, que los huesos hallados en Las Quemadillas eran inequívocamente de seres humanos. Y todo resuelto. La puerta en las narices.

            Estuve en el juicio. Pude hacerme de una acreditación y asistí a varias sesiones. Vi y escuché la declaración de testigos, forenses, arqueólogos, antropólogos... así como las llamadas telefónicas que fueron grabadas y los vídeos pertinentes... Vi cerca de mí, a dos pasos, al hombrecillo exmilitar que sirvió en Bosnia y se emborrachó de violencia porque las guerras siempre inyectan ardores feroces y ciegos en las venas. Entró y salió una y otra vez en la sala escoltado y esposado sin fijarse en nadie... Ahí, enclenque, pusilánime, sin apenas gesticular... Ahí, un cuerpo reptando hacia su propia escoria de muladar. Ahí, todo un ser despreciable y aborrecible que es capaz de engañar a dos criaturas limpias y puras, sus propios hijos, lo que más se quiere en este mundo, para después envenenarlos y, posiblemente aún vivos, quemarlos a más de mil grados. No hay motivo ni justificación que alcance tal extensión. No puedo creerlo. No puedo. Me resisto. Aún hoy, que ya no es presunto, sino culpable por unanimidad del jurado, me cuesta creer que en José Bretón, tan poquita cosa, tan nada, pueda albergarse un alma tan ruin y tan miserable. No es posible. Y más cuando dice el informe psiquiátrico que no es un enfermo mental. ¿Entonces? Lo mismo lo que necesita este hombre, aparte de la cárcel, es un exorcismo. En sus ojos, profundos e intimidatorios, si te acercas un poco, se pueden ver las tremendas llamaradas del fuego del infierno y en ellas a Satanás danzando el baile de la serpiente canalla. Terrible.  

miércoles, 26 de junio de 2013

POR LOS CAMINOS DE ÚBEDA

Es mucho ya el tiempo que llevo adentrándome en mi paraíso particular. Son espacios que están ahí, como perdidos, cercanos, pero llenos de un misterio de lejanía, donde los olivos te hablan en su lenguaje de sufrimiento y de esperanza, generosos cristos de troncos retorcidos que saben responder al golpe dando fruto y fruto en abundancia. Son lugares donde se pueden escuchar la música callada y la soledad sonora que tan místicamente supo definir nuestro frailecillo descalzo. Son balcones donde asomarse a un horizonte de sierras violetas y cielos azules, en círculo, en abrazo a la inmensidad del mundo y la pequeñez de lo que somos. Son paisajes vestidos de un romanticismo perpetuo que te embriaga el alma de paz y de sosiego, al tiempo que hace que la mente ascienda a los confines de las estrellas en un vuelo de infinitos encuentros con quien eres, para luego descenderte a la llanura ataviado de mayor humildad y más sabiduría.  

            Había, lo confieso, una Úbeda que fue mía. Una Úbeda, Dama de Sueños, que pese a los intereses creados, los malos gobiernos, las especulaciones insaciables y la siembra de plagiadores protagonistas que la venían poco a poco desvistiendo de su túnica de originalidad al tiempo que lijaban su pátina de antigüedad sorprendente, se mantenía bella y confidencial. Una Úbeda en la que me sentía feliz de ser uno de sus grandes amantes, a sabiendas incluso de que yo no era para ella ni tan siquiera el más pequeños de sus favoritos. Pero su corte de guardianes aduladores y arrogantes, tan vanidosos como envidiosos, ya no fingieron más y la desnudaron en muy poco tiempo de su gloria mágica para vestirla con el vestido del viejo rey desnudo, aunque para ello tuvieran, entre otras muchas barbaridades, que arrancarle sin contemplaciones el corazón con máquinas depredadoras para poner en su lugar un parking espantoso. Y le cambiaron los ojos que antes eran dorados como el sol, y su mirada se torno entonces fría y calculadora. La adornaron sin más con velos traídos del oriente sevillano y malagueño, así como con tules de lugares vistosos que sólo adoraban al dios moneda. Y cada amanecer aparecía más turística y folclórica, más pintoresca y festivalera, más anacrónica, maquillada además de leyendas para bobos... Y sin darme cuenta, empujado por una especie de golpe de estado de sus propios guardianes falsamente innovadores, maestros del plagio, triste por tanta apatía colectiva, decepcionado ante la traición de algunos amigos que no lo eran, cansado de una política de egocentrismos, una cultura propia contracorriente y una religiosidad poco evangélica..., dejé de verla, mejor, dejé de habitarla. Le regalé entonces mis versos más profundos y me exilié en otro territorio desde donde la podía seguir sintiendo y amando sin que me rozara su piel, ahora mucho más oculta, de muchacha asombrosa.

            Y desde ese exilio escribo. Exilio que a veces es de distancia física y casi siempre de distancia de ausencia consentida. Estoy aquí, pero no vivo en ella. Y, en su recuerdo, deambulo a su alrededor por el camino de la Carralancha, de la Vía y otras muchas veredas sin nombre, por las que cruzo pilares, traspaso riachuelos, paso túneles, transito pendientes, asciendo cerros...,  senderos por los que me pierdo con un sombrero en la cabeza y una caña en la mano, sin más, libre, completamente libre, anónimo, con las alas abiertas a la aventura de encontrarme conmigo mismo.
            Son caminos de los alrededores de Úbeda, caminos todavía especiales del sureste, caminos de fríos y calores, sequedades y lluvias, caminos desde los que veo, casi siempre al atardecer, el valle, las montañas, los cielos de mil colores..., y desde los que contemplo, perdido en el mar de olivos, a mi Úbeda del alma hecha barco, soñando que viene a mi encuentro para abrazarme y llevarme con ella al puerto de la autenticidad de un pasado que se hace futuro eterno sin perder su identidad de hermosa mujer de sueños.        

sábado, 15 de junio de 2013

EL VIRUS DE NUESTROS DÍAS

El virus de nuestros días, ese virus que anda metiéndose dentro de nosotros y nos hiere hasta llevarnos incluso a la muerte, se llama confusión.

            Y todos lo hemos pillado. Unos a otros nos lo hemos ido contagiando. Hasta el punto que nadie tiene las ideas claras. El de izquierdas no sabe a qué pertenece. En el fondo –visto está– es tan capitalista como el que más y le gusta, como al que más, las propiedades, los lujos y las grandezas. El de derechas todavía peor. Éste no sabe ni en qué espacio se halla. Sus complejos, sus miedos, su rémora histórica de burgués y guerracivilista, su temor a que lo asemejen con el franquismo, lo obnubila y lo lleva al total desconcierto. Los creyentes andan en una especie de cuerda floja y no se atreven a hablar, y cuando lo hacen se justifican como pidiendo perdón porque saben que serán tachados de retrógrados cuando no de ignorantes. Y no digamos a niveles más altos, quien aspire a la intelectualidad no puede creer en Dios y menos en la Iglesia. Los no creyentes también andan dando tumbos, porque confiesan no creer, pero en el fondo dudan, ven demasiadas grandezas alrededor y coleccionan demasiadas preguntas sin respuesta. Un lío. De ahí que en medio de este enramado surjan elementos peligrosos, vivales, pillos, que hoy son una cosa y mañana otra. De ahí que nos gobiernen políticos incumplidores, mentirosos, falsos, sinvergüenzas, aprovechados, corruptos... De ahí que no haya honradez ni valores. De ahí tanta hipocresía y el hecho de que unos y otros andemos malhumorados e irritados. De ahí que todos vivamos en la tristeza, los recelos y la desgana. De ahí, en el fondo, el conformismo y que nada nos consuele. De ahí el triunfo del relativismo. De ahí la gran desesperanza que nos invade. De ahí la crisis en todos los aspectos de la vida.

Pero lo peor es que el virus de la confusión nos crea en el interior una extraña inmunidad de conciencia. Por lo que ya no diferenciamos la luz de las tinieblas. Por eso, los corruptos, los terroristas, los dictadores, los abortistas, los ladrones, los calumniadores, los maledicentes y hasta los maltratadores crean que nada malo hacen. De ahí el mundo al revés en el que estamos: con los mediocres y los ineptos ocupando infinidad de cargos, presidencias y poderes, alcanzando incluso glorias y honores, mientras que los excelentes andan relegados al ostracismo.

Y nadie tiene la culpa de todo esto, nadie es culpable de nada... Y es cierto, porque toda la culpa la tiene, amigos, sencillamente, este dichoso virus de la confusión que por el momento no tiene cura.

lunes, 3 de junio de 2013

DÍA MUNDIAL DE LOS PACIENTES TRASPLANTADOS

La Organización Mundial de la Salud y la Organización Nacional de Trasplantes, celebran el 6 de junio el Día Mundial de los Pacientes Trasplantados. Un día éste que nos debe servir para tomar conciencia de la importancia de darnos a los demás sin pedir nada a cambio.

            Hay donantes que lo hacen en vida por compatibilidad. Son aquellos que donan su médula, un riñón o un trozo de su hígado. Pero la mayoría de los donantes lo han de hacer cuando ya nada de lo que tienen les sirve. Cuando han fallecido. Entonces, nada mejor que dar lo que ha sido parte suya, ya inservible, para dar vida a quien estaba siendo asfixiado por la muerte.

            Un amigo mío, quien un día me saludó en un supermercado y a quien no conocí porque su rostros enjuto, demacrado y amarillento era más el de un fantasma que el de un ser vivo, y que me hablaba al modo de quien busca despedirse de uno para siempre, vive hoy gracias a un anónimo donante que murió por culpa de un accidente. Y anda feliz, gozando de las pequeñas y maravillosas cosas con que la vida nos regala cada instante.

            Ahora, otro amigo, con quien he compartido tardes gloriosas de arte y teatro, sufre el dolor y la angustia de ver que su hígado, por culpa de un virus, le ha dejado de funcionar. Lo mismo aparece otro donante y le regala nuevos años de vida.

            Pero de todos los casos, el que más me ha llegado al alma, es el de hace un par de días, paseando por Córdoba junto a mi hijo mayor, hematólogo en el Hospital Reina Sofía. De golpe se le acercó un niño de seis años, sin pelo, con los ojos redondos como dos lunas llenas en noche de verano, y se lanzó a sus pies para abrazarlo con fuerza al tiempo que su madre intentaba apartarlo, un tanto avergonzada por tanta ligereza. Venían del Corte Inglés donde le acababa de comprar una gorra con el escudo del Barcelona y que lucía con gozo y orgullo. De repente el pequeño se la quitó y se la dio a su médico: "Toma, para ti, que eres del Barça". Mi hijo lo abrazó y se la devolvió: "No, mejor quédatela tú. A ti te sienta mejor. Eres mucho más guapo que yo". Y el niño se fue de la mano de su madre dando saltos como si de un sabio saltamontes lleno de sueños y esperanzas se tratara.

            Yo, lo juro, en ese momento hubiera dado sin dudarlo la vida por salvar la vida de ese inocente. Entonces miré a mi hijo y le dije: “No es justa esta vida. Ese niño merece vivir muchos años”. “En eso estamos, papá”, me respondió mi hijo. “En eso estamos.”

            Felicidades a todos los que vivís gracias a que otros os dieron algo suyo. Y gracias a quienes vivos o ya en la otra orilla del cielo disteis parte de vuestro ser para dar vida a quienes la perdían y así seguir teniendo vosotros también vida por toda la eternidad. Felicidades a todos en este Día Mundial de los Pacientes Trasplantados.


viernes, 24 de mayo de 2013

YA CANSA ESTA GUERRA


Ya cansa esta guerra declarada contra la religión. Algunos partidos políticos cuando no gobiernan endurecen sus ataques y amenazan una y otra vez con romper el dichoso concordato Iglesia-Estado, algo que, sin embargo, nunca hacen cuando están en el poder. Y no será porque no han estado años. A ver si lo hacen de una vez cuando de nuevo lo ejerzan. Pero de cierto, que lo hagan de cierto. Y dejen de usar el cansino dicho como arma arrojadiza de distracción barata cada vez que se pierden en la selva de la ineptitud y la incapacidad. Y a ver si de paso suprimen también la asignatura de los colegios y dejan de subvencionar a la jerarquía. No estaría mal. Así harían que la Iglesia fuera libre, libre de verdad. Lo que espero es que hagan lo mismo con otras miles de ayudas y subvenciones que sólo sirven para la mamandurria y el enriquecimiento de amiguetes, apegados y listillos.

            No me cabe duda de que cuando esto suceda ya todos los problemas quedarán solucionados. Seguro. Por lo que, una vez la religión quede arrojada del ámbito de lo público y si puede ser también de lo privado, ya no habrá paro, ni injusticia, ni miseria, ni dolor, ni llanto... Una vez arrancada la religión de la sociedad esto será una balsa de aceite. Las reformas educativas serán magníficas y se acabará el fracaso escolar. La Navidad será una maravillosa fiesta de invierno en la que cantaremos boleros al nacimiento del Frío y pediremos regalos a Mama Muñeca de Nieve. La Semana Santa, la fiesta de la primavera, en la que celebraremos la pasión, muerte y resurrección de las flores del campo. La corrupción dejará de existir, el terrorismo quedará en un simple recuerdo humorístico y los separatismos en apenas un sueño ligero de verano. Además, cuando se aprueben leyes relacionadas con la inmoralidad, el pensamiento único y contra la familia, nadie pondrá el grito en el cielo. ¡Fuera la religión y todo sea por la libertad!... ¿La libertad? ¿Qué libertad? Si cada vez nos tienen más oprimidos, controlados, vigilados, sacrificados, exprimidos...; si cada vez tenemos menos espacio en el que poder movernos; si cada vez hay más cámaras instaladas en carreteras, calles, plazas, parques, hoteles, locales, establecimientos, servicios..., que nos observan, examinan y nos graban; si cada vez hay más censura y podemos hablar menos, si incluso estamos asustados y muertos de preocupación cuando no de miedo...

            ¡Muera la religión por opresiva! No cesan de gritar los muchos sabios y poderosos. Por opresiva..., cuando sólo busca el amor, la solidaridad, la paz, la justicia, la fraternidad, el compromiso, la alegría, la esperanza... ¿No será, de paso, que la religión es un espejo que nos despierta la conciencia que inevitablemente llevamos dentro pero que buscamos enterrar a toda prisa y por completo? El mundo al revés. Cada vez más al revés. Hasta el punto que vivimos en la pura contradicción: la de pan para todos, pero hambre para el pueblo y riqueza para la casta política y la acaudalada. La de todos somos iguales, pero unos menos que otros. La de no ser discriminados, pero la de serlo por el simple hecho de creer en Dios. La de ayudar y apoyar ante todo a los más indefensos de la sociedad, niños y discapacitados, pero la de buscar matarlos para que ni nazcan... ¡De locura! ¿Alguien lo entiende?  

miércoles, 1 de mayo de 2013

EL REGALO DE LA EXISTENCIA


Ayer tarde fui a visitar a un viejo amigo enfermo. Lo hallé demacrado y sin fuerzas. Desde finales de año, por culpa de una extraña infección, no levanta cabeza. Ha perdido el apetito y se pasa el día sentado en el sofá. Se emocionó al verme. Las lágrimas caían de sus ojos, lentas y serenas, como llenas de añoranza.

            Intenté animarlo. Le hablé de que todos, sin remedio, pasamos por días malos. De que lo esencial ahora era luchar para sobreponerse a las adversidades. De la necesidad de revestirse de coraje para salir de las noches oscuras que nos llegan de repente y cuando menos lo esperamos. De que lo importante es aprender de los infortunios que nos invaden para mejorar, para cambiar el rumbo de la nave en la que íbamos por mares equivocados, lanzando lastres y sanguijuelas al agua, porque no sirven para otra cosa que para obnubilarnos la conciencia y sorbernos la sangre. De lo hermoso que es reencontrarse, tras el túnel, con uno mismo y perderse, gozoso, en un caminar solitario disfrutando de paisajes y músicas irrepetibles...

             “En cuanto vengan los días buenos, saldré yo también a dar un paseo.” Me dijo. “Nada más salga el sol, voy a intentar que salga también mi sol de dentro, ése que he tenido oculto porque las nubes de las ambiciones y los egoísmos, de la lucha diaria, me lo han tapado impidiéndome darme cuenta de que estaba vivo. Espero que no sea demasiado tarde y me recupere. Si Dios me da una nueva oportunidad no pienso desaprovecharla”. Concluyó.

            No sé. No sé si se obrará el milagro. Ojalá. Por lo visto las cosas andan complicándose. Lo único verdadero es que siempre nos damos cuenta de lo hermoso de la vida cuando estamos a punto de perderla. Nos creemos eternos, pensamos que la muerte sólo se da en los demás. Y no somos capaces de despojarnos del disfraz con el que nos vestimos cada día y, en la desnudez de lo que de verdad somos, gozar todo lo más posible de las estrellas y de la lluvia, de un sorbo de vino, de una sonrisa que se ofrece, de la lectura de un libro que busca hacerse amigo de verdad..., de un paseo contemplando las montañas y escuchando el canto de los pájaros, de un beso de buenas noches...

            ¡Qué pena que para muchos vivir sea un sinvivir! ¡Qué pena! No obstante, hay quienes, los menos, saben que la existencia es un regalo que sólo tiene sentido desde la paz interior y la huida de cuanto representa la maldad. Otros, la mayoría, por el contrario, pasan la vida sin saber siquiera que han vivido. Conozco incluso a un señor que cerca ya de los ochenta, en lugar de dedicarse a vivir en paz y disfrutar de la hermosura de las rosas y las espigas, anda coleccionando -y así desde que nació-, disputas ambiciosas sin escatimar la siembra de todo tipo de cizañas para conseguir sus objetivos, porque, según dice, no piensa morirse nunca.

No me extraña. Siempre el mal, como el peor de los cuervos, acaba enloqueciendo y sacándole los ojos al que lo crea y lo cría. 

viernes, 12 de abril de 2013

POBRE ESPAÑA


La extrema izquierda verdadera, no esa listilla y pícara que vive entre el caviar y el mercedes, el cuento y el amiguismo, sino la del martillo y la hoz, la del rojo puro, la marxista, estalinista y leninista, la castrista, la comunista, la chavista, la norcoreana, la china..., puede tener muchos defectos, pero es coherente. Va a las claras, aunque a veces, cuando andan en territorio por conquistar, tenga que usar estrategias disfrazadoras. No creen en la democracia. Creen en la dictadura de la ideología única. La del poder que va en una misma dirección marcada. Y no se esconden. Su obligación es romper.  De ahí que se declaren laicistas, perseguidores de la religión católica, partidarios del aborto, del sexo libre y cuanto antes, del desenfreno moral..., destructores de todo lo que sea educación, tradición, familia, valores, liberalidad, capital... Y hasta que no alcanzan el poder son rebeldes, agitadores, acosadores, manifestantes panfletarios, contrarios al orden establecido... Y en aras a alcanzar un poco más la meta, callan cuanta corrupción surge en los más próximos a su pensamiento. Por eso apenas protestan ante las injusticias cuando mandan los más allegados a su círculo de pensamiento, como los socialistas, incluso cuando ven que éstos toman decisiones que erosionan derechos, aumentan el paro y empobrecen a la población, o cuando saben que se inyectan miles de millones a los bancos, o se producen desahucios a pobres personas, pero las montan sin miramientos cuando es la derecha la que hace algo semejante. Aparte, llevados por sus ideales corporativistas, mientras caminan hacia el objetivo, se ayudan los unos a los otros con cargos, honores, publicaciones y, sobre todo, con subvenciones impresionantes... Con la añadidura de que todo aquél que no se incorpore a la ideología no será bien visto, se le apartará y se le indiferenciará, tenga el talento que tenga. Todo lo que sale de ellos está bien, es razonable, positivo. Todo lo suyo es cultura, arte, progreso, modernidad, altas miras, libertad..., lo demás es anticuado, carca, retrógrado, facha, fascista... Y así, a base de decirlo una y otra vez, a golpe de gota de agua sobre la roca, lo consiguen, minan a la gente. No tienen prisa. Su único fin es llegar a la dictadura del líder –del proletariado dicen ellos–, cueste lo que cueste. De ahí también que se alíen con quien haga falta, con terroristas, separatistas, anarquistas, nacionalistas...

            Y muchos inocentes, lejos de ideologías políticas, como ocurre en Andalucía, van y se rasgan las vestiduras cuando esta extrema suprime líneas en la enseñanza religiosa concertada, o cuando no dan ni un euro y atacan a cualquier actividad que huela a lo que no es de ellos, o cuando salen a la palestra y dicen que matar a un niño en el vientre de su madre es un derecho básico..., que los que defienden la vida no son otra cosa que una secta minoritaria recalcitrante y rancia que está en contra de la mujer, la libertad y el progreso. Pero, ¿por qué extrañarse? La extrema izquierda tiene las ideas claras. Repito, es coherente.

Los que no tienen ideas ni son coherentes son los de derechas. Los de ni agua ni pescado. Los que quieren el poder por tenerlo, por el disfrute de mandar. De ahí que sean acomplejados, pusilánimes y torpes. De ahí los bandazos que dan. Por eso cuando manda la derecha no se mueve nada de importancia. No se atreven. No quieren problemas. Saben que la extrema izquierda, aunque sea sin motivos, no los van a dejar en paz, pero mucho menos si encima se alejan de la línea marcada, porque de ese modo les darán razones más que suficientes para pegarle fuego a la Cibeles. Los de derechas, además de no tener ideología, todo lo más preocupación por lo económico, tampoco tienen coraje. Por eso hacen lo contrario de lo que prometen, se esconden, no salen a la calle, hablan con suma prudencia, no realizan cambios, juegan al juego de la avestruz... Y, pensando que pueden sentirse más tranquilos, siguen dando a los mismos las mismas leyes y las mismas ayudas y las mismas glorias. A sabiendas, incluso, de que los Brutos, así les des lo que les des, andan siempre con el pañal bajo la toga. Y es que la derecha, aparte de boba e incoherente, es también masoquista.

Pobre país el nuestro. Con izquierdas coherentes, pero dictatoriales, y con derechas no sólo incoherentes sino acobardadas. Pobre España. ¿Cual de las dos, como a Machado, me helará antes el corazón?