viernes, 19 de febrero de 2016

CINCO AÑOS DE VIDA

El lunes, 28 de febrero de 2011, iniciaba este blog. Lo abría porque era consciente de que pocos meses después, en octubre, cerraría la puerta de un sueño en el que había gastado nada menos que treinta años de mi vida. Un sueño lleno de hojas en blanco en las que he dejado escribir y he escrito, en libertad e independencia, cuanto el pensamiento y el sentimiento han deseado y querido. Un sueño con alas blancas llamado revista IBIUT.

Y sabía que una vez clausurada la publicación yo no podía dejar de expresar mis anhelos, mis vivencias, mis pensamientos, mis reflexiones, mis sufrimientos, mis gozos…, porque hay una fuente, un río que mana en mi conciencia, un torrente que brota y corre por entre sus montes y llanuras, areniscas y pedregales, días de lluvia y noches de luz…, que si lo seco con silencios me seca él por dentro la vida.

Y aquí, tras el cristal de una pantalla, en esta página que no puedo palpar con los dedos, en este papel sin olor a imprenta que anda como en el aire, volátil, sin saber qué espacio ocupa, si es que lo ocupa, ni en qué carpeta queda recogida la realidad de las palabras; desde este monitor vidrioso dejo fluir mi agua de sed, temeroso y consciente de que alguien, alguna vez, puede, desde no se sabe qué distancia, cortar los hilos de estas computadoras que nos enlazan, de las que dependemos tanto, o de cambiar maneras, estructuras o programas…,  y ya haberlo perdido todo. Aquí, tan virtuales los caminos, tan etéreos, escribo mis comentarios, más que esperando sean leídos, esperando que, al escribirlos yo, me sirvan para superar la nostalgia y la melancolía, e impedir de paso que me asfixien los fantasmas de un pasado que no volverá, aceptando que todo tiene su tiempo y su lugar limitados, porque nada de lo que nos rodea es eterno.

Y así, exponiendo, por regla general, un par de veces al mes mis composiciones sentidas, he ido y voy avanzando hacia el océano inmenso de la eternidad con la mirada puesta en la línea del horizonte que cada vez veo más cercana. Y me aliento a mí mismo. Y de paso mato a ese gusanillo que me roe las venas de escritor que ha pecado de ser libre, de no arrastrase, de huir del fango de los intereses creados, de no andar en el barrizal de políticas injustas y mediocres, y menos aún en los vericuetos alucinantes de las subvenciones oficiales… De un escritor lleno de defectos y de errores, pero que no se ha vendido nunca, porque ya de por sí no vale demasiado y es consciente de que vendiéndose hubiera valido mucho menos.   

Y aquí sigo cinco años después, escribiendo este comentario conmemorativo. Sabiendo que cuento con algunos miembros seguidores y con otros que, sin serlo, entran de vez en cuando en el blog para leerme. Para todos ellos, para todos vosotros, cuente o no con vuestra estima, con vuestra mejor o peor crítica, sabed que os quedo muy agradecido, y no sólo por visitarme, sino porque el simple hecho de poner mi nombre en internet ya me marca un paso más en el contador del corazón, animándome así a saber que no estoy del todo solo.  

Cinco años ya con este blog de Ramón Molina Navarrete. Cinco golpes de mi mano llamando a la convivencia. Cinco gotas de lluvia de mi alma desbordadas para crear un mar por donde ya han navegado más de un centenar de barcos de papel rumbo al infinito.

Gracias de todo corazón.  

domingo, 7 de febrero de 2016

DÍA DE LOS ENAMORADOS

Estoy a favor de los que piensan que no debería existir un “Día de los enamorados”, por la sencilla razón de que el amor verdadero no tiene tiempo ni espacio, es tiempo y espacio en sí mismo, por lo que todos los días, horas, minutos y segundos, se esté donde se esté, tienen que tener una misma dimensión: la de sentir el fuego de la pasión brotada en el alma. Considerar que un día del amor es especial, es no conocer la eternidad de amar, en cuento todos los días, para quien ama, son particularmente especiales.

No obstante, la tradición nos deja como “Día de los enamorados” el día de San Valentín, sacerdote católico que casaba, en secreto, a jóvenes, en contra de la voluntad del emperador Claudio II, que consideraba eran mejores soldados estando solteros. Día, por lo tanto, dado a los regalos, las cenas románticas, las peticiones de mano… Pero día también que debe servir para reflexionar, para saber si dentro del corazón lo que se siente por alguien es amor verdadero, no ése de fiesta y diversión, pasajero, de ir tirando, de fachada, de excusas, de hasta que se nos acabe, sino de compromiso de vida por ambas partes, hondo, grandioso, de escalón diez, de superaciones, de gozos y sacrificios, de renuncias, de hogar, de pan partido y compartido, de en la salud y en la enfermedad, de dar fruto, de hasta la muerte, eterno. Ése que no te lleva más que a desear estar juntos y luchar por conseguirlo. Ése que te hace estar dispuesto a darlo todo, hasta la vida si fuera necesario.

Para los que creéis en el amor así y amáis así, con amor infinito, de envejecer juntos, de para siempre, os dejo este poema en el que creo. Felicidades todos los días de todos los años.


                        AMOR ETERNO
                                
            Conocernos fue un dardo al corazón,
            una explosión de lumbre en las entrañas,
            una fiebre embriagándose en la sangre.

Luego vino el licor de las palabras,
el roce de las manos para hacernos
de espuma y levedad, sueños con las alas
            ascendiendo a la cumbre de los besos,
a la luna mayor de las galaxias.

Después vinieron días con sus sombras
para nunca rendir nuestras miradas,
para juntos reír, llorar, soñar…,
para juntos saltar las alambradas
y ver que envejecemos sin que el viento
deseque el manantial de nuestra agua.

Conocernos fue un éxtasis de asombros.
Vivir juntos, arder para ser ascuas
y nunca ya morir; porque morir
será tan solo un vuelo en la esperanza
que nos lleva hasta el sol de la belleza;
ese reino de luz ilimitada
con orillas de azules y palmeras
donde seguir unidos ya sin lágrimas,
donde hacernos de gozo un solo ser,
            dos eternos viajeros infinitos
            que caminan desnudos por el alba,
dos estrellas formando un universo,
dos hogueras ardiendo en una llama…        

Pues ni muerte, ni tiempo, ni lugar
podrán romper la unión de nuestras almas. 

viernes, 29 de enero de 2016

CUANDO FLORECEN LOS ALMENDROS

Conocí en la entrega de premios de un certamen literario a un escritor que me marcó. Él obtuvo el premio en relato y yo en poesía. Ambos tuvimos que leer nuestros trabajos al público asistente, y tras terminar el acto nos fuimos a tomar una cerveza.

El escritor, bastante más joven que yo, me preguntó por mi vida, yo creo que como excusa para hablarme de la suya. Me confesó que estuvo casado y que su esposa se fue de la casa a los siete años de la boda, sin querer saber nada de sus dos hijos, dejándolos a su cargo. Que sus padres murieron en un accidente de tráfico pocos meses después. Que nunca quiso estar con ninguna otra mujer, porque sólo la quería a ella. Que le diagnosticaron problemas en un riñón y se lo extirparon. Que, como consecuencia, se quedó sin trabajo cuando contaba con cuarenta y pocos…, y que se vio casi mendigando por las calles para sacar adelante a sus pequeños. Que había escrito un libro sencillo, con diez relatos, y los iba ofreciendo por las terrazas y los bares a cambio de un donativo…, pero que recibía más desplantes, negativas e indiferencias que ventas. Todo lo más, por lástima, por caridad, tres o cuatro ejemplares al día.

Sentí compasión por el personaje. Todo un tipo que vestía al estilo de los hippies de los sesenta y se mostraba amable, educado, extrovertido… Aproveché la coyuntura y le pregunté que cómo era posible haber vivido tantas adversidades y tener, encima, si no alegría, si cierto gozo y vitalidad en el alma fruto de saber aceptar los reveses que la vida te va dando. Fue entonces cuando me hizo saber que siempre, en el fondo de todo, cabe la esperanza. “Mira el campo”, añadió, “cuando toda la naturaleza está muerta, los árboles sin hojas, las plantas sin color, hace frío, todo es gris y triste…, en pleno invierno, florecen los almendros, y sus flores son preciosas, y todo el paisaje parece que se contagia de tanta hermosura y hasta los pájaros entonan sus cantos con mayor primor”.

“Eres un poeta”, le dije. “Tenías que escribir versos y no relatos.” Sonrió, le dio el último trago a la caña de cerveza y se despidió. Pero antes de salir a la calle, tras escribir su nombre y su número de teléfono en una servilleta y dármela, se volvió hacia mí y me dijo: “Si alguna vez la vida te trae un árido verano, un otoño triste y un invierno doloroso…, piensa que en cualquier instante pueden florecer los almendros y llenarse tu corazón de fortaleza, de belleza, de amor y de paz. La primavera está cerca”.

Ayer, cuando salí a pasear por los campos serenos de mi Úbeda, siendo aún enero, me sorprendí al ver que algunos almendros ya habían florecido. Me emocionó la estampa. Me sentí entonces más animado. Y, sin saber por qué, me vino al recuerdo aquel escritor de relatos con el que compartí hace años un acto literario y cuya vida era todo un poema. Al llegar a casa miré en mi agenda y hallé su número de teléfono. Lo llamé por puro detalle, para decirle que al ver los almendros en flor me había acordado de él y de paso saber qué había sido de su vida. Tras una larga espera escuchando la llamada, por fin alguien descolgó el teléfono. Pregunté entonces por mi amigo escritor…, del que solo sabía su nombre. Añadí datos. “Sí, sí, ése es mi padre. En esta casa ahora vivimos sus dos hijos con mi madre, que regresó con él. La verdad es que se querían mucho. Él murió en febrero del año pasado, dos semanas después de que una importante editorial de Madrid le publicase la obra con la que había obtenido el premio internacional de novela Miguel de Cervantes…”

Seguro que murió cuando estaban todos los almendros del mundo en plena flor. Seguro. No me cabe la menor duda.

miércoles, 6 de enero de 2016

JULIÁN MORENO JIMÉNEZ: EL SEMBRADOR AGARRADO A LA TÚNICA DE JESÚS DE NAZARET

Cuando en la tarde lluviosa del día 5 de enero entré en “Cruz de guía”, que dirige y mantiene con gran destreza Eugenio Santa Bárbara, me encontré con el titular: “Fallece el cofrade y filántropo Julián Moreno”. Y dentro de la noticia, varias fotos de este hombre ejemplar que pasó por la vida haciendo el bien.

Sentí tristeza, pero distinta a la que duele, de esas que tienen un aroma de gozo brotando de su hondura. Un gozo delicado y profundo, de misteriosa felicidad. No hace mucho estuve con él. Fue en el templo de San Isidoro. Y, como siempre, tan cariñoso y amable, me preguntó por mis hijos y, en especial, por José Ramón, a quien tanto quería, porque ambos, entre otras razones, son seguidores de ese Cristo en la Columna al que aman con locura y que tanto representa en sus vidas. Y ese lazo, honesto y limpio, los venía uniendo desde hace lustros y por encima de todas las distancias.

El entierro ha tenido lugar hoy, día de Reyes, a las diez de la mañana, en la iglesia de San Isidoro. Demasiado temprano para una fecha tan especial. Sin embargo, no cabía un alfiler. Cuando entró el féretro, se hizo un silencio sepulcral. Allí, a su lado, bajo el atril del Evangelio, en medio de todos los directivos y numerosos cofrades con la medalla en el pecho, puestos en pie y firmes en señal de hondo respeto, aparecía majestuoso el estandarte de una de las muchas cofradías a las que pertenecía. Esa que, sin duda, más quería y más ha significado para él: “La Columna”. Así como el estandarte que simbolizaba y aglutinaba a todas las demás: el de la Agrupación de Cofradías.

Don Santiago, el párroco, acompañado por don Robustiano, ofició la ceremonia religiosa. Habló de Julián convencido del triunfo de su vida, expresando la certeza de que ya estaba disfrutando de la presencia del Señor. Por último, y antes de partir para el cementerio, sonó la marcha de la cofradía y lo llevaron a hombros hasta la capilla del Cristo que tantas veces, incansablemente, visitó a lo largo de su existencia. La emoción entonces nos embargó a todos. Y en todos los ojos de los allí presentes se nos hicieron de niebla las pupilas.

Sus cinco hijos, junto al resto de la familia, estaban rotos por el dolor, pero en sus miradas, pese a las lágrimas y el cansancio, brillaba un dulce sentimiento de orgullo. Todos sabían que su padre, ese hombre de vida excepcional dormido dentro del ataúd, ha sido un ejemplo de humanidad, de fidelidad, de trabajo, de entrega, de renuncia, de coherencia, de sacrificio, de oración, de esperanza, de amor… Desde la pobreza los supo hacer ricos y fue rico en bienes del alma. Viudo desde muy joven, hizo de padre y madre a la vez, y los llevó a todos a las nubes de la formación y la cultura para que cruzaran por la vida con alas de libertad y sencillez. Luchó por la fe, sembró evangelio, se dio a los necesitados y a los enfermos, visitó a los presos, dio de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos, acogió a los peregrinos y vistió a los desnudos… Y hasta a mí, soñador de versos, nunca dejó de animarme para que no desfalleciese en mi destino de ser y de darme.  

Le dije adiós desde el alma, pidiendo a Dios, en este año especial de la misericordia, no por él, sino por mí, para que me permitiera encontrarme de nuevo con su presencia en la otra dimensión y darle un fuerte abrazo por toda la eternidad. Y al verlo alejarse definitivamente dentro de su sepultura terrena, volví a sentir dentro de la pena que me seguía bañando una alegría serena y silenciosa… Y entonces supe por qué un hombre tan mayor y tan lleno de madurez como él se había ido en la víspera del día de Reyes. Sencillamente, pensé, porque debajo de ese cuerpo desgastado, repleto de cicatrices y de llagas, de heridas siempre perdonadas, de sembrador de vida, lo que había era un niño, un niño grande, un niño siempre agarrado a la túnica de Jesús de Nazaret… Y de los niños, nos dejó dicho el Señor, es el reino de los cielos. Que lo disfrutes, amigo Julián. Te lo has merecido.

lunes, 4 de enero de 2016

EL TIEMPO ENTRE NOSOTROS

Un año más que se nos va. Un año más que pasa envuelto en la capa de enigmas y se marcha de puntillas por las rendijas del almanaque. Y aquí nos deja, con nuestras ignorancias para engañarnos a nosotros mismos.

“No pasa el tiempo, pasamos nosotros”. Decimos. Y lo decimos con voz altiva, como engolada, cual filósofos de una Grecia de pacotilla a la sombra de la acrópolis de la modernidad.

Pero es mentira. Una mentira más. No pasamos nosotros. Pasa el tiempo por entre nosotros dejándonos cada vez que lo hace un corte en el tronco de nuestra existencia, buscando derribarnos contra el suelo para que seamos tierra. Algo así como lo hace un leñador cuando quiere talar un espléndido árbol del bosque.

Albert Einstein lo dejó bien claro: “El tiempo existe”. Y se puede demostrar. Ahí tenemos “la paradoja de los dos gemelos”. Si un hermano adolescente se queda en la tierra mientras otro viaja cerca de la velocidad de la luz, al regresar encontrará a su hermano hecho un anciano mientras él sigue casi igual de joven que al partir. El tiempo existe porque, afianzando esta teoría de la relatividad de Einstein, si fuera una simple percepción, como aseguran otros, en nada variarían tampoco los relojes atómicos cuando uno ellos se queda en tierra y el otro viaja en un simple avión por varias horas. El que vuela se retrasa.

Si el tiempo tampoco existiera seríamos eternos. Si el tiempo se detuviera nos quedaríamos tal y como estamos para siempre. Cuanto existe, por lo tanto, es un flotar en el éter de los instantes, que no tiene aparentemente piedad con nada ni con nadie, cual si fuera una especie de monstruo que sólo se alimenta de cuanto nace de él mismo, como un Saturno misterioso que sigilosamente devora a sus hijos.

El tiempo, por lo tanto, acabará con todo rastro de existencia. Acabará con el sol y los planetas, con las constelaciones, las galaxias, con el universo entero… Y, por supuesto, con todo rastro de vida. Después, tal vez, aburrido de haberlo hecho todo y hacerse él mismo nada, decida en la última milésima del último segundo, hacer estallar un nuevo Big-Bang, y tener un nuevo cosmos para volver a empezar a jugar en su rompecabezas de construcción-destrucción.

Lo mismo es que Dios es tiempo para que lo sintamos pero no lo veamos. Ya lo dijo Víctor Hugo: “Dios es la evidencia invisible”. Lo mismo la vida y la muerte son círculos concéntricos en la espiral de una misma cosa. Lo mismo ese tiempo que nos nace, nos ve, nos corta, nos hiere, nos vigila, nos marca y nos tira al suelo, y anda por nosotros, por cada uno de nosotros, pueda tener inteligencia y, por qué no, misericordia, y en un momento determinado decida, por lo que sea, sacarnos de su espacio y, bien por haberlo descubierto, o por ser especiales, o por algo que él considere, llevarnos de alguna manera hacia dentro de él mismo, para ahí, en su interior de infinita quietud sin relojes, ser eternos. Igual esa es la vida eterna de la que nos hablan las diferentes religiones, y de la que, en cierto modo, nos habla también la Biblia.

Se nos va un viejo año y nos llega otro nuevo. Pero nada de eso es en verdad. Otra mentira. Es el mismo que se pone y se quita la barba de la vejez para que creamos que todo es un nuevo volver a empezar, para que incluso brindemos para darle la bienvenida y nos deseemos felicidad en él... Como si él nos estuviera dando vida cuando lo único que hace, en realidad, es quitárnosla.

Al tiempo, por lo tanto, lo único que tenemos que hacer es respetarlo, aceptarlo e incluso amarlo, al fin y al cabo le debemos el hecho de habernos traído aquí y haber conocido las maravillas de la existencia. Y esto, después de todo, es un regalo excepcional que no tiene precio.  

viernes, 18 de diciembre de 2015

DÍPTICO DE NAVIDAD

Para todos vosotros estos dos sonetos a modo de felicitación con mis mejores deseos de BIEN por siempre.





                                                           I
                                   Es Navidad y brota la alegría
                                   a modo de una fuerza irresistible.
                                   Hay un hado de cielo hecho invisible
                                   que viste el mundo entero de poesía.

                                   Es Navidad y alumbra la utopía
                                   de hacer todo de amor, todo posible.
                                   De acabar con la noche, tan terrible,                        
                                   hasta salir de sol a un nuevo día.                              

Es Navidad y prende el alborozo.
Se iluminan los sueños por el alma
y sabe a eternidad cualquier historia.                                   
                                   Es Navidad. Venid hacia este gozo.
                                   Aquí hay un abrazo y una calma
                                   que nos hace sentir lo que es la gloria.




                                                           II
                                   Es Navidad y el sueño se hace vida.
                                   Todo prende de luz y es diferente.
                                   La música se eleva y se hace fuente
                                   para saciar la sed de tanta herida.

                                   Es Navidad y todo es bienvenida:
                                   la nieve, el frío, Dios..., sencillamente.
                                   Lo malo es que nos dure, tristemente,
                                   unos días tan solo la medida.

                                   Unos días tan solo compartidos.
                                   Apenas un fulgor en el que vemos
                                   que el mal del desamor siempre lo trunca.
                                  
                                   Es preciso sembrar y estar unidos.  
                                   Dame la mano, amigo, y lograremos
                                   que así la Navidad no acabe nunca.

                                              
                                                                      




miércoles, 9 de diciembre de 2015

RECOMPENSAS DE UN MAESTRO

La más hermosa recompensa que puede recibir un maestro es el cariño, y no sólo de los que son sus discípulos, sino, sobre todo, de los que lo fueron. Nada más gratificante que encontrarte con un viejo alumno y ver que te mira con aprecio y consideración.  

Yo, que lo he sido por tiempo de cuarenta años justos, sé de lo que hablo. Y ahora, ya jubilado, recibo, si no muchas, sí, de vez en cuanto, alguna que otra recompensa.

Confieso que he tratado a todos los alumnos y alumnas que he tenido con respeto y comprensión. A nadie he pegado, ni insultado, ni ridiculizado. A nadie tampoco he expulsado de clase. Es más, me congratulo de haberme llevado bien y ayudado, en general y en todos los sentidos, a mis educandos, y de un modo particular a los difíciles, especiales, problemáticos, pobres, gitanos… Tal vez porque yo en mi infancia sufrí duras discriminaciones y, en cierto modo, no podía evitar verme en ellos: incomprendidos, enjaulados, arrinconados, desmotivados, indiferenciados, desprestigiados… 

Y mereció la pena, porque ahora, transcurridos los años, compruebo que muchos de estos alumnos me estiman, demostrándomelo incluso con más vehemencia que otros que terminaron grandes carreras universitarias. Aquellos alumnos “difíciles”, “complicados”, “malos estudiantes”…, que ninguna licenciatura llegaron a obtener, me llaman desde donde me ven, se paran, me sonríen con gozo, me saludan con entusiasmo y me comentan acerca de su vida y de su trabajo.

Sirva como muestra de ello la vivencia que tuve una tarde de la pasada primavera, cuando andando por un sendero a algo más de cuatro kilómetros de Úbeda, distraído en mis pensamientos, escuché que alguien me gritaba desde lejos: “¡Don Ramón! ¡Don Ramón!” Me asusté y me detuve. Segundos después pude ver que por entre los olivos aparecía un antiguo alumno mío, de los difíciles, con un buen manojo de espárragos. Me saludo con afecto. Hablamos. Le dije que me gustaban mucho pero que era incapaz de verlos. Me llevó con él y me mostró una zona donde abundaban las esparragueras y cómo de entre ellas o cercano a ellas brotaban los espárragos. Me enseñó el modo de cortarlos con una pequeña navaja que tenía… Me alegró la lección, porque estaba dispuesto desde esa hora a ser un esparraguero más. Pero lo emotivo fue que al despedirnos me dejó en mis manos todo el manojo que llevaba: “Para usted, don Ramón, para que esta noche se haga una buena tortilla”.

Y viene todo esto también a cuento de lo que me sucedió ayer. Verán, hace tiempo, estando en el IES Los Cerros, en el primer ciclo de secundaria, había en la clase de 1º B un gitano más que problemático. Iba a lo suyo. Hacía lo que quería. Se escaba del centro saltando la valla. Se enfrentaba a los profesores. Vivía más en la sala de alumnos que en el aula… Pero hacía todo lo posible para no perderse las tres horas semanales de Geografía e Historia que yo impartía. Eso de escuchar hablar de los hombres primitivos, el planeta Tierra, las estaciones del año, los griegos y los romanos…, le entusiasmaba. Recuerdo que una mañana llegó con un coche teledirigido flamante. Me hizo una demostración de su funcionamiento y luego se puso a atender sin dar el menor problema. Días más tarde fue llevado a un correccional. Dejé de verlo por tiempo de más de tres meses. Hasta que alguien me dijo que se había escapado del centro de menores. Mi sorpresa fue que ese mismo día, al salir del instituto, estaba esperándome en la puerta para verme. Me alegró mucho el gesto. Hablamos un rato. Le reproché su modo de actuar, le dije que intentará aprender en esa institución y que no cometiera más errores. Años después supe que cumplía condena en la cárcel.

Pero ayer, en Córdoba, tomando un descafeinado y un pastel en una cafetería, se me acercó un joven elegantemente vestido para decirme que estaba invitado. Lo miré con sorpresa, pero no lo reconocí. “Soy…”, y me dijo su nombre, añadiendo: “el gitano que iba a sus clases en el instituto”. Y nada más decírmelo me lancé a él y nos dimos un abrazo fuerte, enormemente fuerte, tan fuerte que los dos teníamos al mirarnos los ojos vidriados por las lágrimas.

martes, 24 de noviembre de 2015

CARTA A LAS MUJERES MALTRATADAS

A vosotras, mujeres maltratadas, maldita la gracia que os hace que el 25 de noviembre se designe como el “Día internacional de la violencia contra la mujer”. Maldita porque lo que vosotras necesitáis no es un día dedicado, sino que todo el tiempo del mundo haya educación, formación, enseñanza y siembra de valores… Lo que necesitáis es que desde que se nace, en la casa, la familia, la escuela, la calle, el trabajo…, los hombres sepan de una vez por todas y para siempre que no son superiores a las mujeres.

La mujer es igual al hombre. Hombre y mujer son diferentes, hermosamente diferentes en el perfil físico, pero nada más. En todo lo demás son iguales. Iguales en derechos y obligaciones, en libertades y decisiones, en esencias y dignidades.

Lástima también, amigas, tantos dolores callados, sufrimientos, angustias, miedos, soledades… Para vosotras, por lo tanto, esta carta que os escribo. Carta que es un grito, no hacia ustedes que ya andan cansadas de gritos y de ruidos, sino hacia aquellos que os consideran inferiores, casi como un objeto, para rogarles y exigirles que se arranquen del alma la discriminación, el odio, la arrogancia y el falso orgullo… y vean en la esposa, la compañera, la novia, en definitiva, en toda mujer…, un ser de altura, único, irrepetible, especial, digno de amar y ser amado, pero a quien nunca se puede obligar a que te ame… Porque el amor sólo es grande y bello desde la libertad. 

Os animo, mujeres maltratadas, a la lucha. A salir del pozo. Ya sé que muchas desconfiáis de personas de despacho y políticos tan ineptos como falsos, que poco, en realidad, les interesa el tema, sólo quedar bien y aparecer en las fotos y medios de comunicación. Y cuando hay un crimen ponerse en grupo para guardar un cínico e ineficaz minuto de silencio. Cierto. Lo sé además por experiencia. Lo he vivido de una manera directa a partir de estrenar mi obra “Malos tratos” y llevar con el Grupo Maranatha más de año y medio representándola, con fines sociales, por numerosos pueblos y ciudades de nuestra geografía. Ahí he podido comprobar la mucha falsedad de no pocos políticos, políticos y ocupadores de cargos cercanos a políticos que dirigen y trabajan en Diputaciones, Ayuntamientos, Concejalías y Centros relacionados con la Mujer… Que sí, mucha palabrería, pero poca realidad, poco compromiso, poco convencimiento. Y demasiada mentira y engaño, excesiva hipocresía. Mucho sillón y ordenadores y aire acondicionado, y mucho salir a desayunar…, y también grandes sueldos y despilfarros a costa de la cúpula que levantan con los pilares de vuestra ignominia de dolor y humillaciones.

Pero también es cierto, y lo debéis saber y convenceros de ello, que tenéis a miles de personas dispuestas, de corazón, a darlo todo por vosotras, a dejarse el alma y la vida por vosotras, a morir por vosotras. Volad a ellas. No lo dudéis. Vale la pena el intentarlo. Vivir en el terror de cada día, es el peor de los martirios. Adelante. Ánimo siempre. Un abrazo desde el respeto y la consideración.