miércoles, 29 de julio de 2015

EL PELIGRO DE JUGAR CON LA HISTORIA

En esta sociedad nuestra hay muchas ganas de tensar la cuerda de la convivencia. En el fondo se tiene sed de conflictos. De lo contrario no se entendería esas ansias tremendas de querer cambiar el pasado, ese deseo casi enfermizo de volver lo blanco negro. Los políticos cada vez son más radicales y extremistas, más insensatos. Pretenden, apoyados por sus adláteres periodistas, comentaristas y adeptos, imponer sus ideas, cueste lo que cueste, como si fueran caciques de pequeñas tribus sin amplitud de miras, sin pensar siquiera que vivimos en un mundo global y nada somos ni podemos aislados y separados. De ahí que no entienda bien esas ganas de separatismos, de nacionalismos excluyentes, de dividirnos, cuando el ser humano debe tender a la unidad, a la solidaridad y al entendimiento, sin perder por ello la idiosincrasia propia como país, comunidad o ciudad.

De ahí que no entienda tampoco ese afán de no saber leer ni entender la Historia, que son hechos que suceden dentro de un contexto propio de un tiempo, de un espacio, de una forma de entender las cosas, de una manera de vivir, de pensar, de ser…, hechos que no se pueden extrapolar al presente, acoplar a los parámetros del hoy, ni se pueden borrar. La Historia debe quedar tal como fue, no para copiarla, sino para aprender de ella, sacar lo positivo y no volver a repetir lo negativo. La Historia debe ser también respetada, y si nuestros antepasados valoraron hechos y personas por su modo de ser, de creer o de soñar, y levantaron obras acordes a sus modos de sentir, nosotros no somos quienes para ahora, con nuestra mentalidad propia de una época, que también será, no me cabe duda, más que imperfecta y criticable para las generaciones futuras, despreciar y devastar lo que ellos construyeron. No se puede, por ejemplo, yéndonos a un pasado de otras edades, destruir la estatua levantada a un personaje determinado porque ahora pensemos que su forma de ser o de actuar no se acopla a nuestro pensamiento. Como no se puede, yéndonos al pasado próximo, dentro plenamente ya de nuestros parámetros de entendimiento, quitar, por ejemplo, una calle a una persona por el simple hecho de que sus creencias o ideas políticas no sean las mismas que las de los nuevos que llegan al poder, con la intención añadida de dársela a otra afín a ellos, sin analizarlo antes debidamente, sin aclarar los motivos, sin estudiar la repercusión social, sin consensuarlo políticamente, sin escuchar el clamor popular, porque, entre otras razones, así también legitimarían a los que viniese después contrarios a ésos a hacer lo mismo, llevándonos de este modo a una imparable cadena de quito y pongo que sólo conduciría a rencillas, odios y venganzas. Todo, además, no puede ser política. Como tampoco todo tiene que ser medida de las ideas particulares que profesamos y los modos de pensar que tenemos. Nada más maravilloso que ser unos de izquierdas y otros de derechas, ateos y creyentes, blancos y negros…. y todos respetarse, considerarse, aceptarse, incluso quererse más allá de pensamientos, ideologías, creencias, razas o sexo. 

Hoy, amigos, corremos el peligro de jugar con la Historia, acomodarla, tergiversarla, reescribirla, deformarla, mal enseñarla, cambiarla…, según interesa, según me conviene, según creo, según me va… Y eso es muy grave. Porque la Historia es como un ente vivo, como una bomba de relojería, que si no sabemos hacer uso correcto del reloj que la controla, nos puede estallar en las manos y acabar todos por los aires.      

viernes, 3 de julio de 2015

OPOSICIONES

Ayer asistí a un curso impartido por una autoridad teatral en Sevilla. El lugar del encuentro era un instituto de enseñanza media. Al llegar a primera hora de la mañana, me llamó la atención el ver en la puerta de entrada a numerosos chicos y chicas junto a varias personas mayores. “¡Qué maravilla!” Me dije. “El teatro vuelve a estar de moda. De nuevo hay jóvenes y personas mayores con los que contar para poner puestas en escena. Seguro que todos los aquí presentes están además revestidos de responsabilidad, espíritu de sacrificio y amor al arte. Savia nueva para un tiempo que se nos había tornado viejo.”

Pero me equivoqué. Cuando llamaron para entrar en la sala del curso, comprobé que cuatro y yo, cinco, nos adentrábamos en un aula donde nos esperaba, un tanto triste y decepcionado, el ilustre maestro. Me acerqué a él y lo saludé con respeto. Después le pregunté un tanto confuso acerca de por qué no entraba el resto del personal. “¿A quiénes te refieres?” “A los que andan en la puerta.” “Amigo, los de la puerta están ahí porque van a realizar el examen oral de oposiciones a Magisterio.”

Me llamó la atención la respuesta. Y desde la ventana cercana al pupitre donde yo me hallaba sentado, estuve más pendiente del ir y venir de los opositores y familiares que de lo que el señor profesor de teatro andaba explicando. Cuerpos que se movían nerviosos, cargados con mochilas repletas de actividades pedagógicas, con apuntes en las manos. Veía rostros desencajados, manos temblorosas, ojos a punto de estallar en lágrimas… Algo así como espectros perdidos y asustados a la espera de ser llamados para la guillotina. 

Cuántas horas de estudio. Cuántas semanas de academia. Cuantos dineros en libros, temarios, fotocopias, materiales, encuadernaciones… Cuántas noches de insomnio. Cuántos sacrificios. Cuántos días de oscuridad, de desesperanza, de depresiones. Cuántos desamparos y cuántas ganas de morirse. Cientos, miles de chicos y chicas con carreras, licenciaturas, doctorados, másteres, cursos formativos, idiomas, publicaciones… luchando a muerte por sacar una plaza de maestro de educación infantil que le pueda aportar algo más de mil euros al mes. Y a su lado, cientos y miles de padres y madres en vilo, temiendo lo peor, clamando al cielo, ofreciendo velas, dando su vida si fuera necesario con tal de ver a sus hijos del alma con un trabajo.

En el primer descanso que tuvimos, quise interesarme por la situación. Me acerqué entonces al tablón de anuncios: Pruebas escritas: Tribunal 1: Presentados, 169. Aprobados: 42. Tribunal 2: Presentados: 174. Aprobados: 51. Tribunal 3: Presentados: 159. Aprobados: 36. ¡Dios, qué escabechina! Pero bueno, supongo que, al menos, todos o casi todos los que han aprobado el escrito tendrán un puesto de trabajo fijo. Pero alguien a quien pregunto me lo aclara: “Sólo uno por tribunal obtendrá plaza.” ¿Uno? ¿Sólo uno por tribunal? ¿Quieres decir que de 502 presentados aquí –y eso mirando sólo este instituto de Sevilla– obtendrán plaza solamente 3? ¿Y no se le cae a nadie la cara de vergüenza? ¿Se puede jugar así con los sentimientos, las esperanzas y las ilusiones de los jóvenes? ¿Se puede alguien en esta sociedad sentir orgulloso de dónde hemos llegado?

Me sentí tan afectado que me acerqué a una de las puertas donde un joven de alrededor de treinta años exponía su programación y la unidad didáctica que por sorteo la había correspondido. Y lo hacía con maestría, con conocimiento, con desparpajo, apoyándose en un amplio y rico material por él mismo confeccionado. Al salir, empapado en sudor, la novia se acercó a él con lágrimas en los ojos para abrazarlo... “¿Qué tal?” “Bien, lo he hecho muy bien, pero no servirá de nada... Ya con ésta van cuatro. Y este año volverá a suceder lo mismo, ya lo verás.” Le decía el joven opositor mientras se perdían camino a la desolación y la impotencia.

De golpe, salió también de otra aula una chica muy enfadada porque el tribunal le había cortado la exposición de la unidad didáctica por pasarse de la media hora establecida y no la habían dejado concluir la exposición. “No hay derecho. Juegan con nosotros. Todo por una plaza, que luego, de seguro, es para algún enchufe… ¡Una guerra, eso es lo que tiene que venir, una guerra…!”, le decía con ira a sus padres que andaban esperándola consumidos.

Yo me sentí tan mal, tan unido a ellos en la lucha contra esta causa tan injusta, tan indigna y tan cruel, que decidí no volver a entrar en la clase de teatro y coger el coche para regresar lo antes posible a mi casa, mientras me decía: Y luego hay quienes se preguntan por qué el populismo crece como la espuma… Pues aquí tienen la respuesta, amigos, que es muy sencilla: porque la desesperación lleva al suicido.  

miércoles, 17 de junio de 2015

LAS ALAS QUE DAN LOS AÑOS

Decía el gran Ingmar Bergman que “envejecer es como escalar una montaña, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena”. Y es verdad. Conozco a muchas personas que después de una vida muy activa en sus respectivas profesiones y labores sociales, políticas y culturales, después de llegar a una cierta edad, han optado por retirarse a su particular monasterio de Yuste, en donde vivir sus soledades y sueños personales con el fin de dejar crecer sus alas en pura libertad sin impedimentos ególatras y alcanzar una vista más infinita y en calma.  

Toda persona que traspasa los sesenta, en mayor o menor medida, sabe que por mucha buena salud que goce, está mucho más cerca del atardecer que del sol del mediodía, y no digamos del de la mañana, y que la tierra anda ya construyéndole un cobijo hondo para su reposo infinito. De ahí que las personas mayores se hagan más sabias, más valientes, menos miedosas, y de ahí también que tomen la decisión de olvidarse de los poderosos y poner fin a cualquier tipo de pleitesía a los impresentables. Igual piensan que es la hora justa de dejar de acudir a compromisos que no van ni con sus ideas ni con sus convicciones. Ni a actos que organizan quienes sólo se acuerdan de ellos cuando buscan les sirvan de relleno, de bulto o de notorios palmeros. También toman la decisión de dejar de tragar sapos y que por no molestar, por no crear problemas, por mantener unidades de grupo, han tenido que devorar en infinitas ocasiones.

Y es por ello también por lo que huyen de lo chabacano y mediocre que tanto nos invade y tanto se fomenta. Y de las falsas estructuras altruistas que parten de necesidades económicas pidiendo ayudas y subvenciones y que no son más que disfraces para esconder bajo las apariencias de los soles dorados intenciones y réditos espurios, elegantes tapaderas del baúl de las codicias farisaicas. Y huyen de los laberintos de los intereses creados. Y de las sectas ideológicas que se atribuyen la autoridad moral de las cosas y enjuician y etiquetan según seas o no de su onda. Y huyen de los que sólo se acuerdan de tocar las campanas el día que ellos van a dar la misa. Y de los que se las dan sin ser nada. Y de los que se ocultan en la capa de hacer por los demás cuando lo hacen por ellos mismos. Y de aquéllos que quieren aparentar lo que no son para que los que son los dejen entrar en sus círculos de influencias, poder y honores. Y de los que creen que los pueblos les pertenecen. Y de los que buscan los primeros sitios y aparecer en todas las fotos. Y de los que están ebrios de sillones y moquetas para su propio beneficio.

Y todo esto me lo terminaba de confirmar un viejo amigo, periodista jubilado y pintor, el otro día, al encontrármelo por la calle cuando me disponía a acudir a una conferencia a la que me sentía obligado por un compromiso con el organizador y pedirle que me acompañara. “Lo siento –me dijo–, pero a bastantes conferencias he ido ya por narices. Estoy cansado de entrar en el círculo de las parafernalias, de las modas pasajeras, de las cartas marcadas, de para quedar bien… Y me da igual lo que piensen y lo que digan… Ahora creo en lo que quiero, y pienso como deseo, y escribo y pinto lo que me parece. Ahora voy y vengo, asisto, realizo, salgo, entro y acudo… donde me da la gana. Sin más.”

Y le di la razón. Y se la di hasta el extremo de darme media vuelta y marcharme a mi casa. Al encuentro de un libro que me esperaba y que una amiga mi había regalado la semana anterior: “Azúcar amargo”, de Christopher Hartley.

Y es que eso es lo que estamos viviendo, una especie de azúcar amargo, una dulce apariencia que al tragarla te deja siempre un regusto a agrio, a desasosiego, a disconformidad, porque nos la comemos en la mesa de la más grandiosa hipocresía. Y al probarla todos decimos que es dulce, pero al quedarnos solos la escupimos porque está llena del mal sabor del egoísmo, el vacío y la falsedad.

Más tarde, al acostarme, meditando sobre lo que me había sucedido, me vino a la mente el pensamiento del poeta Emerson, cuando decía: “La madurez es aquella edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. Y pensé: ¡qué razón lleva! Después, dejé volar los sueños y me dormí feliz. Y es que, al fin y al cabo, es eso: que los años no perdonan… O mejor dicho, como decía el anuncio aquél: que te dan alas.



lunes, 1 de junio de 2015

LA LECHE QUE NOS DIERON

La leche que nos dieron, pero si ya estamos a uno de junio. Habrase visto cómo corre el tiempo. Y menudo mes éste. Mes de los últimos exámenes, la selectividad, las oposiciones, las notas, los actos de finales de curso… Mes de la Feria de la Música, del Encuentro Internacional de la Poesía, del Corpus… Mes de los sueños, de la llegada de las vacaciones, de plantear dónde las vamos a pasar… ¡Pero si todo está carísimo! ¿No decían que habíamos salido de la crisis? La leche que nos dieron.

Y sobre todo, el mes de la toma de posesión de la nueva corporación municipal ante unos resultados que dicen mucho. Dicen del descontento de la gente, cansada de los incumplimientos y complejos del gobierno de la nación, pero también cansada de arrogancias, enclaustramientos, impuestos abusivos, huelgas a golpes de tambor, olvidos, denuncias tontas, conflictos…, de dejarse ciertas concejalías llevar por personas a sueldo, sibilinos, que en lugar de pensar en el bien del pueblo en general piensan en ellos y en sus propios intereses. Los resultados electorales dicen también que stop a los nuevos que llegan con la intención de aprovecharse de los que, según ellos, la casta se está aprovechando. Dicen que no puede un vividor deudor presentarse entre personas dignas porque todos a la calle. Dicen que no se puede querer ser eterno por mucho don de palabra que se posea. Dicen que votar a algunos partidos de grupos pequeños es tirar el voto. Dicen que repitan dos concejales cabezas de lista que se han dejado el alma honradamente y tienen ideas diferentes. Dicen que la nueva alcaldesa debe ser cercana, de puertas abiertas, justa, humilde, en contacto con los ciudadanos, valiente, gobernadora de todos y dada al bien y a la cultura de todos, y no sólo de unos cuantos radicales e intolerantes que son de pensamiento único y se atribuyen la autoridad moral y no dan valor a nada que no sea lo suyo. Listos que ya han empezado, sin esperar siquiera a que se siente en el sillón, a pedirle subvenciones en grandes cantidades para ellos y lo que traen de fuera, mientras ni migajas, ni un mínimo apoyo para los que piensan diferente, y trabajan por una Úbeda mejor que llegue a todos sitios. Y es que todo lo que no sea de su onda no es cultura. ¡Qué le vamos a hacer! La leche que nos dieron.

Mes también del Corpus, del día grande que brilla más que el sol. De ver por las calles, junto a la Sagrada Forma, a decenas de niños sin saber a lo que van, distraídos y revoltosos, luciendo sólo los trajes y los vestidos recién salidos de la superlimpieza. De ver las banderas sobre hombros presidenciales y las medallas brillantes en el pecho de los penitenciales y gloriosos, y que luego muchos de ellos se guardan hasta que se acerque la Semana Santa y se vuelvan a sacar del baúl del olvido de la coherencia donde se suelen guardar porque sólo entonces se recuerda a Dios. Perdón si ha molestado a algunos esta palabra. Que hay que tener mucho cuidado con lo que se dice.   

¡Vaya mes! Y encima me entero de que hoy, día uno, se celebra el Día Mundial de la Leche. Habrase visto las cabezas. Lo que faltaba. Pues, eso, la leche que nos dieron. 

           



viernes, 22 de mayo de 2015

EL SAN JUANITO DE MIGUEL ÁNGEL


He asistido en la sacristía de la catedral de Jaén a la conferencia pronunciada por Francesco Caglioti, de la Universidad de Nápoles, titulada “El San Juanito de Úbeda, obra maestra del joven Miguel Ángel”.

En ella, el ponente ha dado razones más que suficientes para demostrar que esta escultura del pequeño predicador del desierto es, de manera definitiva, obra del genio del Renacimiento cuando contaba con tan sólo veinte años, y a la que hacen mención sus biógrafos.

Para ello se ha basado en estudios y fotografías, comparaciones, análisis y eliminación de otras figuras de pequeños precursores parecidas que también se le han venido atribuyendo a Miguel Ángel.

Por último, trató de analizar la manera de llegar la escultura a la ciudad de los cerros. Para ello logra enlazar la cadena de herencias de las obras de arte de los Médici hasta desembocar en Cosme I que, por interese políticos, para poder afianzarse en el poder del estado florentino, necesitaba un importante apoyo, y ninguno mejor que el que podía prestarle al rey Carlos V. Y en ese camino estaba su omnipotente secretario encargado de los asuntos de Italia y ultramar, y gran interesado en la posesión de obras de arte, recibiendo en su carrera importantes dones diplomáticos. El conferenciante indica que en estas circunstancias lo mejor era regalar a Cobos algo de gran valía, por lo que asegura que ello fue la figura en mármol del San Juanito. Corrobora además esta idea el hecho de que en el año 1541, Cosme ya no tenía esta obra, ya que, por palabras literales del ponente, “éste pidió prestado a la familia Martelli el San Juan adolescente de Donatello para colocarlo en el centro de todo el aparato del bautismo de Francesco, su primogénito”. Una petición, continúa indicando Caglioto, “algo rara si él hubiera poseído el San Juanito de Miguel Ángel”.

El San Juanito fue llevado a Úbeda, vía Cartagena, por dos razones, la primera porque a Cobos no le convenía exhibirla en la corte, por entonces itinerante, evitando así de paso los comentarios un tanto dispares en cuanto a la cantidad y calidad de los regalos que recibía, y la segunda porque por entonces el secretario contaba ya con sesenta años de edad, y pretendía recoger todas sus posesiones artísticas en sus tierras andaluzas, como ostentación pública con la intención, de nuevo en palabras de Caglioti: “ de servirle para la ostentación pública de su piedad y de su celebración funeraria”.

Orgullo por lo tanto saber, casi a ciencia cierta, que el San Juanito, tan considerado siempre en nuestra ciudad, y que fue vilmente hecho trozos el 26 de  julio del año treinta y seis, y ahora, tras dos décadas de trabajos exhaustivos en el prestigioso Opificio delle Pietre Dure de Florencia, restaurado partiendo de los diversos y escasos fragmentos, entre ellos parte de la cabeza, que fue arrojada a la hoguera ennegreciendo su mármol de Carrara irremisiblemente, vuelve a tener forma y, tras ser exhibido en el Museo del Prado, regresar a su Capilla del Salvador para admiración de todos.

Enhorabuena a cuantos lo han hecho posible y felicidades a Francesco Caglioti por demostrar que el pequeño que al crecer será voz que clame en el desierto, y “el que de mujer no se ha levantado otro mayor”, según palabras de Jesús de Nazaret, es obra nada menos que de uno de los grandes genios de la Historia. Y para poner punto y final a las dudas, concluyó el profesor Caglioti su conferencia mostrando en una pantalla la pintura de Azor y su hijo Sadoc, de la genealogía de Cristo, realizada también por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y en donde el pequeño niño tiene un parecido tan asombroso respecto a la escultura del San Juanito que, esta prueba sólo, es suficiente para convencer hasta el más escéptico de que ambos niños no pueden ser más que obras salidas de una misma mano: la del genial Miguel Ángel Buonarroti.




miércoles, 13 de mayo de 2015

CORRUPTOS

Que España es un país de corruptos no puede negarlo nadie. Que también hay muchas personas honestas y justas, no cabe duda. Pero a mí lo que más me preocupa es que no se tomen las medidas necesarias y precisas para que aquéllos que han cometido el delito de apropiarse de lo indebido no acaben, no sólo cumpliendo condena, sino devolviendo hasta el último céntimo. “Usted, hasta que no devuelva todo lo robado no pueda salir a la calle.”

Pero también aquí tengo que hacer un inciso. Igual de severo que debe ser el castigo para el ladrón, deber serlo para aquél que, movido por el odio, la venganza o la maldad, levante un falso testimonio y una calumnia contra quien tiene las manos limpias y nada ha quitado a nadie.

Lo digo por la prensa, tan dada a la difamación y al sensacionalismo. Capaz de lanzar al aire noticias injustas y falsas con tal de dañar a quien no se ha rendido a sus pies, no entra en su juego de intereses o le hace algún tipo de sombra. Y lo digo, igualmente, por aquellas personas que, en los pueblos, dicen falsedades de éste o aquél, adjetivándolo de infundios, lanzando al aire, en modo parecido a lanzar las plumas negras de una gallina por las calles, difamaciones e injurias, para luego, como le dijo que hiciera aquél santo sacerdote a un difamador que fue a confesarse, fuese días después a recogerlas. “¡Imposible!” Respondió. Pues igual de imposible es de reparar una calumnia lanzada, y más cuando el propio calumniador no sólo no se arrepiente sino que sigue alardeando de su mentira y su maledicencia. Aunque este tipo de personas son muy tristes, porque ya llevan en el pecado la penitencia, y la lengua, si se fijan bien, manchada de cieno venenoso con el que han de tener cuidado para no mordérsela, porque de hacerlo acabarán amortajados por su propio veneno.

La corrupción verdadera no se puede consentir. Y no ha de ser el hecho de acabar con ella sólo cosa de políticos, sino de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, de todos los hombres y mujeres que componen la sociedad. Lo que no puede ser es que sabiendo y teniendo pruebas de que alguien es un malhechor y un mangante, amigo de lo ajeno, lo ocultemos, hagamos como que miramos para otro lugar e incluso lo alabemos. Porque cuando la corrupción no se ataja y se corta con la hoz de la justa coherencia, la cizaña crece más que el trigo y aflora más la corrupción.

Y en España está pasando esto. Y al no cortarse la corrupción como es debido, al no aniquilarla de un tajo, hace que broten corruptos y vivales por todos sitios. Y prueba de ello es que los partidos tradicionales siguen llevando en sus litas a políticos basura. Y los nuevos…, bueno, los nuevos partidos es ya el colmo, porque a éstos se han arrimado no sólo los pillos, vivales y sinvergüenzas para ver si, ante su espesa mediocridad, se hacen con un puesto y viven, como sanguijuelas, a costa de los demás, sino a pícaros y descarados que ya van con la clara intención de robar a manos llenas, porque está visto que aquí somos muy estrictos con los desgraciados que hurtan un pan para que coman sus hijos, pero muy blandos, blandísimos con los poderosos y los que nos gobiernan… Y si no que se lo pregunten a Urdangarín, la infanta Elena, Camps, Blanco, los Puyol, Bárcenas, Matas, Rato, Viera, Fernández, Lanzas… y tantos y tantos que ya hasta hemos olvidado sus nombres. Y ahí está la clave del corrupto. Clave que además enseña el camino a los corruptos que son y quieren serlo: vivir mientras no me pillen, y si me pillan a aguantar la tormenta hasta que pase el chaparrón y después a disfrutar a pleno sol de la cómoda playa de las ganancias. Y que me quiten lo bailao.

miércoles, 29 de abril de 2015

UNA CIUDAD CON MALA SUERTE

Ahora que están cerca las elecciones municipales, no hay persona que, al encontrarme con ella y entablar una conversación, no me diga que es una pena lo que sucede en Úbeda a nivel político.

¿Has visto, me dijo ayer un viejo conocido, quiénes van en ciertas listas de los partidos que se presentan a las municipales? ¡Qué tremendo! ¿Tú crees que esto se puede consentir? Pero si hay hasta trépalas y morosos. Y esto no es un parecer, es sentencia judicial.

¡Qué vergüenza! En qué manos está Úbeda. Y va de mal en peor. ¡Qué mala suerte hemos tenido una y otra vez…! Insistía mi interlocutor. Y yo no podía quitarle la razón. Demasiados enfrentamientos a lo largo de las legislaturas, judicializaciones, conflictos sociales, impuestos abusivos, derroches, amiguismos, zancadillas, plenos denigrantes, endiosamientos personales, enclaustramientos en despachos con vigilancias pretorianas… Pero me lo puso a huevo. Mi viejo conocido, con dos titulaciones universitarias, doctorado cum laude, de vasta cultura y conocedor del mundo por sus muchos viajes…, no era el más legitimado para hacer tal comentario, porque la respuesta a tanto desaguisado la tenía en sus manos. “Preséntate tú.” Le solté a bocajarro. “Da el paso. No digas hay que hacer. Hazlo.” Se quedó como petrificado, pensativo. A continuación me respondió: No es fácil que los partidos políticos consolidados te dejen entrar. Los que ya están arriba no quieren hombres y mujeres de altura, sino personas dóciles que no les puedan hacer sombra. Además, en mi caso, reconozco que no valgo como político. Para ello tienes que tener también mucho aguante y cara dura, y hacer que los problemas no te derrumben ni te afecten.

Le interrumpí. “Luego ser concejal o alcalde no es fácil, ¿verdad?” No, no es fácil. Me respondió un poco más calmado. Pues vaya entonces nuestro respeto y consideración para quienes desde la verdadera honestidad de conciencia dan el paso de someterse al peso de las urnas. Después…, después lo que hace falta es que otras muchas personas, preparadas, formadas, cultas, inteligentes y honestas, con valores, que las hay, dejen sus escondites y sus trincheras críticas y salgan al ruedo de la entrega y el compromiso. Personas capaces de tener proyectos serios, sin demagogias, que muestren personalidad, sean íntegros, justos y honrados, lejos de cualquier corruptela. Capaces de preocuparse de corazón por sus vecinos, sean de la ideología que sean. Así como lo suficientemente sabios como para comprender que llegar al poder no es un premio ni un endiosamiento ni un brillo para más resplandecer y todos me veneren, sino un hermoso servicio al pueblo y a sus gentes. De esto modo, los otros, los listos, los pillos y los vivales, los que no saben ni expresarse y dan vergüenza ajena, y sólo buscan medrar y vivir a costa de los demás, que también los hay, y son conocidos por todos, no tendrán más remedio que desaparecer… Y así Úbeda dejará de ser, políticamente, lo que es, eso que todos dicen: “Una ciudad con mala suerte.” 



jueves, 16 de abril de 2015

CARTAS

Lo que se pierden los jóvenes.

Ya no se escriben cartas. Ahora, en todo caso, se envían wasap y correos electrónicos.

Lo que nos perdemos todos sumergiéndonos en la frialdad de las máquinas y las computadoras.

Hoy todo el mundo envía y recibe correos, algunos adjuntando fotos, montajes o vídeos sacados de You Tube. Otros, por aburrimiento, por el simple hecho de decir algo, por solicitar alguna cosa… Correos fríos, apáticos, sin espíritu. Correos que empiezan con un “buenos días”, o “buenas tardes” o “buenas noches”, para evitar poner “estimado” o “querido” o “muy querido”, no sea que se malinterprete, y despidiéndose con un simple “hasta otra”, o todo lo más “un saludo”, no sea que si ponemos “un beso” o “un abrazo”, entiendan lo que no es.

Y escribo esto porque yo, dejándome llevar por esta práctica moderna, cansado además de encabezar mis correos con un “querido…” y terminar con un “fuerte abrazo”, para recibir por respuesta un frío “buenos días, Ramón” y terminando con un “cordial saludo”, tratándose además de alguien a quien tengo en gran consideración y aprecio, cuando no entre los que más amo, he recibido hoy un correo de una mujer, funcionaria, a la que no conozco personalmente, que hace unos días me llamó por teléfono, no para pedirme nada, como suele ser lo normal, sino para ofrecerme sueños de artes, de poesía y de teatro sin contraprestación alguna a cambio. Sólo me pedía le hiciese un escrito descriptivo de mi situación. Y se lo adjunté con una breve introducción: “Estimada señora…”, para terminar con un lacónico: “gracias, quedo a su disposición.”

Pues bien, esta mañana he recibido su respuesta: “Querido amigo…” Terminando con “ha sido un placer tratar contigo, recibe un fuerte abrazo”. Impresionante. Hasta he sentido emoción. Con su correo he vuelvo a revivir el calor de las cartas de la juventud, de cuando te escribía un amigo, un ser amado, la mujer a la que tanto amabas… Y abrías el sobre en un ritual de temblor de manos y desplegabas el papel como quien descubría un mundo luminoso, y te embriagabas de las palabras escritas a mano, artesanales, personales, irrepetibles… Y luego volvías a plegar la hoja y la guardabas de nuevo dentro del sobre, para más tarde volverte a esconder en la soledad y una vez más leerla saboreándola palabra por palabra… Y así una y otra vez, hasta cien veces. Cartas que conservabas por mucho tiempo, por años, de por vida, como si no quisieras perderlas porque las considerabas como un pequeño tesoro de valor incalculable.

Añoro este tipo de cartas. Cartas que ya sólo escriben, en todo caso, algunos románticos, como ese viejo amigo que conocí el día que llegue a Villanueva para ejercer mi profesión de maestro y que hoy también, cosas del destino, después de más de treinta y cinco años sin tener contacto, me ha escrito por carta postal para decirme que pese al tiempo y la distancia –ahora vive en Chiclana de la Frontera–  tan sólo me escribe porque me ha recordado y simplemente le apetecía saludarme por escrito y expresarme su aprecio.  

Cosas de viejos ebrios de añoranzas, dirán algunos. Cosas hermosas que se las están llevando los ladrones de almas, digo yo.