sábado, 30 de julio de 2016

AMIGOS

Felipe Redondo Delgado y Gregorio Tudela Arias vivían en la misma calle. El primero en una casa con patio y el segundo en un pequeño piso. Eran íntimos amigos. Felipe tenía una pelota de plástico, rugosa, llena de colores, y la sacaba por las tardes a la plazuela para jugar al fútbol en equipos que solían formarse después de echar pies a ver quien elige. Gregorio solía ponerse de portero y estaba enamorado de la pelota. Un día, su buen amigo Felipe, al traerle su padre de un viaje un balón de reglamento, se la regaló. Fue aquél uno de los días más felices de su vida.

Iban juntos al colegio. Ambos estudiaron también el bachillerato en el mismo instituto. Felipe no llegó a terminarlo. Su padre murió en un accidente de tráfico y su madre le buscó un taller de coches donde aprender el oficio de mecánico. Gregorio marchó a la universidad y consiguió hacerse abogado. Pero su amistad seguía siendo fuerte y sincera. Felipe se casó y tuvo tres hijos. Se fue secularizando con el tiempo. Su esposa no era dada a historias de Dios y esas cosas tan anticuadas. Tampoco le agradaba mucho esa estrecha amistad con el viejo amigo de su infancia. “¿Te has casado conmigo o con tu amigo?” Tuvieron tres hijos. Gregorio permaneció soltero. Era asiduo a la iglesia, de fe profunda, conocedor del evangelio, dado a hacer el bien. 

Felipe y sus tres hijos montaron un taller familiar. Gregorio, ni que decir tiene, le llevaba su coche cuantas veces hiciera falta. Una grave avería en el motor y en la dirección le costó una fortuna. El vehículo nada más sacarlo del taller volvió a dejar de andar. Alguien comprobó que todo había sido una falsa. Al coche apenas se le había tocado nada en el motor ni en la dirección. Pudo costarle la vida. Gregorio presentó entonces sus quejas a Felipe y este le pagó con su más profundo enfado y desprecio. ¿La excusa? Un amigo de verdad no va a otro taller. Eso es desconfianza. Tres años más tarde Felipe sufrió un ictus que lo dejó casi impedido, y sus hijos, poco responsables y dados a la nocturnidad, cerraron el negocio.

La esposa y los hijos decidieron llevar a Felipe a una residencia especial. ¿El precio? Mil setecientos euros mensuales. ¿Y eso quién lo paga? Imposible. Cada hijo tomó su rumbo de vida. Que se apañe la madre, que por algo los casó un cura, para las alegrías y para las penas, para la salud y para la enfermedad. La esposa pidió ayuda a Cáritas, que para eso sí que queremos a la Iglesia. Alguien entonces habló por teléfono con la dirección de la residencia. “Yo me hago cargo de los gastos. Cada primero de mes tendrán el ingreso en la cuenta corriente que me indiquen.” Y así por cinco años y cuatro meses. Hasta que Felipe cayó enfermo. Un cáncer de pulmón lo andaba asfixiando. Cuando se enteró su amigo Gregorio quiso visitarlo. Llevaba con él una curiosa pelota de plástico llena de colores ya descoloridos. Pero no pudo ser. “Ese que no pise aquí. Es una mala persona. Un corrupto, un ladrón, un sinvergüenza, un traidor, un egoísta… No quiero verlo ni en pintura.”

Y murió nada más llegar el otoño, cuando suelen morir las hojas secas. Gregorio no fue al entierro. ¿Para qué? Después, la esposa y los tres hijos fueron a recoger las pocas pertenencias de Felipe, muy tristes y apenados, por supuesto, como suelen estar los hipócritas cuando muere un ser cercano.

–¿Se debe algo?
–Nada. Todo lo pagaban debidamente a primeros de mes.
–¿Cáritas, verdad?
–No, un particular.
–¿Y se puede saber quién es esa alma generosa?
–Nada sabemos. Sólo el número de su cuenta y la entidad bancaria desde la que hacía el ingreso.

Y allí que fueron.

–¿Nos puede usted decir quién hacía un ingreso a la residencia cada primero mes? Su número de cuenta es….

–Sí. Ahora mismo se lo digo. El titular de esa cuenta es Gregorio Tudela Arias. 

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martes, 19 de julio de 2016

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN TIENE UN PRECIO

Tengo un amigo escritor y fotógrafo que el pasado mes presentó en su pueblo una extraordinaria exposición de fotografías relacionadas con la naturaleza. Y fue tan grande su fracaso como bellísimas las fotos expuestas. ¿Y eso por qué? Pues porque su pueblo, mejor dicho las gentes de su pueblo, sus paisanos, bien que se lo pagaron. ¿El motivo? El precio de su libertad. 

 Y es que, como ya he expresado en otras ocasiones, ser libre no es fácil. Y menos ser independiente. Uno puede optar por una ideología o un bando y ser despreciado, indiferenciado y perseguido por los contrarios, pero siempre tendrás a los tuyos para la ayuda, la comprensión o, al menos, el consuelo. No optar por ningún partidismo ni bando sólo te puede conducir, por lo tanto, al aislamiento, al retiro y a la soledad. Y, sobre todo, te conducirá de una u otra forma al fracaso, porque a nadie tendrás a tu lado para ayudarte.

Y dentro de la libertad está el ejercicio del maravilloso derecho de expresión. ¡Casi nada! Aquí, por el presente, se puede exponer lo que se desee, se piense o se quiera. Siempre, claro está, que no se traspasen ciertas rayas rojas marcadas por la ley. Así pues, podemos por lo tanto expresar nuestros pensamientos, realizar nuestras críticas, comentar noticias, opinar acerca de lo que se crea conveniente, exponer ideas, ideologías, creencias… ¡Qué maravilla! Pero también ¡qué alto precio!

Sí, un alto precio. Porque todo aquel que quiera expresar o comentar algo y más si se hace desde algún medio social o de comunicación, ha de saber que no le va a salir gratis. Eso sí, los que piensen como él lo alabarán, pero los muchísimos que no piensen igual ya se encargaran de apuntarlo en su lista negra para pagárselo cuando se presente la ocasión. Si expones que tal o cual gobierno lo hace bien o mal, tendrás a miles de la oposición que no te podrán ver. Si confiesas ser de tal o cual religión has de saber que serán infinidad los que te etiqueten de retrógrado o descerebrado. Si opinas acerca de los falsos, los incoherentes, los prepotentes y los especuladores, ya tienes el puñal en el cuello. Si hablas mal de los políticos que conoces y te conocen, olvídate del mundo, no te darán, ni así pasen cien años, ni agua. Si expresas que estás a favor o en contra de esto o aquello ya tienes a los unos y a los otros poniéndote la cruz. Si criticas el lugar donde vives en algunos de sus aspectos, ya tienes el calificativo de mal ciudadano, traidor y desleal…

De ahí que haya periodistas, escritores, articulistas, editorialistas, novelistas… que toda su obra está llena de rosas y flores, de parafernalias aduladoras, de no mojarse, de todo es bello, o, en el peor de los casos, de andar siempre en la misma dirección y color… Y claro, se cuenta con ellos, se les invita aquí y allí, se les contrata, se les condecora… No tienen enemigos y, de tenerlos, cuenta en el otro peso de la balanza con no pocos amigos y seguidores.

Sin embargo, los que van con la verdad por delante, se atreven a delatar las sombras que ven alrededor, no se venden y anteponen su libertad sobre los platos de lentejas, es decir que no se casan con nadie, encuentran que tienen las alforjas cargadas de enemigos, que unidos a los envidiosos y a los mediocres que sólo buscan apagar las luces que brillan a su alrededor para que alumbre un poco su linterna sin pilas, conforman un ejército tan de peso que asfixia.

La libertad de expresión es una de las cosas más grandes y hermosas que puede tener un ser humano. No cabe duda. Pero ejercerla, y más cuando se hace de manera continuada, es todo un reto, porque habrás de cargar con las consecuencias. Y más, mucho más, infinitamente más, cuando se ejerce en los pueblos. Entonces es como para echarse a temblar, y cuanto más pequeños peor, puesto que a la postre, por una u otra razón, no quedará nadie que no se sienta aludido o herido en su sentir.

Y eso es lo que le ha pasado a mi amigo escritor y fotógrafo. Seguro que de haber sido solo fotógrafo, y mucho mejor si además fuese lisonjero, sumiso y callado, el éxito de su exposición hubiera sido impresionante. Allí habría saboreado las mieles de la gloria y se habría visto aplaudido, alabado y agasajado por toda una multitud, desde el señor alcalde, concejales y cura de la parroquia hasta el más humilde de los vecinos; pero tenía que ser escritor, y de los que no se callan y denuncian. ¡Pues toma! ¡Ahí las llevas! Bofetadas sin manos que son las que más duelen.

Y es que la libertad de expresión tiene un precio que ha de pagarse. Pero pese a todo y a tanto y tan duro, merece la pena. Te hace vivir con dignidad y morir con alas.  

Felicidades, amigo.        

sábado, 25 de junio de 2016

LA ESTACIÓN

Desde que era niño me han fascinado las estaciones de tren. No puedo evitar, cuando estoy en ellas, sentir una emoción especial. Eso de estar allí, esperando, y ver que de repente, a lo lejos, un ojo redondo de luz viene hacia ti a gran velocidad y te supera con una fuerza imponente y se detiene para dejar bajar y subir a los pasajeros, es algo que impresiona hasta tal punto que rara es la vez que no me deja los ojos bañados en lágrimas.

Las estaciones y el tren que llega y se marcha, han sido una constate en mi existencia, con tanto énfasis que me han hecho asemejarlos a la vida misma.

Un tren que viene del olvido y en el que vas, se para de golpe en la estación de este mundo y, como uno más de los pasajeros que lleva, te bajas. Y aquí te encuentras desnudo, en soledad, sorprendido, ser único e irrepetible. Y comienzas la lucha de sobrevivir. Y creces, y te esfuerzas, construyes, sufres, te alegras…, y envejeces…, sabiendo que algún día uno de ellos vendrá para llevarte. Y entre tanto, en la estación, ves una y otra vez que llegan nuevos trenes de los que se bajan otros pasajeros y a los que suben otros muchos que ya no volverás a ver… Y así hasta que uno de ellos se acerca, se detiene y desde dentro te llama para que subas… “¿Este es mi tren? ¿Este es el tren que espero sin quererlo esperar?” Y alguien te dice: “Este es”. Y te ves obligado a subir… Y aunque pretendas llevarte la maleta cargada de todo aquello que has acumulado, nada te permiten, habrás de hacerlo, como decía Machado, ligero de equipaje, desnudo. Sólo te puedes llevar tu propia conciencia, cargada de sombras o repleta de claridades… Sólo te puedas llevar tus sueños en una pequeña bolsa invisible hecha silencio…

Y ya sí, ya has vuelto al tren del olvido. Y el tren arranca y se pierde una vez más en la lejanía sin saber de fijo dónde te lleva, tal vez al infinito, a esa estación de los trenes perdidos que decía el poeta Jules Laforgue. Hay quienes creen que a un lugar donde gozar o sufrir. Otros piensan que nos bajaran en otra estación diferente, que desconocemos. Y los hay igualmente, como Nietzsche, que aseguran, porque todo lo consideran cíclico, que después de un recorrido por la vía redonda del tiempo, nos volverá a dejar en la misma estación para un nuevo volver a vivir.

Nada sabemos, en verdad, de cierto. Todo es cuestión de creencias, de deseos, de pensamientos, de pareceres, de fe… Todo es cuestión de ignorancia. Lo único verdadero es tan solo que el tren existe, que te trae, te deja y te lleva.

Lo único verdadero también es que la estación, esta estación de la vida, es un lugar asombroso que los viajeros nos encargamos, en lugar de hacerla de sol hacerla de lluvia.

viernes, 10 de junio de 2016

VOLVER A VILLANUEVA DEL ARZOBISPO

Villanueva del Arzobispo es un pueblo al que para llegar desde Úbeda tengo que pasar por Torreperogil y Villacarrillo, otras dos villas que son también partes gozosas de mi existencia.

Y muchas son las veces que he tenido que hacer este recorrido a lo largo de mi vida. La más imborrable fue cuando partía de mi “Dama de sueños” y llegaba, en septiembre del año 1971, al colegio de los jesuitas para tomar posesión de mi plaza como maestro. Nervioso, con miedo, lleno de timidez, llamaba a las puertas que se me abrieron de golpe como dos abrazos de luz en mi corazón. Jamás me he sentido tan bien recibido, tan acompañado, tan acogido. Maestros, compañeros de estudio, alumnos, padres y madres de alumnos, las otras escuelas e infinidad de hombres y mujeres me trataban con amabilidad, respeto y amistad, como uno más de los suyos. Y tanto me dieron que me vi en la necesidad de darme yo también por entero.

Y tomé parte del mundo social, cultural, poético y teatral… Y durante nueve años fui un villanovense más. Allí representé mis primeras obras teatrales, especialmente infantiles, y una, “Padres e hijos”, con motivo del Día Internacional de Niño, que tuvo tanto éxito que tuvimos que representarla por otros pueblos de la provincia.

Villanueva se hizo así, y así será para mí mientras viva, el pueblo de las cien verdades. Porque si dicen de él, graciosamente, que es el de las tres mentiras, por no ser villa, ni nueva, ni tener arzobispo, yo aseguro que es noble, y leal, y honesto, y generoso, y agradecido, y abierto, y acogedor, y considerado, y solidario, y trabajador, y sabio, y…, así hasta cien virtudes que hacen me sienta orgulloso de haber sido y seguir siendo parte de él por siempre.

Y a Villanueva regresé hace unos días, el pasado 4 de junio. Ya lo hice el año pasado con la obra “El poder de la oración”. Y lo he hecho ahora para representar “Malos tratos” en el Teatro Regio. Gran teatro, bello, amplio, dignísimo. Tuvimos éxito. El Grupo Maranatha fue recibido con calor y fue muy aplaudido. Las palabras de la Sra. Alcaldesa a modo de bienvenida fueron de agradecer. El doctor don Adolfo Salas, que hace la introducción a la obra, fue escuchado con sumo respeto y atención. Los actores pusieron el alma. Y yo, al final, viendo al público en pie, me dejé llevar por el corazón y expresé mi amor a todos los presentes y a mi Villanueva del alma que no olvido y llevo siempre en lo más hondo de mí persona.

Volver a Villanueva del Arzobispo es para mí como volver a ser joven, a verme de nuevo viviendo en ese caserón asombroso que da entrada a la SAFA, a encontrarme paseando por sus calles, sus plazas, su parque de la luna llena por el que me adentraba en las madrugadas de plenilunio en la más absoluta soledad… Volver a Villanueva del Arzobispo es encontrarme una vez más con sus gentes, con mis viejos amigos, con mis antiguos alumnos, con sus familias, con mis compañeros, con la Virgen de la Fuensanta…, y, sobre todo, conmigo mismo, con aquel chaval que todo lo miraba con los ojos limpios de creer que el mundo era un paraíso repleto de bondades. Volver a Villanueva del Arzobispo es para mí saber que tengo un rincón en el mundo donde cada vez que llego palpo la rosa de amor que allí me regalaron y llena mi alma, y que está, sin marchitarse, por encima del tiempo y la distancia. Gracias.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LOS TIEMPOS, LA MUJER Y LA FE

Nos estamos radicalizando en todo. También en la fe. Y no ya en referencia a la disputa entre creyentes y no creyentes, sino entre personas de una misma creencia que tienen distintos puntos de vista en cuestiones concretas. Y qué pena que esto ocurra, porque lo que puede ser un simple parecer, una opinión más o menos acertada que se da, puede acarrear enemistad, desprecio e incluso persecución por los mismos hermanos allegados. Y todo porque se quiere olvidar que la fe no es un mueble estático que ha de permanecer inalterable e inamovible, sino que es un don en el alma que tiene vida, y que por lo tanto se mueve y toma parte dentro de un contexto histórico determinado que presenta sus particularidades y sus características propias.  

La misma Biblia, que es la palabra de Dios, así nos lo hace ver. Todo el Antiguo Testamento es un espejo, se diga lo que se diga, donde el Dios que se nos muestra es iracundo, temido, guerrero, castigador, justiciero, despiadado…, y donde las normas que se imponen son extremadamente severas… Hubo épocas en que, por poner algún ejemplo, en el pueblo elegido se aceptaban y permitían incluso la esclavitud y la poligamia, y hasta los vientres de alquiler, como cuando Sara, que no tenía hijos, le entregó su esclava egipcia Agar a su esposo Abraham para que le engendrara un heredero, a quien llamó Ismael. El pueblo israelita, en ese tiempo, era enormemente machista, patriarcal, intolerante, implacable con el enemigo, y regido por unas leyes inflexibles, donde el ojo por ojo y diente por diente eran la norma básica. Tal vez por ello, el mismo Dios, que muestra también claros destellos de clemencia, benignidad, benevolencia, compasión, paciencia…, permitiese dejarse entender autoritario, vengativo y celoso porque esos momentos históricos, en los que se revela y hace alianza con ese pueblo suyo en lucha por subsistir, así lo requerían.

Sin embargo, llega el Dios del nuevo Testamento y todo se transforma en paz, perdón, comprensión, bondad, misericordia… en poner la otra mejilla, en no se ha hecho el hombre para la ley sino la ley para el hombre, e incluso en amar a los enemigos… Menudo cambio… Pero Jesús de Nazaret vivió también en un tiempo histórico y a él se tuvo que adaptar. Y aunque aquella sociedad seguía siendo plenamente machista, donde la mujer estaba totalmente relegada y era un ser de segunda, bastante hizo por cambiarla y dignificarla, hasta el extremo de acompañarse de mujeres, hacerlas sus seguidoras, dejarlas estar a los pies de su cruz y consentir que fueran las primeras en verlo resucitado. Menuda revolución para aquella época. Casi nada.

Viene todo esto para hacer ver que al llegar a nuestro ahora, más de dos mil años después de Cristo, en pleno siglo XXI, donde la mujer ha logrado ser reconocida en plenos derechos llegando a ocupar en la sociedad los más altos cargos en todos los sentidos, demostrando además que puede estar a la misma altura que el hombre en capacidades y responsabilidades, hemos de vivir en este presente nuestro e ir con él. También la Iglesia, que no sólo ha de andar a remolque sino que está obligada, como hizo Jesús en su tiempo, a ir siempre en vanguardia, abriendo caminos. Por lo que pienso, humildemente, que es un error que dentro de su seno se empeñen en seguir dándole a la mujer un papel de no igualdad. Y este Papa actual, Francisco, lo sabe, como sabe de la radicalización que nos mueve. Pero pese a ello, ahí lo tenemos, luchando dentro de su tiempo, anunciando hace unos días su intención de crear una comisión para que estudie la posibilidad de ordenar mujeres diáconos, a sabiendas de que no pocos estrictos de la ley se reafirmarán aún más en su consideración de que este hombre es un antipapa, un hereje, un traidor…, y que se muera. Olvidándose de que es el Espíritu Santo quien elige al sucesor de Pedro, y Éste, según ellos, nunca se equivoca. Pues entonces, por qué no piensan que lo mismo el Espíritu Santo lo eligió para ello, para que la Iglesia viva en su tiempo y con su tiempo.

No quiero decir con esto que la mujer sea mañana mismo ordenada sacerdote, obispo o cardenal. Lo que pretendo decir es que no hay que rasgarse las vestiduras porque algún día la mujer, debidamente formada y preparada, ejemplar, como se le exigiría a cualquier otro varón, pueda ser nombrada diácono y pueda ejercer mayores responsabilidades en la toma de decisiones en el seno eclesial. Después ya se verá. Lo que pretendo decir es que la fe en Dios y en Jesús no se rebajaría ni se perdería por ello, sino todo lo contrario. Y ya se ha demostrado. En mis años jóvenes no pocos se echaron las manos a la cabeza y dijeron lo que no está escrito porque la mujer comenzó a salir de penitente en las procesiones de Semana Santa vestida con la misma túnica que el hombre. “¡Marranas! Este es el fin de la Iglesia. A uno ya le van a quitar hasta la fe.” Gritaba un familiar mío. Sin embargo, hoy, pocos ven algo raro en ello, ni nada malo en que ocupen cargos directivos y sean hermanas mayores de las hermandades, ni tampoco en que se suban al altar para hacer las lecturas en la misa o den la comunión, sino todo lo contrario. Hace poco moría también en paz ese familiar mío, después de ver cómo en numerosas ocasiones, ya enfermo, era una mujer laica quien venía a su casa a darle la Eucaristía, quedándole además sumamente agradecido. Yo mismo vi con mis ojos cómo, tras recibirla, le besaba las manos, emocionado, con sumo respeto y fervor. 

La sociedad es mudable y Dios es inmutable. Pero igual este Dios nuestro, que toma parte en el tiempo histórico, cual vela de Amor, se deja cambiar el color de la cera sin que por ello la inmensa llama de su luz deje de alumbrar.

lunes, 9 de mayo de 2016

ABUELOS

 En esta sociedad siempre egoísta y ambiciosa surge la figura de hombres y mujeres que a causa de la edad han calmado la codicia y ya miran al futuro con la templanza que brota de la sabiduría que sólo los años saben dar. Personas que dejan tirados en la buhardilla del corazón el caballo de lo trivial, las armaduras de la discordia, las lanzas del desamor y los escudos de la envidia… y se dedican, como haciéndose niños de nuevo, al juego de la entrega, el servicio y el amor.

Son los abuelos. Hablo de los abuelos. Esos seres especiales que ven en sus hijos la prolongación de ellos mismos, por lo que sufren con sus penas y se alegran con sus alegrías, llegando a tanto que hasta son capaces de quitarse la comida de su boca para que coman ellos, convirtiéndose, además, si fuera necesario, en servidores de los hijos de sus hijos, es decir, de sus nietos.

 De ahí que veamos a muchos de ellos en los amaneceres de infinidad de días, haga frío o calor, llueva o hiele, llevando a sus nietos al colegio, recogiéndolos a la salida, sacándolos a pasear, invitándolos al cine, jugando en sus cuartos, alimentándolos, poniendo en sus frentes el beso de buenas noches… Y así año tras año, y todos, pese a andar muchos de ellos con dificultad y tener que cargar con los sufrimientos del dolor de las enfermedades y los cansancios, gozosos, sintiéndose un compañero más, un amigo más, poniéndose a su altura, conversando en un lenguaje lo más sencillo posible…, contándoles historias de su vida, de sus batallas, de sus vivencias más especiales, dándoles además sus consejos más nobles, abriéndoles caminos, sembrado en sus corazones semillas de grandeza.  

Los abuelos son el barniz hecho calor y esperanza que da color al gigantesco cuadro del mundo que anda repleto de negros, blancos y grises. Los abuelos han sido siempre la ternura de las casas y las familias. Siempre. Pero nuestros abuelos de hoy son, además, especiales, únicos. Ellos son los que vivieron la asfixia de una posguerra de hambre y de miedo, de silencios y humillaciones, de manchas de sangre demasiado fresca. Ellos fueron testigos y sujetos activos de las emigraciones, de los trabajos mal remunerados, de las penurias para seguir viviendo... Pero ellos, pese a todo, fueron capaces de sacar a sus hijos adelante, dando cuanto pudieron por ellos, dejando incluso de soñar por ellos. Fueron los fuertes cimientos de hierro y hormigón para que el hogar no se derrumbara…  Y hoy, ahora, cuando en justicia ellos, los abuelos, deberían ser amablemente servidos y liberados definitivamente de las cargas y sacrificios del día a día, agravados además por esta crisis inventada por los poderosos para más arrancarnos las entrañas, se han vuelto a convertir en sostén, en base, en cadena, en ayuda económica, en refugio al que acuden muchos hijos e hijas para ser socorridos, para que sostengan parte de sus cargas, para que les sea un poco más fácil seguir caminando sin necesidad de pegarse un tiro en el alma.

Reconocidos sean, por lo tanto, esos abuelos de ayer y, sobre todo, de hoy que renunciaron y renuncian a su júbilo de comodidades y ocios para beneficio de sus hijos y nietos necesitados. Reconocidos sean, aunque ellos no necesitan ser pagados, porque quien hace las cosas por amor, ya, en ese mismo amor, tiene la más hermosa recompensa.

miércoles, 20 de abril de 2016

VOLVER AL COLEGIO JUAN PAQUAU DE LA MANO DE QUIENES SE FUERON HACE 25 AÑOS


Después de muchos años he vuelto a visitar el colegio público Juan Pasquau, el colegio de mi vida, aquél que estrenamos en 1980 y del que fui director por tiempo de doce años, aquel colegio que supo, sin ideologías, ni racismo, ni políticas, ni discriminaciones sociales, luchar contra las adversidades y ser uno de los más dignos de España. Y lo he hecho porque los alumnos y alumnas cuya promoción se despidió en un acto de gala, en junio de 1991, se han vuelto a juntar en él para celebrar su veinticinco aniversario, queriendo contar con la presencia de aquellos maestros de su infancia que calaron en sus vidas, entre los que me encontraba.

Y fue muy emotivo. Enormemente gratificante volver a ver sus rostros, algunos sin perder apenas la fisonomía  y otros algo más cambiados, pero dejando todos una impronta en las pupilas que te hacía recordarlos con hondo sentimiento, como si a la mente te vinieran destellos brillantes de un pasado que hacían situarlos en escenas que sólo generaban gozo. Ellas y ellos estaban ahí, cual vencedores de un tiempo que jugara con sus destinos, sólo que, inevitablemente, ya en edad adulta, cerca ahora de cumplir los cuarenta, es decir, en la flor de la vida. Ellos, más formales. Ellas, bellísimas. Ellos, más serios. Ellas, más alegres… Y todos felices de volverse a ver, de regresar a un pretérito de compañerismo, de sencillez, de compartir, de respeto, de valores… De la mayoría yo había olvidado sus nombres, pero eso no me importó porque comprobé que a todos los seguía llevando en mi corazón, porque fueron como hijos a los que quise con toda el alma.

Organizaron un acto tan sencillo como hermoso. Presentaron un video emocionante con imágenes de sus vivencias escolares. Imágenes muchas ya descoloridas, borrosas, las justas, porque entonces no había móviles y nadie llevaba una cámara de fotos a la escuela. Algunos hablaron, presentando discursos de gran altura, llenos de remembranzas, anécdotas, vivencias, de ternura, de sacrificios, de superaciones... Tuvieron su particular homenaje para los que no habían podido estar y también por quien ya se fue a la otra orilla de la existencia. Y, cómo no, tuvieron palabras enormes de gratitud para sus padres y familiares, y en particular para sus maestros, agradeciendo –ahora que parece que decir gracias ya no se lleva, ni hay por qué darlas– todo cuanto hicimos por ellos, todo lo que les enseñamos  y todo cuanto sembramos en sus corazones. Hablamos, por último, algunos de los maestros, expresando nuestro sentir y agradeciendo lo mucho que ellos también nos habían dado… Y, como cuando se despidieron del colegio, en el mismo lugar del patio, nos volvimos a hacer la foto de recuerdo.

Tuvimos después una cena en “El Blanquillo”, donde nos atendió, lo que faltaba, otro antiguo alumno del colegio. Y como en aquellos años de la infancia, en la clase, tras situarnos a los maestros en el centro de una mesa alargada, los chicos se sentaron a un lado y las chicas al otro, separados. Y tan contentos. Tuvimos brindis y todo nos supo a gloria. Yo, de vez en cuando, miraba a un lado y a otro, y los veía dichosos. A ellos inmersos en sus temas, poniéndose las manos sobre el hombro, mirándose con cariño, y a ellas las veía felicísimas, dejando saltar, más que de sus gargantas de lo más hondo de ellas mismas, risas hechas de lumbre, risas que no cesaban, con alas, contagiosas… Y es que por unas horas, ellos y ellas dejaron a un lado sus luchas del presente, sus problemas, sus angustias, sus miedos, sus frustraciones…, para volver a ser niños, aquellos niños de alma blanca que no sabían de odios, ni rencores, ni maldades… Niños que por unas horas me devolvieron también a mí el trofeo de la satisfacción, del honor y del orgullo de haber sido su maestro y su director. Y me sentí lleno de vida. Por ello les pedí, cuando los maestros decidimos despedirnos ya de madrugada, que no nos olvidaran, que nos siguieran recordando, porque, como dijo el sabio, mientras lo hicieran, seguiríamos vivos.

Nosotros, ya algo más mayores, nos marchamos perdiéndonos bajo la noche serena. Ellos se quedaron ahí, todos ellos, sin excepción, en el salón, disfrutando de su volver a encontrarse, de su volver a ser, de su volver a vivir… Y sus voces y sus risas seguían escuchándose como canto de ángeles más allá de las estrellas.

Y regresé a casa lleno, con los ojos nublados por las lágrimas de la emoción, feliz.

Gracias, antiguos alumnos, hijos míos, por devolverme la Lección del Amor.

lunes, 11 de abril de 2016

LAS DROGAS Y LA DOBLE VARA DE MEDIR

Las drogas, los alucinógenos, los estupefacientes…, están totalmente perseguidos en el mundo del deporte. Constantemente a los deportistas se les hacen pruebas, muchas de ellas por sorpresa, y siempre después de los eventos competitivos. Y pobres de aquellos a los que se les detecta lo más mínimo en los análisis. Caen, inmediatamente, en el pozo de las oscuridades; se les retira trofeos y medallas conseguidas, se les suspende por meses y años, las marcas publicitarias rompen con ellos los contratos…, y lo que es peor, quedan estigmatizados para siempre. Desde ese día, aunque vuelvan a competir, ante cualquier triunfo, una y otra vez, ya queda planeando sobre ellos el pájaro de la duda.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en otros terrenos de la vida. Pongamos por ejemplo el mundo del arte, de la literatura, de la composición, de la canción, de la música, de la pintura… Aquí no son pocos los que dejándose llevar por las drogas componen obras extraordinarias, de gran éxito que, asimismo, lejos de criticarse, se aplauden. Hace poco leía en internet el comentario de un señor al respecto, diciendo textualmente: “Si la droga le sirve al músico para hacer buena música, bendito vicio”.

Muchos son los artistas, por lo tanto, que han logrado, de esta manera, grandes logros, dineros y fama a lo largo de su vida, confesando ellos mismos, además, que cuando hicieron ésta o aquélla obra estaban “colocados”, Y así, claro, alterado el sistema nervioso, fluyendo las neuronas con excesiva rapidez, a gusto, desinhibidos, como volando por las nubes de colores…, a quien tiene talento se le puede multiplicar. Añadiendo, para colmo, que, por el contrario, una vez que tuvieron que dejar la droga, por problemas especialmente de salud, se les acabó la inspiración.

¿Y esto es justo? ¿No es jugar con ventaja respecto a los demás creadores? ¿Por qué la sociedad, al menos al enterarse del doping, como sucede en el deporte, no deja de admirar, considerar, condecorar y enriquecer el drogata que ha logrado una obra con ayuda de estimulantes y no por su propio esfuerzo, preparación, formación, constancia y trabajo…?

Ya sé que sería de risa que, tras presentar una exposición de pintura, o sacar un disco, o publicarse un libro…, se tuviera que hacer una analítica antidoping al autor. Lo mismo, además de una estupidez, listos ellos, ya lo harían cuando transcurriera el tiempo suficiente como para estar limpios. Lo que pretendo decir, por decir, es que en esta sociedad siempre andamos en la hipocresía, en la falsedad, en la doble vara de medir, en la incoherencia… De ahí que no entienda, dicho sea de paso, entre otras muchas cosas, tampoco, cómo se puede defender con todo el coraje del mundo la vida de una cría de serpientes encontrada en las afueras del pueblo y luego estar a favor de machacar a una criatura humana en el vientre de una mujer. O cómo abrir telediarios y portadas de periódicos porque ha habido un atentado o, ayer mismo, un incendio en un templo hindú en el que han muerto un centenar de personas, y apenas decir esta boca es mía cuando, una y otra vez, casi sin descanso, en numeroso lugares, aparecen masacrados, achicharrados o degollados cientos de cristianos. O como declararse de izquierdas, despreciando la corbata y la chaqueta porque es de ricos, para vestir andrajosas ropas oscuras, como rotas y sucias, que valen, al ser de diseño, un dineral, y hablar de los pobres, de la solidaridad, de la justicia social, del bien común…, y luego, aparte de vivir como reyes, ocultar su grandes fortunas en paraísos fiscales…  

Y es que somos así: embudos. Embudos, mientras nos ponemos las gafas con el color del cristal con el que queremos mirar. Embudos a lo claro. Siempre la parte estrecha para ti y la ancha para mí y lo que a mí me parece. Y a vivir que son dos días.