lunes, 11 de abril de 2016

LAS DROGAS Y LA DOBLE VARA DE MEDIR

Las drogas, los alucinógenos, los estupefacientes…, están totalmente perseguidos en el mundo del deporte. Constantemente a los deportistas se les hacen pruebas, muchas de ellas por sorpresa, y siempre después de los eventos competitivos. Y pobres de aquellos a los que se les detecta lo más mínimo en los análisis. Caen, inmediatamente, en el pozo de las oscuridades; se les retira trofeos y medallas conseguidas, se les suspende por meses y años, las marcas publicitarias rompen con ellos los contratos…, y lo que es peor, quedan estigmatizados para siempre. Desde ese día, aunque vuelvan a competir, ante cualquier triunfo, una y otra vez, ya queda planeando sobre ellos el pájaro de la duda.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en otros terrenos de la vida. Pongamos por ejemplo el mundo del arte, de la literatura, de la composición, de la canción, de la música, de la pintura… Aquí no son pocos los que dejándose llevar por las drogas componen obras extraordinarias, de gran éxito que, asimismo, lejos de criticarse, se aplauden. Hace poco leía en internet el comentario de un señor al respecto, diciendo textualmente: “Si la droga le sirve al músico para hacer buena música, bendito vicio”.

Muchos son los artistas, por lo tanto, que han logrado, de esta manera, grandes logros, dineros y fama a lo largo de su vida, confesando ellos mismos, además, que cuando hicieron ésta o aquélla obra estaban “colocados”, Y así, claro, alterado el sistema nervioso, fluyendo las neuronas con excesiva rapidez, a gusto, desinhibidos, como volando por las nubes de colores…, a quien tiene talento se le puede multiplicar. Añadiendo, para colmo, que, por el contrario, una vez que tuvieron que dejar la droga, por problemas especialmente de salud, se les acabó la inspiración.

¿Y esto es justo? ¿No es jugar con ventaja respecto a los demás creadores? ¿Por qué la sociedad, al menos al enterarse del doping, como sucede en el deporte, no deja de admirar, considerar, condecorar y enriquecer el drogata que ha logrado una obra con ayuda de estimulantes y no por su propio esfuerzo, preparación, formación, constancia y trabajo…?

Ya sé que sería de risa que, tras presentar una exposición de pintura, o sacar un disco, o publicarse un libro…, se tuviera que hacer una analítica antidoping al autor. Lo mismo, además de una estupidez, listos ellos, ya lo harían cuando transcurriera el tiempo suficiente como para estar limpios. Lo que pretendo decir, por decir, es que en esta sociedad siempre andamos en la hipocresía, en la falsedad, en la doble vara de medir, en la incoherencia… De ahí que no entienda, dicho sea de paso, entre otras muchas cosas, tampoco, cómo se puede defender con todo el coraje del mundo la vida de una cría de serpientes encontrada en las afueras del pueblo y luego estar a favor de machacar a una criatura humana en el vientre de una mujer. O cómo abrir telediarios y portadas de periódicos porque ha habido un atentado o, ayer mismo, un incendio en un templo hindú en el que han muerto un centenar de personas, y apenas decir esta boca es mía cuando, una y otra vez, casi sin descanso, en numeroso lugares, aparecen masacrados, achicharrados o degollados cientos de cristianos. O como declararse de izquierdas, despreciando la corbata y la chaqueta porque es de ricos, para vestir andrajosas ropas oscuras, como rotas y sucias, que valen, al ser de diseño, un dineral, y hablar de los pobres, de la solidaridad, de la justicia social, del bien común…, y luego, aparte de vivir como reyes, ocultar su grandes fortunas en paraísos fiscales…  

Y es que somos así: embudos. Embudos, mientras nos ponemos las gafas con el color del cristal con el que queremos mirar. Embudos a lo claro. Siempre la parte estrecha para ti y la ancha para mí y lo que a mí me parece. Y a vivir que son dos días.     






miércoles, 23 de marzo de 2016

POBRE DIOS Y POBRES SEGUIDORES

Han sido ya varias las veces que he andado por el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas. La última vez hace pocos días, y a la misma hora de los atentados. Quiero decir que podía haber sido, de haberse adelantado el calendario de los terroristas asesinos tan sólo unas fechas, una de las víctimas y andar ya en vuelo hacia la otra orilla.

Y al ver en la televisión las imágenes de los muertos, heridos y los destrozos causados, pienso también en mi hija y en mi yerno, e incluso en mi nieta recién nacida, porque podrían haber sido igualmente ellos, que viven allí y conocen ese aeropuerto como las palmas de sus manos de tanto ir y venir, unos de los tantos que yacían tirados por el suelo envueltos en sangre. Pienso asimismo que los muertos y los heridos pueden ser compañeros míos, amigos míos, conocidos míos… y me muero de dolor y de rabia.

Los yihadistas islamitas nos han declarado la guerra hace ya mucho tiempo, tal vez desde que nació esa religión que ha de tomarse al pie de la letra, que no admite interpretación, que obliga, no por convencimiento, sino por narices, bajo pena de muerte; incapaz, por lo tanto, de adaptarse a los tiempos, que se enquista en ella misma hasta volverse terriblemente violenta, como quien rompe la baraja, tira la mesa de juegos y desenfunda la pistola cuando ve que lo han pillado haciendo trampas, porque descubre en el fondo de su propia conciencia la mentira en la que se cimienta sus creencias, en cuanto no les permite adaptarse a los descubrimientos científicos, los avances técnicos, la globalización, los derechos humanos, las libertades individuales, la separación de poderes, la democracia política, la libertad de expresión, la igualdad de género, la independencia de la mujer, el respeto a otros modos de ser y de pensar y de vivir…

Porque descubren, pese a las críticas de que andamos en una civilización corrupta, injusta e inmoral, que somos mejores que ellos, porque, pese a todo, los admitimos en nuestras sociedades con plenos derechos, los ayudamos si es necesario con alimentos y viviendas, los acogemos, les abrimos las puertas de nuestros colegios y hospitales, respetamos y toleramos sus creencias –y hasta se las subvencionamos, e incluso, para que se sientan más a gusto, a costa de cercenar las nuestras–, les dejamos levanten cuantas mezquitas quieran y hasta permitimos tengan programas en la televisión para que expongan sus doctrinas…, realidades, hechos que ellos son incapaces de hacer, ni siquiera mínimamente con nosotros en sus países, viendo también que aquí se puede ser o no creyente, agnóstico o ateo sin que te persigan ni te degüellen, y que, por lo tanto, no hace falta ser religioso para que te dejen vivir ni para poder ser una gran persona, y viendo también que los que son cristianos, desde cualquiera de sus ramas, les dan ejemplo en cuanto rechazan las represalias, el odio, la vileza, la ira, el crimen, la maldad…, y ofrecen solidaridad, entrega, renuncia, comprensión, misericordia, amor a manos llenas, siendo hasta capaces de poner la otra mejilla… Y que Jesús, el Maestro, ejemplar en sus palabras y en la coherencia de sus actos, es un Dios de perdón y no de venganza, de paz y no de guerra…, de vida y no de muerte.

Se saben peores, se saben equivocados, se saben en el error…, y ante la negativa de aceptarlo, actúan desde la intolerancia y el fanatismo, pretendiendo seamos todos como ellos, o, de lo contario, buscando acabar con todo aquello que se lo puede recordar, de ahí que destruyan y rechacen permanentemente los monumentos y la arquitectura histórica, la literatura, el cine, la escultura, la pintura, la música, el periodismo…, el arte en general. De ahí que quieran aislarse, vivir en una dictadura atroz que no abra puertas al exterior, que siga tapando, de pies a cabeza, el cuerpo entero. De ahí que no tengan interés en la enseñanza de sus hijos y menos de sus hijas. De ahí el odio a los extranjeros, al turismo, a internet, a las bibliotecas… De ahí que busquen amedrentar y dirigir a cuantos musulmanes viven pacíficamente en esta parte del mundo con consignas y advertencias. De ahí su pretensión de acabar con nosotros –tachándonos de infieles y poseídos de satanás–, con la civilización de occidente, que, pese a tener grandes deficiencias e imperfecciones, es infinitamente mejor, mucho mejor que la suya, atrasada, adoctrinada, aborregada, acobardada, esclavizada, empobrecida, inculta, intransigente, atascada en la Edad Media, tan atascada que son incapaces de salir porque es tanto el barro de lo falaz en el que andan metidos que les llega hasta los ojos cegándolos aún más. De ahí su grito último, feroz y terrible, cuando van a cometer, a traición, la mayor de las canalladas: “¡Alá es grande!”

Buscando así, antes de suicidase, airados e impotentes ante su propio fracaso, enloquecidos por no poder salirse con la suya, no convencer a quienes lo oyen, sino convencerse ellos mismos, buscando con ese ruido atronador acallar el propio corazón y la propia mente que andan gritándoles desde dentro, sin descanso, que su dios es pequeño, muy pequeño, tan pequeño que para reivindicarlo tienen que gritarlo y asesinar a hombres, mujeres, niños y ancianos inocentes e indefensos, por decenas, por cientos, por miles… ¡Lástima! Pobre dios y pobres seguidores.

martes, 15 de marzo de 2016

TRES CLAVOS


                                     PRIMER CLAVO

                        Dame, Cristo, tus manos, venga, aprisa,
                        que tengo que clavarlas al madero.
                        El tiempo apremia. Acércate. Primero
                        la derecha, más fuerte y más precisa.

Ésa con la que escribes, más concisa,
la que bendice y se alza en verdadero
empeño de entregarse por entero.
La que estrechas unida a una sonrisa.

Ven y acércala aquí, sin protocolo.
Te va a doler y mucho. Te lo advierto.
Será como a tu entraña echarle lava.

Mano, clavo y la cruz. Ya falta solo
el martillo. ¿El martillo? Eso no es cierto.
El martillo soy yo que es quien te clava.


           SEGUNDO CLAVO

Ahora dame la izquierda, la otra mano.
La que siembra el amor de cada día.
La que niega discordias, la que guía
por senderos del buen samaritano.

¿Qué esperas? Ponla aquí. Formando un plano
de tierra con el sol. Ten valentía.
Te vestirá este clavo de agonía
y todo lo verás cerca y lejano. 

Y lo hinco con ira y con violencia,
leproso el corazón cual un gusano
de sombras que ni a él mismo se quiere.

Mira Cristo al romano con clemencia.
El romano anda a oscuras. ¿El romano?
El romano soy yo que es quien te hiere.


           TERCER CLAVO

Ya sólo queda un clavo y oxidado.
Un clavo largo y hondo como un río.
Y me quedan dos pies en desafío
que prender a la cruz. Ando cansado.

Venga, crúzalos ya. No seas pesado.
Que viene oscureciendo y hace frío.
Y uno madera y carne. Escalofrío.
Y se acabó. Ya estás crucificado.

Ya eres Vera Cruz, Cruz Verdadera
de entrega hasta morir. Punto y final.
Tres clavos herrumbrosos han bastado.

¡Ha muerto Cristo! ¡Dios! ¡Cuánta ceguera!
¡Qué infame el criminal! ¿El criminal?
El criminal soy yo que lo he matado.
   
Poema ganador Juegos Florales en Honor a la Santísima Vera Cruz de Sevilla, 2015.







viernes, 19 de febrero de 2016

CINCO AÑOS DE VIDA

El lunes, 28 de febrero de 2011, iniciaba este blog. Lo abría porque era consciente de que pocos meses después, en octubre, cerraría la puerta de un sueño en el que había gastado nada menos que treinta años de mi vida. Un sueño lleno de hojas en blanco en las que he dejado escribir y he escrito, en libertad e independencia, cuanto el pensamiento y el sentimiento han deseado y querido. Un sueño con alas blancas llamado revista IBIUT.

Y sabía que una vez clausurada la publicación yo no podía dejar de expresar mis anhelos, mis vivencias, mis pensamientos, mis reflexiones, mis sufrimientos, mis gozos…, porque hay una fuente, un río que mana en mi conciencia, un torrente que brota y corre por entre sus montes y llanuras, areniscas y pedregales, días de lluvia y noches de luz…, que si lo seco con silencios me seca él por dentro la vida.

Y aquí, tras el cristal de una pantalla, en esta página que no puedo palpar con los dedos, en este papel sin olor a imprenta que anda como en el aire, volátil, sin saber qué espacio ocupa, si es que lo ocupa, ni en qué carpeta queda recogida la realidad de las palabras; desde este monitor vidrioso dejo fluir mi agua de sed, temeroso y consciente de que alguien, alguna vez, puede, desde no se sabe qué distancia, cortar los hilos de estas computadoras que nos enlazan, de las que dependemos tanto, o de cambiar maneras, estructuras o programas…,  y ya haberlo perdido todo. Aquí, tan virtuales los caminos, tan etéreos, escribo mis comentarios, más que esperando sean leídos, esperando que, al escribirlos yo, me sirvan para superar la nostalgia y la melancolía, e impedir de paso que me asfixien los fantasmas de un pasado que no volverá, aceptando que todo tiene su tiempo y su lugar limitados, porque nada de lo que nos rodea es eterno.

Y así, exponiendo, por regla general, un par de veces al mes mis composiciones sentidas, he ido y voy avanzando hacia el océano inmenso de la eternidad con la mirada puesta en la línea del horizonte que cada vez veo más cercana. Y me aliento a mí mismo. Y de paso mato a ese gusanillo que me roe las venas de escritor que ha pecado de ser libre, de no arrastrase, de huir del fango de los intereses creados, de no andar en el barrizal de políticas injustas y mediocres, y menos aún en los vericuetos alucinantes de las subvenciones oficiales… De un escritor lleno de defectos y de errores, pero que no se ha vendido nunca, porque ya de por sí no vale demasiado y es consciente de que vendiéndose hubiera valido mucho menos.   

Y aquí sigo cinco años después, escribiendo este comentario conmemorativo. Sabiendo que cuento con algunos miembros seguidores y con otros que, sin serlo, entran de vez en cuando en el blog para leerme. Para todos ellos, para todos vosotros, cuente o no con vuestra estima, con vuestra mejor o peor crítica, sabed que os quedo muy agradecido, y no sólo por visitarme, sino porque el simple hecho de poner mi nombre en internet ya me marca un paso más en el contador del corazón, animándome así a saber que no estoy del todo solo.  

Cinco años ya con este blog de Ramón Molina Navarrete. Cinco golpes de mi mano llamando a la convivencia. Cinco gotas de lluvia de mi alma desbordadas para crear un mar por donde ya han navegado más de un centenar de barcos de papel rumbo al infinito.

Gracias de todo corazón.  

domingo, 7 de febrero de 2016

DÍA DE LOS ENAMORADOS

Estoy a favor de los que piensan que no debería existir un “Día de los enamorados”, por la sencilla razón de que el amor verdadero no tiene tiempo ni espacio, es tiempo y espacio en sí mismo, por lo que todos los días, horas, minutos y segundos, se esté donde se esté, tienen que tener una misma dimensión: la de sentir el fuego de la pasión brotada en el alma. Considerar que un día del amor es especial, es no conocer la eternidad de amar, en cuento todos los días, para quien ama, son particularmente especiales.

No obstante, la tradición nos deja como “Día de los enamorados” el día de San Valentín, sacerdote católico que casaba, en secreto, a jóvenes, en contra de la voluntad del emperador Claudio II, que consideraba eran mejores soldados estando solteros. Día, por lo tanto, dado a los regalos, las cenas románticas, las peticiones de mano… Pero día también que debe servir para reflexionar, para saber si dentro del corazón lo que se siente por alguien es amor verdadero, no ése de fiesta y diversión, pasajero, de ir tirando, de fachada, de excusas, de hasta que se nos acabe, sino de compromiso de vida por ambas partes, hondo, grandioso, de escalón diez, de superaciones, de gozos y sacrificios, de renuncias, de hogar, de pan partido y compartido, de en la salud y en la enfermedad, de dar fruto, de hasta la muerte, eterno. Ése que no te lleva más que a desear estar juntos y luchar por conseguirlo. Ése que te hace estar dispuesto a darlo todo, hasta la vida si fuera necesario.

Para los que creéis en el amor así y amáis así, con amor infinito, de envejecer juntos, de para siempre, os dejo este poema en el que creo. Felicidades todos los días de todos los años.


                        AMOR ETERNO
                                
            Conocernos fue un dardo al corazón,
            una explosión de lumbre en las entrañas,
            una fiebre embriagándose en la sangre.

Luego vino el licor de las palabras,
el roce de las manos para hacernos
de espuma y levedad, sueños con las alas
            ascendiendo a la cumbre de los besos,
a la luna mayor de las galaxias.

Después vinieron días con sus sombras
para nunca rendir nuestras miradas,
para juntos reír, llorar, soñar…,
para juntos saltar las alambradas
y ver que envejecemos sin que el viento
deseque el manantial de nuestra agua.

Conocernos fue un éxtasis de asombros.
Vivir juntos, arder para ser ascuas
y nunca ya morir; porque morir
será tan solo un vuelo en la esperanza
que nos lleva hasta el sol de la belleza;
ese reino de luz ilimitada
con orillas de azules y palmeras
donde seguir unidos ya sin lágrimas,
donde hacernos de gozo un solo ser,
            dos eternos viajeros infinitos
            que caminan desnudos por el alba,
dos estrellas formando un universo,
dos hogueras ardiendo en una llama…        

Pues ni muerte, ni tiempo, ni lugar
podrán romper la unión de nuestras almas. 

viernes, 29 de enero de 2016

CUANDO FLORECEN LOS ALMENDROS

Conocí en la entrega de premios de un certamen literario a un escritor que me marcó. Él obtuvo el premio en relato y yo en poesía. Ambos tuvimos que leer nuestros trabajos al público asistente, y tras terminar el acto nos fuimos a tomar una cerveza.

El escritor, bastante más joven que yo, me preguntó por mi vida, yo creo que como excusa para hablarme de la suya. Me confesó que estuvo casado y que su esposa se fue de la casa a los siete años de la boda, sin querer saber nada de sus dos hijos, dejándolos a su cargo. Que sus padres murieron en un accidente de tráfico pocos meses después. Que nunca quiso estar con ninguna otra mujer, porque sólo la quería a ella. Que le diagnosticaron problemas en un riñón y se lo extirparon. Que, como consecuencia, se quedó sin trabajo cuando contaba con cuarenta y pocos…, y que se vio casi mendigando por las calles para sacar adelante a sus pequeños. Que había escrito un libro sencillo, con diez relatos, y los iba ofreciendo por las terrazas y los bares a cambio de un donativo…, pero que recibía más desplantes, negativas e indiferencias que ventas. Todo lo más, por lástima, por caridad, tres o cuatro ejemplares al día.

Sentí compasión por el personaje. Todo un tipo que vestía al estilo de los hippies de los sesenta y se mostraba amable, educado, extrovertido… Aproveché la coyuntura y le pregunté que cómo era posible haber vivido tantas adversidades y tener, encima, si no alegría, si cierto gozo y vitalidad en el alma fruto de saber aceptar los reveses que la vida te va dando. Fue entonces cuando me hizo saber que siempre, en el fondo de todo, cabe la esperanza. “Mira el campo”, añadió, “cuando toda la naturaleza está muerta, los árboles sin hojas, las plantas sin color, hace frío, todo es gris y triste…, en pleno invierno, florecen los almendros, y sus flores son preciosas, y todo el paisaje parece que se contagia de tanta hermosura y hasta los pájaros entonan sus cantos con mayor primor”.

“Eres un poeta”, le dije. “Tenías que escribir versos y no relatos.” Sonrió, le dio el último trago a la caña de cerveza y se despidió. Pero antes de salir a la calle, tras escribir su nombre y su número de teléfono en una servilleta y dármela, se volvió hacia mí y me dijo: “Si alguna vez la vida te trae un árido verano, un otoño triste y un invierno doloroso…, piensa que en cualquier instante pueden florecer los almendros y llenarse tu corazón de fortaleza, de belleza, de amor y de paz. La primavera está cerca”.

Ayer, cuando salí a pasear por los campos serenos de mi Úbeda, siendo aún enero, me sorprendí al ver que algunos almendros ya habían florecido. Me emocionó la estampa. Me sentí entonces más animado. Y, sin saber por qué, me vino al recuerdo aquel escritor de relatos con el que compartí hace años un acto literario y cuya vida era todo un poema. Al llegar a casa miré en mi agenda y hallé su número de teléfono. Lo llamé por puro detalle, para decirle que al ver los almendros en flor me había acordado de él y de paso saber qué había sido de su vida. Tras una larga espera escuchando la llamada, por fin alguien descolgó el teléfono. Pregunté entonces por mi amigo escritor…, del que solo sabía su nombre. Añadí datos. “Sí, sí, ése es mi padre. En esta casa ahora vivimos sus dos hijos con mi madre, que regresó con él. La verdad es que se querían mucho. Él murió en febrero del año pasado, dos semanas después de que una importante editorial de Madrid le publicase la obra con la que había obtenido el premio internacional de novela Miguel de Cervantes…”

Seguro que murió cuando estaban todos los almendros del mundo en plena flor. Seguro. No me cabe la menor duda.

miércoles, 6 de enero de 2016

JULIÁN MORENO JIMÉNEZ: EL SEMBRADOR AGARRADO A LA TÚNICA DE JESÚS DE NAZARET

Cuando en la tarde lluviosa del día 5 de enero entré en “Cruz de guía”, que dirige y mantiene con gran destreza Eugenio Santa Bárbara, me encontré con el titular: “Fallece el cofrade y filántropo Julián Moreno”. Y dentro de la noticia, varias fotos de este hombre ejemplar que pasó por la vida haciendo el bien.

Sentí tristeza, pero distinta a la que duele, de esas que tienen un aroma de gozo brotando de su hondura. Un gozo delicado y profundo, de misteriosa felicidad. No hace mucho estuve con él. Fue en el templo de San Isidoro. Y, como siempre, tan cariñoso y amable, me preguntó por mis hijos y, en especial, por José Ramón, a quien tanto quería, porque ambos, entre otras razones, son seguidores de ese Cristo en la Columna al que aman con locura y que tanto representa en sus vidas. Y ese lazo, honesto y limpio, los venía uniendo desde hace lustros y por encima de todas las distancias.

El entierro ha tenido lugar hoy, día de Reyes, a las diez de la mañana, en la iglesia de San Isidoro. Demasiado temprano para una fecha tan especial. Sin embargo, no cabía un alfiler. Cuando entró el féretro, se hizo un silencio sepulcral. Allí, a su lado, bajo el atril del Evangelio, en medio de todos los directivos y numerosos cofrades con la medalla en el pecho, puestos en pie y firmes en señal de hondo respeto, aparecía majestuoso el estandarte de una de las muchas cofradías a las que pertenecía. Esa que, sin duda, más quería y más ha significado para él: “La Columna”. Así como el estandarte que simbolizaba y aglutinaba a todas las demás: el de la Agrupación de Cofradías.

Don Santiago, el párroco, acompañado por don Robustiano, ofició la ceremonia religiosa. Habló de Julián convencido del triunfo de su vida, expresando la certeza de que ya estaba disfrutando de la presencia del Señor. Por último, y antes de partir para el cementerio, sonó la marcha de la cofradía y lo llevaron a hombros hasta la capilla del Cristo que tantas veces, incansablemente, visitó a lo largo de su existencia. La emoción entonces nos embargó a todos. Y en todos los ojos de los allí presentes se nos hicieron de niebla las pupilas.

Sus cinco hijos, junto al resto de la familia, estaban rotos por el dolor, pero en sus miradas, pese a las lágrimas y el cansancio, brillaba un dulce sentimiento de orgullo. Todos sabían que su padre, ese hombre de vida excepcional dormido dentro del ataúd, ha sido un ejemplo de humanidad, de fidelidad, de trabajo, de entrega, de renuncia, de coherencia, de sacrificio, de oración, de esperanza, de amor… Desde la pobreza los supo hacer ricos y fue rico en bienes del alma. Viudo desde muy joven, hizo de padre y madre a la vez, y los llevó a todos a las nubes de la formación y la cultura para que cruzaran por la vida con alas de libertad y sencillez. Luchó por la fe, sembró evangelio, se dio a los necesitados y a los enfermos, visitó a los presos, dio de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos, acogió a los peregrinos y vistió a los desnudos… Y hasta a mí, soñador de versos, nunca dejó de animarme para que no desfalleciese en mi destino de ser y de darme.  

Le dije adiós desde el alma, pidiendo a Dios, en este año especial de la misericordia, no por él, sino por mí, para que me permitiera encontrarme de nuevo con su presencia en la otra dimensión y darle un fuerte abrazo por toda la eternidad. Y al verlo alejarse definitivamente dentro de su sepultura terrena, volví a sentir dentro de la pena que me seguía bañando una alegría serena y silenciosa… Y entonces supe por qué un hombre tan mayor y tan lleno de madurez como él se había ido en la víspera del día de Reyes. Sencillamente, pensé, porque debajo de ese cuerpo desgastado, repleto de cicatrices y de llagas, de heridas siempre perdonadas, de sembrador de vida, lo que había era un niño, un niño grande, un niño siempre agarrado a la túnica de Jesús de Nazaret… Y de los niños, nos dejó dicho el Señor, es el reino de los cielos. Que lo disfrutes, amigo Julián. Te lo has merecido.

lunes, 4 de enero de 2016

EL TIEMPO ENTRE NOSOTROS

Un año más que se nos va. Un año más que pasa envuelto en la capa de enigmas y se marcha de puntillas por las rendijas del almanaque. Y aquí nos deja, con nuestras ignorancias para engañarnos a nosotros mismos.

“No pasa el tiempo, pasamos nosotros”. Decimos. Y lo decimos con voz altiva, como engolada, cual filósofos de una Grecia de pacotilla a la sombra de la acrópolis de la modernidad.

Pero es mentira. Una mentira más. No pasamos nosotros. Pasa el tiempo por entre nosotros dejándonos cada vez que lo hace un corte en el tronco de nuestra existencia, buscando derribarnos contra el suelo para que seamos tierra. Algo así como lo hace un leñador cuando quiere talar un espléndido árbol del bosque.

Albert Einstein lo dejó bien claro: “El tiempo existe”. Y se puede demostrar. Ahí tenemos “la paradoja de los dos gemelos”. Si un hermano adolescente se queda en la tierra mientras otro viaja cerca de la velocidad de la luz, al regresar encontrará a su hermano hecho un anciano mientras él sigue casi igual de joven que al partir. El tiempo existe porque, afianzando esta teoría de la relatividad de Einstein, si fuera una simple percepción, como aseguran otros, en nada variarían tampoco los relojes atómicos cuando uno ellos se queda en tierra y el otro viaja en un simple avión por varias horas. El que vuela se retrasa.

Si el tiempo tampoco existiera seríamos eternos. Si el tiempo se detuviera nos quedaríamos tal y como estamos para siempre. Cuanto existe, por lo tanto, es un flotar en el éter de los instantes, que no tiene aparentemente piedad con nada ni con nadie, cual si fuera una especie de monstruo que sólo se alimenta de cuanto nace de él mismo, como un Saturno misterioso que sigilosamente devora a sus hijos.

El tiempo, por lo tanto, acabará con todo rastro de existencia. Acabará con el sol y los planetas, con las constelaciones, las galaxias, con el universo entero… Y, por supuesto, con todo rastro de vida. Después, tal vez, aburrido de haberlo hecho todo y hacerse él mismo nada, decida en la última milésima del último segundo, hacer estallar un nuevo Big-Bang, y tener un nuevo cosmos para volver a empezar a jugar en su rompecabezas de construcción-destrucción.

Lo mismo es que Dios es tiempo para que lo sintamos pero no lo veamos. Ya lo dijo Víctor Hugo: “Dios es la evidencia invisible”. Lo mismo la vida y la muerte son círculos concéntricos en la espiral de una misma cosa. Lo mismo ese tiempo que nos nace, nos ve, nos corta, nos hiere, nos vigila, nos marca y nos tira al suelo, y anda por nosotros, por cada uno de nosotros, pueda tener inteligencia y, por qué no, misericordia, y en un momento determinado decida, por lo que sea, sacarnos de su espacio y, bien por haberlo descubierto, o por ser especiales, o por algo que él considere, llevarnos de alguna manera hacia dentro de él mismo, para ahí, en su interior de infinita quietud sin relojes, ser eternos. Igual esa es la vida eterna de la que nos hablan las diferentes religiones, y de la que, en cierto modo, nos habla también la Biblia.

Se nos va un viejo año y nos llega otro nuevo. Pero nada de eso es en verdad. Otra mentira. Es el mismo que se pone y se quita la barba de la vejez para que creamos que todo es un nuevo volver a empezar, para que incluso brindemos para darle la bienvenida y nos deseemos felicidad en él... Como si él nos estuviera dando vida cuando lo único que hace, en realidad, es quitárnosla.

Al tiempo, por lo tanto, lo único que tenemos que hacer es respetarlo, aceptarlo e incluso amarlo, al fin y al cabo le debemos el hecho de habernos traído aquí y haber conocido las maravillas de la existencia. Y esto, después de todo, es un regalo excepcional que no tiene precio.