miércoles, 25 de mayo de 2016

LOS TIEMPOS, LA MUJER Y LA FE

Nos estamos radicalizando en todo. También en la fe. Y no ya en referencia a la disputa entre creyentes y no creyentes, sino entre personas de una misma creencia que tienen distintos puntos de vista en cuestiones concretas. Y qué pena que esto ocurra, porque lo que puede ser un simple parecer, una opinión más o menos acertada que se da, puede acarrear enemistad, desprecio e incluso persecución por los mismos hermanos allegados. Y todo porque se quiere olvidar que la fe no es un mueble estático que ha de permanecer inalterable e inamovible, sino que es un don en el alma que tiene vida, y que por lo tanto se mueve y toma parte dentro de un contexto histórico determinado que presenta sus particularidades y sus características propias.  

La misma Biblia, que es la palabra de Dios, así nos lo hace ver. Todo el Antiguo Testamento es un espejo, se diga lo que se diga, donde el Dios que se nos muestra es iracundo, temido, guerrero, castigador, justiciero, despiadado…, y donde las normas que se imponen son extremadamente severas… Hubo épocas en que, por poner algún ejemplo, en el pueblo elegido se aceptaban y permitían incluso la esclavitud y la poligamia, y hasta los vientres de alquiler, como cuando Sara, que no tenía hijos, le entregó su esclava egipcia Agar a su esposo Abraham para que le engendrara un heredero, a quien llamó Ismael. El pueblo israelita, en ese tiempo, era enormemente machista, patriarcal, intolerante, implacable con el enemigo, y regido por unas leyes inflexibles, donde el ojo por ojo y diente por diente eran la norma básica. Tal vez por ello, el mismo Dios, que muestra también claros destellos de clemencia, benignidad, benevolencia, compasión, paciencia…, permitiese dejarse entender autoritario, vengativo y celoso porque esos momentos históricos, en los que se revela y hace alianza con ese pueblo suyo en lucha por subsistir, así lo requerían.

Sin embargo, llega el Dios del nuevo Testamento y todo se transforma en paz, perdón, comprensión, bondad, misericordia… en poner la otra mejilla, en no se ha hecho el hombre para la ley sino la ley para el hombre, e incluso en amar a los enemigos… Menudo cambio… Pero Jesús de Nazaret vivió también en un tiempo histórico y a él se tuvo que adaptar. Y aunque aquella sociedad seguía siendo plenamente machista, donde la mujer estaba totalmente relegada y era un ser de segunda, bastante hizo por cambiarla y dignificarla, hasta el extremo de acompañarse de mujeres, hacerlas sus seguidoras, dejarlas estar a los pies de su cruz y consentir que fueran las primeras en verlo resucitado. Menuda revolución para aquella época. Casi nada.

Viene todo esto para hacer ver que al llegar a nuestro ahora, más de dos mil años después de Cristo, en pleno siglo XXI, donde la mujer ha logrado ser reconocida en plenos derechos llegando a ocupar en la sociedad los más altos cargos en todos los sentidos, demostrando además que puede estar a la misma altura que el hombre en capacidades y responsabilidades, hemos de vivir en este presente nuestro e ir con él. También la Iglesia, que no sólo ha de andar a remolque sino que está obligada, como hizo Jesús en su tiempo, a ir siempre en vanguardia, abriendo caminos. Por lo que pienso, humildemente, que es un error que dentro de su seno se empeñen en seguir dándole a la mujer un papel de no igualdad. Y este Papa actual, Francisco, lo sabe, como sabe de la radicalización que nos mueve. Pero pese a ello, ahí lo tenemos, luchando dentro de su tiempo, anunciando hace unos días su intención de crear una comisión para que estudie la posibilidad de ordenar mujeres diáconos, a sabiendas de que no pocos estrictos de la ley se reafirmarán aún más en su consideración de que este hombre es un antipapa, un hereje, un traidor…, y que se muera. Olvidándose de que es el Espíritu Santo quien elige al sucesor de Pedro, y Éste, según ellos, nunca se equivoca. Pues entonces, por qué no piensan que lo mismo el Espíritu Santo lo eligió para ello, para que la Iglesia viva en su tiempo y con su tiempo.

No quiero decir con esto que la mujer sea mañana mismo ordenada sacerdote, obispo o cardenal. Lo que pretendo decir es que no hay que rasgarse las vestiduras porque algún día la mujer, debidamente formada y preparada, ejemplar, como se le exigiría a cualquier otro varón, pueda ser nombrada diácono y pueda ejercer mayores responsabilidades en la toma de decisiones en el seno eclesial. Después ya se verá. Lo que pretendo decir es que la fe en Dios y en Jesús no se rebajaría ni se perdería por ello, sino todo lo contrario. Y ya se ha demostrado. En mis años jóvenes no pocos se echaron las manos a la cabeza y dijeron lo que no está escrito porque la mujer comenzó a salir de penitente en las procesiones de Semana Santa vestida con la misma túnica que el hombre. “¡Marranas! Este es el fin de la Iglesia. A uno ya le van a quitar hasta la fe.” Gritaba un familiar mío. Sin embargo, hoy, pocos ven algo raro en ello, ni nada malo en que ocupen cargos directivos y sean hermanas mayores de las hermandades, ni tampoco en que se suban al altar para hacer las lecturas en la misa o den la comunión, sino todo lo contrario. Hace poco moría también en paz ese familiar mío, después de ver cómo en numerosas ocasiones, ya enfermo, era una mujer laica quien venía a su casa a darle la Eucaristía, quedándole además sumamente agradecido. Yo mismo vi con mis ojos cómo, tras recibirla, le besaba las manos, emocionado, con sumo respeto y fervor. 

La sociedad es mudable y Dios es inmutable. Pero igual este Dios nuestro, que toma parte en el tiempo histórico, cual vela de Amor, se deja cambiar el color de la cera sin que por ello la inmensa llama de su luz deje de alumbrar.

lunes, 9 de mayo de 2016

ABUELOS

 En esta sociedad siempre egoísta y ambiciosa surge la figura de hombres y mujeres que a causa de la edad han calmado la codicia y ya miran al futuro con la templanza que brota de la sabiduría que sólo los años saben dar. Personas que dejan tirados en la buhardilla del corazón el caballo de lo trivial, las armaduras de la discordia, las lanzas del desamor y los escudos de la envidia… y se dedican, como haciéndose niños de nuevo, al juego de la entrega, el servicio y el amor.

Son los abuelos. Hablo de los abuelos. Esos seres especiales que ven en sus hijos la prolongación de ellos mismos, por lo que sufren con sus penas y se alegran con sus alegrías, llegando a tanto que hasta son capaces de quitarse la comida de su boca para que coman ellos, convirtiéndose, además, si fuera necesario, en servidores de los hijos de sus hijos, es decir, de sus nietos.

 De ahí que veamos a muchos de ellos en los amaneceres de infinidad de días, haga frío o calor, llueva o hiele, llevando a sus nietos al colegio, recogiéndolos a la salida, sacándolos a pasear, invitándolos al cine, jugando en sus cuartos, alimentándolos, poniendo en sus frentes el beso de buenas noches… Y así año tras año, y todos, pese a andar muchos de ellos con dificultad y tener que cargar con los sufrimientos del dolor de las enfermedades y los cansancios, gozosos, sintiéndose un compañero más, un amigo más, poniéndose a su altura, conversando en un lenguaje lo más sencillo posible…, contándoles historias de su vida, de sus batallas, de sus vivencias más especiales, dándoles además sus consejos más nobles, abriéndoles caminos, sembrado en sus corazones semillas de grandeza.  

Los abuelos son el barniz hecho calor y esperanza que da color al gigantesco cuadro del mundo que anda repleto de negros, blancos y grises. Los abuelos han sido siempre la ternura de las casas y las familias. Siempre. Pero nuestros abuelos de hoy son, además, especiales, únicos. Ellos son los que vivieron la asfixia de una posguerra de hambre y de miedo, de silencios y humillaciones, de manchas de sangre demasiado fresca. Ellos fueron testigos y sujetos activos de las emigraciones, de los trabajos mal remunerados, de las penurias para seguir viviendo... Pero ellos, pese a todo, fueron capaces de sacar a sus hijos adelante, dando cuanto pudieron por ellos, dejando incluso de soñar por ellos. Fueron los fuertes cimientos de hierro y hormigón para que el hogar no se derrumbara…  Y hoy, ahora, cuando en justicia ellos, los abuelos, deberían ser amablemente servidos y liberados definitivamente de las cargas y sacrificios del día a día, agravados además por esta crisis inventada por los poderosos para más arrancarnos las entrañas, se han vuelto a convertir en sostén, en base, en cadena, en ayuda económica, en refugio al que acuden muchos hijos e hijas para ser socorridos, para que sostengan parte de sus cargas, para que les sea un poco más fácil seguir caminando sin necesidad de pegarse un tiro en el alma.

Reconocidos sean, por lo tanto, esos abuelos de ayer y, sobre todo, de hoy que renunciaron y renuncian a su júbilo de comodidades y ocios para beneficio de sus hijos y nietos necesitados. Reconocidos sean, aunque ellos no necesitan ser pagados, porque quien hace las cosas por amor, ya, en ese mismo amor, tiene la más hermosa recompensa.

miércoles, 20 de abril de 2016

VOLVER AL COLEGIO JUAN PAQUAU DE LA MANO DE QUIENES SE FUERON HACE 25 AÑOS


Después de muchos años he vuelto a visitar el colegio público Juan Pasquau, el colegio de mi vida, aquél que estrenamos en 1980 y del que fui director por tiempo de doce años, aquel colegio que supo, sin ideologías, ni racismo, ni políticas, ni discriminaciones sociales, luchar contra las adversidades y ser uno de los más dignos de España. Y lo he hecho porque los alumnos y alumnas cuya promoción se despidió en un acto de gala, en junio de 1991, se han vuelto a juntar en él para celebrar su veinticinco aniversario, queriendo contar con la presencia de aquellos maestros de su infancia que calaron en sus vidas, entre los que me encontraba.

Y fue muy emotivo. Enormemente gratificante volver a ver sus rostros, algunos sin perder apenas la fisonomía  y otros algo más cambiados, pero dejando todos una impronta en las pupilas que te hacía recordarlos con hondo sentimiento, como si a la mente te vinieran destellos brillantes de un pasado que hacían situarlos en escenas que sólo generaban gozo. Ellas y ellos estaban ahí, cual vencedores de un tiempo que jugara con sus destinos, sólo que, inevitablemente, ya en edad adulta, cerca ahora de cumplir los cuarenta, es decir, en la flor de la vida. Ellos, más formales. Ellas, bellísimas. Ellos, más serios. Ellas, más alegres… Y todos felices de volverse a ver, de regresar a un pretérito de compañerismo, de sencillez, de compartir, de respeto, de valores… De la mayoría yo había olvidado sus nombres, pero eso no me importó porque comprobé que a todos los seguía llevando en mi corazón, porque fueron como hijos a los que quise con toda el alma.

Organizaron un acto tan sencillo como hermoso. Presentaron un video emocionante con imágenes de sus vivencias escolares. Imágenes muchas ya descoloridas, borrosas, las justas, porque entonces no había móviles y nadie llevaba una cámara de fotos a la escuela. Algunos hablaron, presentando discursos de gran altura, llenos de remembranzas, anécdotas, vivencias, de ternura, de sacrificios, de superaciones... Tuvieron su particular homenaje para los que no habían podido estar y también por quien ya se fue a la otra orilla de la existencia. Y, cómo no, tuvieron palabras enormes de gratitud para sus padres y familiares, y en particular para sus maestros, agradeciendo –ahora que parece que decir gracias ya no se lleva, ni hay por qué darlas– todo cuanto hicimos por ellos, todo lo que les enseñamos  y todo cuanto sembramos en sus corazones. Hablamos, por último, algunos de los maestros, expresando nuestro sentir y agradeciendo lo mucho que ellos también nos habían dado… Y, como cuando se despidieron del colegio, en el mismo lugar del patio, nos volvimos a hacer la foto de recuerdo.

Tuvimos después una cena en “El Blanquillo”, donde nos atendió, lo que faltaba, otro antiguo alumno del colegio. Y como en aquellos años de la infancia, en la clase, tras situarnos a los maestros en el centro de una mesa alargada, los chicos se sentaron a un lado y las chicas al otro, separados. Y tan contentos. Tuvimos brindis y todo nos supo a gloria. Yo, de vez en cuando, miraba a un lado y a otro, y los veía dichosos. A ellos inmersos en sus temas, poniéndose las manos sobre el hombro, mirándose con cariño, y a ellas las veía felicísimas, dejando saltar, más que de sus gargantas de lo más hondo de ellas mismas, risas hechas de lumbre, risas que no cesaban, con alas, contagiosas… Y es que por unas horas, ellos y ellas dejaron a un lado sus luchas del presente, sus problemas, sus angustias, sus miedos, sus frustraciones…, para volver a ser niños, aquellos niños de alma blanca que no sabían de odios, ni rencores, ni maldades… Niños que por unas horas me devolvieron también a mí el trofeo de la satisfacción, del honor y del orgullo de haber sido su maestro y su director. Y me sentí lleno de vida. Por ello les pedí, cuando los maestros decidimos despedirnos ya de madrugada, que no nos olvidaran, que nos siguieran recordando, porque, como dijo el sabio, mientras lo hicieran, seguiríamos vivos.

Nosotros, ya algo más mayores, nos marchamos perdiéndonos bajo la noche serena. Ellos se quedaron ahí, todos ellos, sin excepción, en el salón, disfrutando de su volver a encontrarse, de su volver a ser, de su volver a vivir… Y sus voces y sus risas seguían escuchándose como canto de ángeles más allá de las estrellas.

Y regresé a casa lleno, con los ojos nublados por las lágrimas de la emoción, feliz.

Gracias, antiguos alumnos, hijos míos, por devolverme la Lección del Amor.

lunes, 11 de abril de 2016

LAS DROGAS Y LA DOBLE VARA DE MEDIR

Las drogas, los alucinógenos, los estupefacientes…, están totalmente perseguidos en el mundo del deporte. Constantemente a los deportistas se les hacen pruebas, muchas de ellas por sorpresa, y siempre después de los eventos competitivos. Y pobres de aquellos a los que se les detecta lo más mínimo en los análisis. Caen, inmediatamente, en el pozo de las oscuridades; se les retira trofeos y medallas conseguidas, se les suspende por meses y años, las marcas publicitarias rompen con ellos los contratos…, y lo que es peor, quedan estigmatizados para siempre. Desde ese día, aunque vuelvan a competir, ante cualquier triunfo, una y otra vez, ya queda planeando sobre ellos el pájaro de la duda.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en otros terrenos de la vida. Pongamos por ejemplo el mundo del arte, de la literatura, de la composición, de la canción, de la música, de la pintura… Aquí no son pocos los que dejándose llevar por las drogas componen obras extraordinarias, de gran éxito que, asimismo, lejos de criticarse, se aplauden. Hace poco leía en internet el comentario de un señor al respecto, diciendo textualmente: “Si la droga le sirve al músico para hacer buena música, bendito vicio”.

Muchos son los artistas, por lo tanto, que han logrado, de esta manera, grandes logros, dineros y fama a lo largo de su vida, confesando ellos mismos, además, que cuando hicieron ésta o aquélla obra estaban “colocados”, Y así, claro, alterado el sistema nervioso, fluyendo las neuronas con excesiva rapidez, a gusto, desinhibidos, como volando por las nubes de colores…, a quien tiene talento se le puede multiplicar. Añadiendo, para colmo, que, por el contrario, una vez que tuvieron que dejar la droga, por problemas especialmente de salud, se les acabó la inspiración.

¿Y esto es justo? ¿No es jugar con ventaja respecto a los demás creadores? ¿Por qué la sociedad, al menos al enterarse del doping, como sucede en el deporte, no deja de admirar, considerar, condecorar y enriquecer el drogata que ha logrado una obra con ayuda de estimulantes y no por su propio esfuerzo, preparación, formación, constancia y trabajo…?

Ya sé que sería de risa que, tras presentar una exposición de pintura, o sacar un disco, o publicarse un libro…, se tuviera que hacer una analítica antidoping al autor. Lo mismo, además de una estupidez, listos ellos, ya lo harían cuando transcurriera el tiempo suficiente como para estar limpios. Lo que pretendo decir, por decir, es que en esta sociedad siempre andamos en la hipocresía, en la falsedad, en la doble vara de medir, en la incoherencia… De ahí que no entienda, dicho sea de paso, entre otras muchas cosas, tampoco, cómo se puede defender con todo el coraje del mundo la vida de una cría de serpientes encontrada en las afueras del pueblo y luego estar a favor de machacar a una criatura humana en el vientre de una mujer. O cómo abrir telediarios y portadas de periódicos porque ha habido un atentado o, ayer mismo, un incendio en un templo hindú en el que han muerto un centenar de personas, y apenas decir esta boca es mía cuando, una y otra vez, casi sin descanso, en numeroso lugares, aparecen masacrados, achicharrados o degollados cientos de cristianos. O como declararse de izquierdas, despreciando la corbata y la chaqueta porque es de ricos, para vestir andrajosas ropas oscuras, como rotas y sucias, que valen, al ser de diseño, un dineral, y hablar de los pobres, de la solidaridad, de la justicia social, del bien común…, y luego, aparte de vivir como reyes, ocultar su grandes fortunas en paraísos fiscales…  

Y es que somos así: embudos. Embudos, mientras nos ponemos las gafas con el color del cristal con el que queremos mirar. Embudos a lo claro. Siempre la parte estrecha para ti y la ancha para mí y lo que a mí me parece. Y a vivir que son dos días.     






miércoles, 23 de marzo de 2016

POBRE DIOS Y POBRES SEGUIDORES

Han sido ya varias las veces que he andado por el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas. La última vez hace pocos días, y a la misma hora de los atentados. Quiero decir que podía haber sido, de haberse adelantado el calendario de los terroristas asesinos tan sólo unas fechas, una de las víctimas y andar ya en vuelo hacia la otra orilla.

Y al ver en la televisión las imágenes de los muertos, heridos y los destrozos causados, pienso también en mi hija y en mi yerno, e incluso en mi nieta recién nacida, porque podrían haber sido igualmente ellos, que viven allí y conocen ese aeropuerto como las palmas de sus manos de tanto ir y venir, unos de los tantos que yacían tirados por el suelo envueltos en sangre. Pienso asimismo que los muertos y los heridos pueden ser compañeros míos, amigos míos, conocidos míos… y me muero de dolor y de rabia.

Los yihadistas islamitas nos han declarado la guerra hace ya mucho tiempo, tal vez desde que nació esa religión que ha de tomarse al pie de la letra, que no admite interpretación, que obliga, no por convencimiento, sino por narices, bajo pena de muerte; incapaz, por lo tanto, de adaptarse a los tiempos, que se enquista en ella misma hasta volverse terriblemente violenta, como quien rompe la baraja, tira la mesa de juegos y desenfunda la pistola cuando ve que lo han pillado haciendo trampas, porque descubre en el fondo de su propia conciencia la mentira en la que se cimienta sus creencias, en cuanto no les permite adaptarse a los descubrimientos científicos, los avances técnicos, la globalización, los derechos humanos, las libertades individuales, la separación de poderes, la democracia política, la libertad de expresión, la igualdad de género, la independencia de la mujer, el respeto a otros modos de ser y de pensar y de vivir…

Porque descubren, pese a las críticas de que andamos en una civilización corrupta, injusta e inmoral, que somos mejores que ellos, porque, pese a todo, los admitimos en nuestras sociedades con plenos derechos, los ayudamos si es necesario con alimentos y viviendas, los acogemos, les abrimos las puertas de nuestros colegios y hospitales, respetamos y toleramos sus creencias –y hasta se las subvencionamos, e incluso, para que se sientan más a gusto, a costa de cercenar las nuestras–, les dejamos levanten cuantas mezquitas quieran y hasta permitimos tengan programas en la televisión para que expongan sus doctrinas…, realidades, hechos que ellos son incapaces de hacer, ni siquiera mínimamente con nosotros en sus países, viendo también que aquí se puede ser o no creyente, agnóstico o ateo sin que te persigan ni te degüellen, y que, por lo tanto, no hace falta ser religioso para que te dejen vivir ni para poder ser una gran persona, y viendo también que los que son cristianos, desde cualquiera de sus ramas, les dan ejemplo en cuanto rechazan las represalias, el odio, la vileza, la ira, el crimen, la maldad…, y ofrecen solidaridad, entrega, renuncia, comprensión, misericordia, amor a manos llenas, siendo hasta capaces de poner la otra mejilla… Y que Jesús, el Maestro, ejemplar en sus palabras y en la coherencia de sus actos, es un Dios de perdón y no de venganza, de paz y no de guerra…, de vida y no de muerte.

Se saben peores, se saben equivocados, se saben en el error…, y ante la negativa de aceptarlo, actúan desde la intolerancia y el fanatismo, pretendiendo seamos todos como ellos, o, de lo contario, buscando acabar con todo aquello que se lo puede recordar, de ahí que destruyan y rechacen permanentemente los monumentos y la arquitectura histórica, la literatura, el cine, la escultura, la pintura, la música, el periodismo…, el arte en general. De ahí que quieran aislarse, vivir en una dictadura atroz que no abra puertas al exterior, que siga tapando, de pies a cabeza, el cuerpo entero. De ahí que no tengan interés en la enseñanza de sus hijos y menos de sus hijas. De ahí el odio a los extranjeros, al turismo, a internet, a las bibliotecas… De ahí que busquen amedrentar y dirigir a cuantos musulmanes viven pacíficamente en esta parte del mundo con consignas y advertencias. De ahí su pretensión de acabar con nosotros –tachándonos de infieles y poseídos de satanás–, con la civilización de occidente, que, pese a tener grandes deficiencias e imperfecciones, es infinitamente mejor, mucho mejor que la suya, atrasada, adoctrinada, aborregada, acobardada, esclavizada, empobrecida, inculta, intransigente, atascada en la Edad Media, tan atascada que son incapaces de salir porque es tanto el barro de lo falaz en el que andan metidos que les llega hasta los ojos cegándolos aún más. De ahí su grito último, feroz y terrible, cuando van a cometer, a traición, la mayor de las canalladas: “¡Alá es grande!”

Buscando así, antes de suicidase, airados e impotentes ante su propio fracaso, enloquecidos por no poder salirse con la suya, no convencer a quienes lo oyen, sino convencerse ellos mismos, buscando con ese ruido atronador acallar el propio corazón y la propia mente que andan gritándoles desde dentro, sin descanso, que su dios es pequeño, muy pequeño, tan pequeño que para reivindicarlo tienen que gritarlo y asesinar a hombres, mujeres, niños y ancianos inocentes e indefensos, por decenas, por cientos, por miles… ¡Lástima! Pobre dios y pobres seguidores.

martes, 15 de marzo de 2016

TRES CLAVOS


                                     PRIMER CLAVO

                        Dame, Cristo, tus manos, venga, aprisa,
                        que tengo que clavarlas al madero.
                        El tiempo apremia. Acércate. Primero
                        la derecha, más fuerte y más precisa.

Ésa con la que escribes, más concisa,
la que bendice y se alza en verdadero
empeño de entregarse por entero.
La que estrechas unida a una sonrisa.

Ven y acércala aquí, sin protocolo.
Te va a doler y mucho. Te lo advierto.
Será como a tu entraña echarle lava.

Mano, clavo y la cruz. Ya falta solo
el martillo. ¿El martillo? Eso no es cierto.
El martillo soy yo que es quien te clava.


           SEGUNDO CLAVO

Ahora dame la izquierda, la otra mano.
La que siembra el amor de cada día.
La que niega discordias, la que guía
por senderos del buen samaritano.

¿Qué esperas? Ponla aquí. Formando un plano
de tierra con el sol. Ten valentía.
Te vestirá este clavo de agonía
y todo lo verás cerca y lejano. 

Y lo hinco con ira y con violencia,
leproso el corazón cual un gusano
de sombras que ni a él mismo se quiere.

Mira Cristo al romano con clemencia.
El romano anda a oscuras. ¿El romano?
El romano soy yo que es quien te hiere.


           TERCER CLAVO

Ya sólo queda un clavo y oxidado.
Un clavo largo y hondo como un río.
Y me quedan dos pies en desafío
que prender a la cruz. Ando cansado.

Venga, crúzalos ya. No seas pesado.
Que viene oscureciendo y hace frío.
Y uno madera y carne. Escalofrío.
Y se acabó. Ya estás crucificado.

Ya eres Vera Cruz, Cruz Verdadera
de entrega hasta morir. Punto y final.
Tres clavos herrumbrosos han bastado.

¡Ha muerto Cristo! ¡Dios! ¡Cuánta ceguera!
¡Qué infame el criminal! ¿El criminal?
El criminal soy yo que lo he matado.
   
Poema ganador Juegos Florales en Honor a la Santísima Vera Cruz de Sevilla, 2015.







viernes, 19 de febrero de 2016

CINCO AÑOS DE VIDA

El lunes, 28 de febrero de 2011, iniciaba este blog. Lo abría porque era consciente de que pocos meses después, en octubre, cerraría la puerta de un sueño en el que había gastado nada menos que treinta años de mi vida. Un sueño lleno de hojas en blanco en las que he dejado escribir y he escrito, en libertad e independencia, cuanto el pensamiento y el sentimiento han deseado y querido. Un sueño con alas blancas llamado revista IBIUT.

Y sabía que una vez clausurada la publicación yo no podía dejar de expresar mis anhelos, mis vivencias, mis pensamientos, mis reflexiones, mis sufrimientos, mis gozos…, porque hay una fuente, un río que mana en mi conciencia, un torrente que brota y corre por entre sus montes y llanuras, areniscas y pedregales, días de lluvia y noches de luz…, que si lo seco con silencios me seca él por dentro la vida.

Y aquí, tras el cristal de una pantalla, en esta página que no puedo palpar con los dedos, en este papel sin olor a imprenta que anda como en el aire, volátil, sin saber qué espacio ocupa, si es que lo ocupa, ni en qué carpeta queda recogida la realidad de las palabras; desde este monitor vidrioso dejo fluir mi agua de sed, temeroso y consciente de que alguien, alguna vez, puede, desde no se sabe qué distancia, cortar los hilos de estas computadoras que nos enlazan, de las que dependemos tanto, o de cambiar maneras, estructuras o programas…,  y ya haberlo perdido todo. Aquí, tan virtuales los caminos, tan etéreos, escribo mis comentarios, más que esperando sean leídos, esperando que, al escribirlos yo, me sirvan para superar la nostalgia y la melancolía, e impedir de paso que me asfixien los fantasmas de un pasado que no volverá, aceptando que todo tiene su tiempo y su lugar limitados, porque nada de lo que nos rodea es eterno.

Y así, exponiendo, por regla general, un par de veces al mes mis composiciones sentidas, he ido y voy avanzando hacia el océano inmenso de la eternidad con la mirada puesta en la línea del horizonte que cada vez veo más cercana. Y me aliento a mí mismo. Y de paso mato a ese gusanillo que me roe las venas de escritor que ha pecado de ser libre, de no arrastrase, de huir del fango de los intereses creados, de no andar en el barrizal de políticas injustas y mediocres, y menos aún en los vericuetos alucinantes de las subvenciones oficiales… De un escritor lleno de defectos y de errores, pero que no se ha vendido nunca, porque ya de por sí no vale demasiado y es consciente de que vendiéndose hubiera valido mucho menos.   

Y aquí sigo cinco años después, escribiendo este comentario conmemorativo. Sabiendo que cuento con algunos miembros seguidores y con otros que, sin serlo, entran de vez en cuando en el blog para leerme. Para todos ellos, para todos vosotros, cuente o no con vuestra estima, con vuestra mejor o peor crítica, sabed que os quedo muy agradecido, y no sólo por visitarme, sino porque el simple hecho de poner mi nombre en internet ya me marca un paso más en el contador del corazón, animándome así a saber que no estoy del todo solo.  

Cinco años ya con este blog de Ramón Molina Navarrete. Cinco golpes de mi mano llamando a la convivencia. Cinco gotas de lluvia de mi alma desbordadas para crear un mar por donde ya han navegado más de un centenar de barcos de papel rumbo al infinito.

Gracias de todo corazón.  

domingo, 7 de febrero de 2016

DÍA DE LOS ENAMORADOS

Estoy a favor de los que piensan que no debería existir un “Día de los enamorados”, por la sencilla razón de que el amor verdadero no tiene tiempo ni espacio, es tiempo y espacio en sí mismo, por lo que todos los días, horas, minutos y segundos, se esté donde se esté, tienen que tener una misma dimensión: la de sentir el fuego de la pasión brotada en el alma. Considerar que un día del amor es especial, es no conocer la eternidad de amar, en cuento todos los días, para quien ama, son particularmente especiales.

No obstante, la tradición nos deja como “Día de los enamorados” el día de San Valentín, sacerdote católico que casaba, en secreto, a jóvenes, en contra de la voluntad del emperador Claudio II, que consideraba eran mejores soldados estando solteros. Día, por lo tanto, dado a los regalos, las cenas románticas, las peticiones de mano… Pero día también que debe servir para reflexionar, para saber si dentro del corazón lo que se siente por alguien es amor verdadero, no ése de fiesta y diversión, pasajero, de ir tirando, de fachada, de excusas, de hasta que se nos acabe, sino de compromiso de vida por ambas partes, hondo, grandioso, de escalón diez, de superaciones, de gozos y sacrificios, de renuncias, de hogar, de pan partido y compartido, de en la salud y en la enfermedad, de dar fruto, de hasta la muerte, eterno. Ése que no te lleva más que a desear estar juntos y luchar por conseguirlo. Ése que te hace estar dispuesto a darlo todo, hasta la vida si fuera necesario.

Para los que creéis en el amor así y amáis así, con amor infinito, de envejecer juntos, de para siempre, os dejo este poema en el que creo. Felicidades todos los días de todos los años.


                        AMOR ETERNO
                                
            Conocernos fue un dardo al corazón,
            una explosión de lumbre en las entrañas,
            una fiebre embriagándose en la sangre.

Luego vino el licor de las palabras,
el roce de las manos para hacernos
de espuma y levedad, sueños con las alas
            ascendiendo a la cumbre de los besos,
a la luna mayor de las galaxias.

Después vinieron días con sus sombras
para nunca rendir nuestras miradas,
para juntos reír, llorar, soñar…,
para juntos saltar las alambradas
y ver que envejecemos sin que el viento
deseque el manantial de nuestra agua.

Conocernos fue un éxtasis de asombros.
Vivir juntos, arder para ser ascuas
y nunca ya morir; porque morir
será tan solo un vuelo en la esperanza
que nos lleva hasta el sol de la belleza;
ese reino de luz ilimitada
con orillas de azules y palmeras
donde seguir unidos ya sin lágrimas,
donde hacernos de gozo un solo ser,
            dos eternos viajeros infinitos
            que caminan desnudos por el alba,
dos estrellas formando un universo,
dos hogueras ardiendo en una llama…        

Pues ni muerte, ni tiempo, ni lugar
podrán romper la unión de nuestras almas.